Hace tres semanas fuimos a comer con mi novio y después al parque, a tirarnos al sol aprovechando que estaba lindo. Estuvimos un rato ahí tirados, hablando de cosas sin importancia, quizás en algún momento mencionamos el coronavirus. Sinceramente, no lo recuerdo.
Hicimos todas esas cosas sin saber que era la última vez que ibamos a poder en quién sabe cuánto tiempo.
A la noche, cené con una amiga y le comenté algo preocupado que tenía miedo de que nos cancelaran un viaje que teníamos planeado por el coronavirus. "El coronavirus? Acá? No, no creo que llegue. Aparte tu viaje es al sur". Sus palabras me dejaron tranquilo y seguimos hablando de otra cosa. El coronavirus era algo lejano y que estaba pasando en otro continente, algo que nunca iba a llegar a Argentina.
Dos días después, confirmaron el primer caso en el país. Comenzaron los chistes, los memes, la "bienvenida al virus al país". A la noche, después de salir de la oficina, fui a comprar un alcohol en gel "por las dudas". Conseguí los últimos dos, estaba todo agotado. A partir de ahí, todo se volvió más un poco más incierto.
En mi caso, como varios, no lo tomé muy en serio porque "era un sólo caso" y esa misma noche fui a un recital. Algo impensado hoy en día. Al día siguiente, hice una presentación de unos poemas que había escrito en un taller de verano. Había mucha gente. Del coronavirus, todavía, no se hablaba tanto.
Esa semana transcurrió normalmente: al día siguiente me vi con unos amigos y el viernes una amiga festejaba su mudanza en su casa, comimos unas empanadas, charlamos y nos reímos mucho. Pienso en todas las reuniones con gente a la que fui y hoy en día me parece una locura, más después de estar 7 días saliendo únicamente a sacar la basura.
Ese fin de semana, ya se hablaba un poco más del coronavirus. Aquel sábado falleció el primer paciente infectado. Aún así, seguíamos haciendo nuestra vida normalmente pensando que "es un virus que sólo ataca a los viejos". Como si no tuvieramos padres o abuelos a quienes les podría afectar. Como si el ser joven nos diera algún tipo de superpoder frente a un virus aún desconocido.
Comenzó una nueva semana que parecía iba a ser normal, a pesar de todo. Camino al trabajo, le saqué una foto a un cartel del Gobierno de la Ciudad que leía "Al coronavirus lo combatimos entre todos". Me pareció exagerado y se lo compartí a un par de amigos para mostrarles la "paranoia". Al día siguiente, la OMS declaró la pandemia a nivel mundial. Ya había casos en gente joven.
Ya no me parecía todo tan exagerado, por las dudas hice una compra en el súper. Se empezaba a sentir una paraonia más generalizada, aunque ahora más justificada.
El miércoles dejaron alcohol en gel en todas las oficinas donde trabajo y pusieron carteles sobre el lavado de manos. Ese mismo viernes, se le dio la opción de trabajar desde su casa a todo el que lo considerara pertinente. Quién hubiera dicho que algunos días después esto sería la norma para gran parte de los argentinos.
Hoy, 22 de marzo, cumplo el séptimo día de aislamiento social. A veces, siento que estoy en una película que pareciera que no va a terminar. Parece todo tan irreal que me levanto todos los días pensando que es un sueño. Ojalá me despierte pronto.