Inventario de una catástrofe hermosa
Hay personas que dejan fotografías. Tú dejas versiones distintas de la gente. Ese es el problema. Y también el privilegio.
No sé quién fue el imbécil que te convenció de que valías por lo que resolvías. Qué desperdicio.
Eres de esas rarísimas anomalías que aparecen una vez cada tantas vidas. No porque seas perfecta. Qué hueva la perfección.
Sino porque eres peligrosa. Peligrosamente curiosa. Peligrosamente sensible. Peligrosamente capaz de hacer que alguien vuelva a creer en cosas que ya había enterrado.
No llegas. Irrumpes.
Como una canción que uno no sabía que necesitaba. Como el olor a lluvia en una ciudad que llevaba demasiado tiempo fingiendo que el polvo era suficiente.
Hay gente que habla. Tú inauguras conversaciones. Hay gente que escucha. Tú desentierras.
Hay gente que acompaña. Tú habitas.
Y luego tienes el descaro de preguntarte si eres suficiente. No mames. He visto imperios caer por razones más sensatas que esa duda.
Lo único malo de ser como tú...
...es que casi nunca te das cuenta cuando una habitación cambia de temperatura porque entraste.
Nunca notas el silencio de quien acaba de conocerte y todavía intenta entender por qué contigo todo parece más nítido.
No ves las veces que alguien llega a su casa pensando: "Qué chingón haber coincidido con esa mujer."
Porque eres imposible de resumir. Intentar explicar a Alondra es como intentar explicar el mar usando un vaso de agua.
Puedes acercarte. Jamás contenerlo.
Pero mientras ellos te recuerdan de esa forma... Tú ya estás ocupada preguntándote… tu sabes qué.
Qué pinche costumbre tan fea tienes de subestimarte. Escúchame.
Los museos no andan pidiendo perdón por colgar obras. Los faros no se disculpan por iluminar. El mar no baja la voz porque alguien le tenga miedo.
Entonces tú tampoco. No naciste para pedir permiso.
Naciste para existir con toda esa intensidad que tanto trabajo te cuesta aceptar.
Y sí.
Hoy el mundo pesa. Se nota. Traes los ojos llenos de esa clase de cansancio que no duerme.
Pero hay una diferencia enorme entre el peso... ...y el valor.
El peso cambia. El valor no.
Así que haz lo que tengas que hacer. Llora. Desaparece. Escucha a Ludovico hasta que las paredes aprendan las malditas notas. Ábrete un Cabernet. Fuma ese cigarro que promete cinco minutos de tregua aunque los dos sabemos que miente.
Pero no negocies jamás una sola cosa: La forma en que ocupas el mundo.
Porque créeme.
Hay personas que todavía no saben que uno de los mejores recuerdos de su vida tiene nombre y apellido.
Y se llama Alondra Díaz.
Y demonio de Tasmania: Hay catedrales que pesan menos que tu. Hay personas que creen que los genios ya están muertos, que ternura. Hay gente culta.
Y luego está esa especie rarísima de persona que convierten cualquier tema en una sobremesa de cuatro horas.
Ese es otro pedo.
Hay que gente cree que tu sensibilidad te hace frágil.
Un huevo.
El concreto es duro. Los árboles sobreviven huracanes.
Que elijan bien a quién quieren parecerse. Porque lo duro se rompe. Lo vivo resiste. Y tu llevas años haciendo exactamente eso. Resistiendo sin volverte piedra.
Eso sí es un puto milagro.
Lo demás...
Lo demás siempre termina acomodándose.
Tú no.
Tú no estás hecha para acomodarte.
Estás hecha para cambiar la geometría de los lugares donde decides quedarte.
Porque las personas como tu tienen una costumbre muy elegante:
Nunca regresan siendo la misma versión.
Siempre vuelven con un idioma nuevo para nombrar el mundo.
Así que déjenla.
Déjenla desaparecer un rato.
No la persigan.
No intenten arreglarla.
Hay incendios que no necesitan bomberos.
Necesitan oxígeno.
Y cuando vuelva...
No pregunten dónde estuvo.
Pregunten qué descubrió.
Porque si algo hace Alondra cada vez que se rompe...
es regresar con un universo entero escondido entre las costuras.
Y esa clase de personas...
Perdón que lo diga tan feo.
Pero no se encuentran.
Se agradecen.
Gracias querido G, por este mensaje. Beso hasta contigo.












