Y me senté frente al mar como cada noche, pero esta vez, le permití entrar...entonces la brisa refrescó el ardor de mi corazón... mis pensamientos ya no eran ruidosas voces, sino solamente el ir y venir del oleaje...de pronto, mi alma extravió su pesar flotando bajo la luz de la luna, y cerré los ojos...en mis adentros, resonaba el eco de todo.
Jorge Conde






















