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"Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida. Y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas"
En mis deseos más profundos estas tú, viviendo en la sangre que me hace funcionar las entrañas. Habitas en el deseo que prevalece, en mis sueños de la infancia, en el miedo que quiero desechar. No te vayas, no te vayas y sé que al pedirlo algo no va bien porque no debo rogar que te quedes y ves, ahí radica mi deseo, ahí esta el sueño. Que te quedes a pesar de mí, que te quedes porque te gusta mi flácido vientre y mis anchas caderas, porque quieres toda mi poesía incluso la que no te escribí. Que te quedas porque mis explosiones te han gustado y te parece maravilloso que llore de vez en cuando. Y que te quedas, también, porque no te da miedo enfrentarte a mi huracán cuando la luz se ha ido y me quedo desnuda en tu cama. Que de una u otra manera mis desvaríos te viene bien y no tratas de entenderme sólo me quieres y eso es lo que basta. Que te quedas a bailar conmigo, a coger conmigo, a emborracharte conmigo. Que no te vas porque no te dio medio mi valentía o mi risa de bruja. Que este escandalo que soy le ha gustado a tus oídos y no te vas y no te pido que te quedes, porque no hace falta, porque en eso radica el sueño, porque esa es la respuesta a la pregunta que no he hecho, que te quedas porque quieres, porque me quieres, porque nos hacemos falta y no, no te digo “No te vayas” porque te sientas a mi lado a ver el sol, a ver la vida, a vernos suceder. Estas ahí, encerrado en mis deseos más profundos, en mis sueños de la niñez, en mi cuento favorito.
Mercedes Reyes Arteaga (via lachica-de-adamantium)
Carta a María. Septiembre 22/16
Debo confesar que aún no sé preparar café. O me queda muy amargo o me queda demasiado insipido. Tengo un miedo incontrolable a tu lado de la cama, y cuando despierto por las noches, las horas antes de volver a conciliar el sueño, se me van pensando en ti y en todo lo que no pudimos ser. Tengo clavadas en la espalda las cosas que nunca te dije, y en la vitrina, reposan las mariposas que me hiciste sentir con cada beso que algún día me regalaste.
Me salió un fuego en los labios que con nada se alivia desde que no me besas más. Las mano se me marchitan con cada agosto que pasa, y las vocales de tu nombre me pesan en los párpados. Pero vamos, nada ha cambiado. Sigo siendo el mismo gilipollas del que te enamoraste con locura; un poco más maduro, pero de nada sirve, debido a que ya no estás aquí. He dejado de rasurarme cada tercer día, pero las uñas de los pies me las sigo cortando cada dos semanas. Duermo boca arriba a falta de tu piel de luna para abrazar. Las estrellas ya no brillan dentro de mi habitación, y es porque te las has llevado impregnadas en la espalda.
Debes saber que ahora como menos pero hago más comidas. Me he pagado el gimnasio y salgo a correr los domingos. Sigo siendo alérgico a los gatos, pero volvería a vestir tus sacos y bufandas si pudiera. Extraño el olor de tu cabello y el ruido de tus seseos.
Y aunque la vida sigue sin ti, los relojes ya no me marcan la hora. Y es que el tiempo se ha detenido en la hora de tu partida, y no veo el momento en que este eterno recuerdo que tengo de ti, me vuelva a sonreír. —Joel Estrada.
Le haces el amor, te la coges, te la das, ¿y qué sigue? Sigue cada uno cambiarse de ropa, tomar una ducha porque aún hueles a piel ajena. Si es motel, cada uno por su lado. Si es tu casa, toca tender las sábanas. Si la quieres, le preparas el desayuno. Si aún no la quieres, síguetela cogiendo, eventualmente le tomarás cariño. Si aún no sabes cómo le gusta el café, cómo le gustan los besos, sus zonas sensibles, si no sabes esos problemas que la acogen, sus miedos más profundos o sus sueños, en definitiva, aún no te la coges lo suficiente. Si se va de madrugada o en la mañana, no te confundas, no lo hace por protocolo o porque esté ocupada, simplemente no tiene ganas de quedarse. Si compartes cama con una mujer y no vuelve, algo estás haciendo mal y no tiene nada que ver con el tamaño de tu miembro o cómo coges, sino quizás no la comprendes, no la escuchas, no la haces reír o no se siente segura contigo. Es que así es, hasta las que se autodenominan putas tienen al menos una cama a la que siempre regresan, una casa donde pueden despertar con su desayuno favorito, un café, una sonrisa y la seguridad de que ahí, siempre será bienvenida. A las mujeres siempre hay que tratarlas con cariño, aunque digan que no le gustan esas cosas, aunque se las den de muy cabronas. La cosa va así, te la coges como si la odiaras, pero despiertas como si la amarás, pregúntale cómo le gusta el café y pídele que se quede, que hay mucho tráfico, que afuera está lloviendo o yo qué sé. Invéntate una excusa cualquiera, ofrece una de tus camisas como pijama, recuéstate a su lado, dale su café, mírala a los ojos y hazle preguntas hasta que te canses. Te puedo asegurar, que una vez que empiece, no vas a hacer que se calle, porque siempre se la habían cogido y ya ningún hombre se preocupó por la mañana. Eventualmente tendrá que irse como todo lo bueno que llega a nuestra vida, y se irá con los ojos brillando, con una sonrisa que no se la aguantará nadie. Regresarás a tus hábitos, a tus quehaceres, a tu vida que ahora se siente diferente, pero no pasará mucho tiempo, tu teléfono vibrará y será ella en forma de mensaje, un mensaje que las cabronas no mandan: “Te extraño ”, así a secas, y no sabes cuánto le costó escribirlo. Entonces tiendes tu cama, preparas la cafetera y sonríes porque es inevitable no quererla, aunque sea un poquito.
Carlos Cortés - poeta mexicano (via staystrong-yournotalone)