La vivienda que hace ciudad: tres maneras catalanas de entender lo mismo
Trabajando en proyectos de habitatge protegit en varias partes dentro de el área de Catalunya, hay una incomodidad que aparece con frecuencia y que cuesta nombrar con precisión. No es la normativa, ni el presupuesto, ni las restricciones del concurso. Es algo anterior: la sensación de que el debate sobre cómo debería ser la vivienda colectiva en Cataluña lleva décadas abierto, con voces muy lúcidas participando en él, y que sin embargo los edificios que se construyen siguen sin terminar de escucharlas del todo.
Tres de esas voces me resultan especialmente útiles como interlocutores —Enric Miralles, Josep Maria Montaner y el estudio RCR Arquitectes. No porque sean la única tradición posible, sino porque los tres piensan desde aquí, desde este territorio, desde esta cultura constructiva. Y porque sus posturas se rozan, se contradicen, y juntas forman algo más útil que cualquier respuesta individual.
Miralles: el proceso como única verdad
Enric Miralles era desconfiado de los métodos. Sostenía que no existe una metodología, que la profesión se aprende mientras se hace, y que cada paso del proceso es absolutamente aislado y no tiene nada que ver con el siguiente. Para él, la restricción —normativa, presupuestaria, programática— no era un obstáculo sino simplemente un estado del proyecto. Un momento en la serie.
Esta postura tiene algo profundamente liberador para cualquier arquitecto que trabaja dentro de sistemas de producción reglados —concursos públicos, promotores con criterios fijos, plantas diseñadas por otros. Miralles te dice: no necesitas controlar el origen para controlar el sentido.
El riesgo, claro, es el solipsismo. Un edificio que solo responde a su propio proceso interno puede ser formalmente brillante y urbanamente inútil. El Mercat de Santa Caterina en Barcelona es simultáneamente un objeto de gran inteligencia arquitectónica y un edificio que tardó años en resolver su relación con el barrio. La cubierta pixelada es memorable. La planta baja tardó más en serlo.
Montaner: la calidad del habitar como acto político
Si Miralles operaba desde la intuición del proceso, Montaner opera desde la exigencia ética. Junto a Zaida Muxí, lleva décadas argumentando que las normativas que regulan la vivienda se basan en parámetros obsoletos, y que la calidad del habitar no es un lujo sino una obligación política.
Su pregunta no es formal sino programática: ¿para quién es este edificio? ¿La cocina permite que trabajen dos personas a la vez? ¿El acceso es claro, seguro, sin rincones ciegos? ¿El balcón tiene superficie suficiente para ser habitable o es solo un gesto?
Lo que hace poderoso su argumento es que conecta decisiones de diseño aparentemente menores con condiciones de vida reales. La arquitectura no es neutra. Cada sección de fachada es una decisión sobre cómo alguien va a vivir durante décadas.
Un ejemplo concreto de esta herencia es la obra de Peris+Toral Arquitectes, quizás el estudio catalán contemporáneo que más fielmente traduce el pensamiento de Montaner en materia construida. En sus 140 viviendas sociales en el 22@ de Barcelona o en el conjunto Modulus Matrix en Cornellà —85 viviendas de 2020— los espacios de transición entre el interior y la calle no son residuales sino diseñados con la misma atención que el salón. El zaguán no es un corredor: es el primer espacio comunitario del edificio. La planta baja no cierra —abre. Y la calle, lejos de ser el límite donde termina la arquitectura, es el lugar donde empieza.
RCR: desmaterializarse para pertenecer
Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta trabajan desde Olot, en la Garrotxa, y eso no es un dato menor. Su arquitectura nació mirando el paisaje volcánico de la comarca, y toda su obra lleva esa impronta territorial.
Su postura es quizás la más radical de las tres: ser “lugar” solo se consigue con una arquitectura que desaparece. Desmaterializarse para estar. Y aunque su obra residencial es escasa —su contribución al debate de la vivienda es más conceptual que proyectual directa— esta idea se lee con claridad en cómo intervienen el espacio público de Olot: los parques, las plazas, los recorridos junto al río Fluvià. Espacios que no compiten con el contexto sino que lo amplifican, que parecen haber estado siempre ahí.
Aplicado a la vivienda colectiva periférica —a esos barrios que todavía no tienen identidad, con solares vacantes entre edificios genéricos— esta postura tiene una pertinencia enorme. El primer edificio que decide pertenecer a su lugar, en lugar de ignorarlo, se convierte en el gesto fundacional de un barrio.
La tensión entre las tres
Lo interesante no es elegir una de las tres posturas. Lo interesante es que las tres son necesarias y, al mismo tiempo, se cuestionan mutuamente.
Miralles te recuerda que las restricciones no son el enemigo del proyecto. Montaner te obliga a preguntarte si el resultado sirve a alguien más que a ti mismo. Y RCR te pregunta si el edificio, una vez terminado, va a tener algo que decirle al lugar en que se asienta.
Un proyecto que solo responde al proceso es formalmente interesante pero puede ser inhabitado en el sentido más profundo. Uno que solo responde a los criterios del habitar puede ser correcto pero no memorable. Y uno que solo busca pertenecer al lugar puede volverse nostálgico, sin tensión, sin propuesta.
La vivienda colectiva bien hecha es las tres cosas a la vez: inteligente en su proceso, honesta con sus habitantes, generosa con su ciudad.
Lo que queda después de las tres voces
Trabajo actualmente en proyectos de habitatge protegit en Catalunya. Cada vez que me enfrento a una planta ya definida, a un presupuesto ajustado, a un contexto periférico sin referencias claras, estas tres voces aparecen como interlocutores involuntarios.
Miralles me dice que está bien empezar desde donde estoy. Montaner me pregunta si los balcones van a ser habitables de verdad. Y RCR me recuerda que en un barrio que todavía no tiene identidad, lo que decida construir va a ser —para bien o para mal— parte de lo que ese barrio llegue a ser.
La vivienda social no debería ser el programa que se conforma con menos. Debería ser el que más exige, porque es el único que no tiene margen para el error. Quien la habita no eligió ese edificio en un catálogo —es, en muchos casos, el único que le tocó.
Eso cambia todo.
Img 1: 140 viviendas sociales 22@, Peris+Toral Arquitectes + L3J Tècnics Associats, Barcelona 2022 · Img 2: Modulus Matrix, 85 viviendas sociales, Peris+Toral Arquitectes + L3J Tècnics Associats, Cornellà 2020











