29, y mi primera crisis de ansiedad de los treinta menos cuarto
Corría el mes de octubre del año 2011 cuando la inquietud invadía una vez más mi mente y los suspiros no paraban de salir de mis entrañas una y otra vez. Me encontraba en el trabajo, sí, mi primer trabajo luego de haber terminado la secundaria, y a tan solo seis meses de haber empezado a trabajar, mi preocupación era de que no estaba invirtiendo mi dinero en comprar una casa, ya que desde chico me habían dicho de que esa debería ser mi principal meta apenas logra conseguir un empleo.
Recuerdo ese primer síntoma de ansiedad, que me retorcía los intestinos. Esta situación fue detectada por una compañera con quien estaba trabajando ese día, ella me dijo que nos detuviéramos en una estación de servicios para tomarnos un descanso. Una vez que nos trajeron nuestros respectivos cafés, me preguntó el motivo de mi inquietud que no callaba ninguna sílaba en esos suspiros que exhalaba.
Le explique que estaba preocupado por mi futuro, ya que no veía la hora de poder comprar un terreno y empezar a pagar las cuotas, ya que para ese entonces ya me había comprado lo que creía necesario y suficiente para poder trabajar en cuanto a ropa y artículos personales, ya que no tenía necesidad de pagar por un alojamiento u otros servicios.
Recuerdo que mi compañera, de nombre Carolina, me pregunto ¿y tus ambiciones, es solo la meta de tener un terreno la que tienes? ¿A caso no te gustaría estudiar y ser un profesional?
Usando un tono de regaño me dijo que lo primordial es que me centre en poder estudiar y proponerme ser un profesional en lo que sea, y que por más que lo desee de forma inmediata, el poder adquirir una propiedad a tan temprana edad siendo de clase media baja, era una meta alcanzable pero no debería de ser una situación que me generara tanto estrés, porque todo tiene su momento en la vida, todo tienen un proceso y sus tiempos.
Las palabras de esta compañera fue un balde de agua fría que me hizo pisar tierra y entender de que es tonto sufrir por las cosas que aún no han pasado, y que más bien las ideas que tengamos para el futuro deberían de servir como combustible, como motivación, como un fuego que nos ayude a conseguir lo que queramos.
Digamos que con esa conversación terminó mi primera sensación de ansiedad de mi etapa de adulto joven.
Esta conversación me sirvió muchísimo ya que en los años siguientes, sobre todo entre 2014 y 2015 cuando estaba por culminar la universidad y ya trabajaba en el oficio que estaba estudiando, me seguían dando episodios de cierta ansiedad, pero todo era culpa de mi propia irresponsabilidad ya que la solución era simple, salir más temprano de casa para poder llegar a tiempo al trabajo. Cólicos interminables, problemas intestinales y hasta episodios donde me llegaban a templar las piernas y a entumecer el brazo derecho, sí, así se manifestaba mi cuerpo ante ciertos niveles de estrés, y no, nunca consulte esto con un médico. Obviamente, el llegar tarde a mi trabajo por estar atrapado en un bus en medio del tránsito mientras se construía el superviaducto, no era el único motivo de mi estrés… hubo situaciones mucho peores, pero no amerita detallarlos en este escrito. Con el tiempo logré acomodar mis puntos de vista sobre cómo poder manejar mi estrés y a ser más responsable y disciplinado. Estos ajustes hizo que pudiera alcanzar muchas metas propuestas y pese a mi capacidad casi nula de sentir felicidad por ello, sí podía sentirme satisfecho por lo conseguido.
A casi una década de esa primera conversación con Carolina, en los últimos meses más difíciles de la pandemia me puse a pensar que me era raro que literalmente no sintiera ninguna emoción, sentía como que estaba anestesiado. Bueno el pasado 26 de marzo el efecto de esa anestesia termino. ¿Qué sensación sentí apenas pasó el efecto? Sí, la misma que sintió ese joven de 18 años preocupado por comprar un terreno y que no sabía qué hacer con su dinero y que se había comprado los 5 pantalones y camisas más dos zapatos que le bastaban para poder trabajar…,bueno, y así fue que tuve un especie de ataque de ansiedad a mis 29 años, donde por primera vez pude dimensionar esa sensación de querer escapar o salir corriendo a cualquier otra parte.
El pasado 26 de marzo tenía tres invitaciones para la noche, un asado, y dos cumpleaños, los tres eventos en tres ciudades distintas pero cercanas. Durante todo ese día por alguna razón que no logro explicar, me sentí como aquel joven de 18 años preocupado en poder comprar una casa lo más pronto posible, como si fuera que el tiempo se me iba a acabar. (Instagram se pasó mostrándome publicidades de casas y dúplex ese día)
Esa noche me sentí igual o peor que el día en que tuve esa conversación con aquella compañera. Las tripas se me enredaron, me empezó a faltar el aire y sentí esa sensación de querer salir corriendo. Toda esa sensación estuvo acompañada de constantes imágenes en mi cabeza de las propiedades que había consultado y que debido al sueldo que gano, en mi presente inmediato no está a mi alcance, la diferencia en esta situación.., eh.., bueno ya no era un pendejo de 18 años, sino un hombre de 29 años que invirtió sus ganancias y casi nulos ahorros en sus estudios y equipamientos para amoblar una departamento pequeño, pero ¿por qué me sentí así?
La respuesta es muy estúpida, porque a mis 29 años y casi nula vida social me habían invitado a tres acontecimientos sociales y no tenia puto guaraní, ¿y a donde rayos se me fue mi dinero ese mes? Básicamente en pizzas, vinos y perfumes. Así es, placeres banales que me bajan el estrés en mi trabajo carente de rutina (¡Gracias a Dios!).
Sigo sin entender por qué de repente sentí perder el norte al ver que han pasado casi 10 años de haberme propuesto eso que tanto me preocupaba a mis 18 años recién cumplidos. ¿Me estanqué?, ¿perdí mi tiempo?, ¿Mis contratiempos fueron tan grandes que me impidió culminar ciclos y comenzar otros? (y esto último puede ser).
Llámale ataque de ansiedad o mi primera crisis existencial previo a los 30, pero mi reacción fue subir al auto pese a que estaba el tanque en reserva e ir hasta el cumpleaños que me quedaba más cerca, tomar dinero prestado, comprar tres latas de cerveza y fingir una sonrisa que con el paso de los minutos se convirtió en verdadera y compartir con un grupo de desconocidos que tienen conflictos generacionales variados y similares a los míos.
Lugo de la tercera lata reflexioné que no me tiene que importar el tiempo ‘perdido’, ya que queda mucho por hacer, y pese a que estoy en los 30 menos cuartos y que personas cercanas, y mis yo de otras personalidades, intentaron en varias ocasiones boicotear mis metas, gané experiencia que me ayudarán a no meter la pata en mi próxima gran inversión, que me ayudará a por fin disfrutar de adulto grande de eso que tanto me quebrantó en mi etapa de pendejo recién graduado de la secundaria.