Escribo por necesidad de decirte cosas que quizás mañana ya no pueda.
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Escribo por necesidad de decirte cosas que quizás mañana ya no pueda.
Camus Lionti
Una persona que me habló de amor
Una vez una persona me habló del amor.
O bueno, de las cenizas que quedan.
Su forma de expresar el amor era tan pura, tan calmada, tan real.
En lo personal me sonaba incluso nostálgica la manera en que recitaba palabras de amor, ya no se ve a la gente hablar así de un sentimiento positivo.
Pero lo curioso es que sus ojos no brillaban como muchos decían cuando se habla del afecto incondicional.
Así que le pregunté sobre su falta de emoción.
Tampoco se le llenaron los ojos de lágrimas, pero juraría que su alma lloraba.
Era una resignación a que las cosas no podrían salir como uno quería.
Había conocido a una persona que amaba con toda su alma. Le escribía cartas de amor, sonetos originales, dedicaba día y noche a su corazón. Pero todo era en vano porque el mundo exterior ya había decidido que no podrían estar juntos.
En lo personal, querido lector, creo que yo siempre estuve resignada a que un amor así debería ser agradecido a pesar de todo. Yo nunca he llegado a sentir la calidez en mi corazón de esa manera y lo añoro con todo mi ser. Incluso sin tener a esa persona, sería feliz de haberle conocido.
Pero para la persona que me habló del amor, no era así. No sufrió tanto, al menos no se le notaba, pero guardaba rencor y odio. No, no lloraba su alma de tristeza, eran más bien esas lágrimas que saltan cuando uno se ve cegado por el enojo. Juro que se me estrujó el corazón el verle así.
Me pregunto por qué el amor es tan complicado ¿Cómo puedes odiar a alguien que a la vez amas? A esa persona nunca le vi brillo en su mirada, ni siquiera cuando seguía escribiendo, cuando tocaba el bajo, cuando se inscribió a la escuela marina o ni siquiera cuando se volvió a enamorar.
Me pregunto si podría haberle salvado su primer amor
o si simplemente estaba destinado a no amar.
Algo que me hubiera gustado que él supiera
Eras la carretera a medianoche, y yo amaba esa idea de ti. Pero éramos adolescentes de secundaria, sedientos de emoción, faltos de alas así como de prudencia. ¿Eso te hace prohibido? Te juro que intenté llegar a ti, rozar tu mano, y enlazar nuestros dedos. Ojalá supieras lo mucho que me gustaba la noche, la adrenalina que pasaba por mis venas, por el simple hecho de ver el sol caer cada tarde y saber que una vez libre correría hacia ti. Tu siempre estuviste ahí para mí, es cierto. Esperando. Tal vez ese fue mi error. El típico: persona correcta, tiempo equivocado. Pensé que una vez creciendo podría volver a ti. Dejar de ser niños y ser libres por primera vez. Pero tú siempre fuiste libre. Pero dejaste de ser la persona que yo amaba. Dejaste de ser medianoche en carretera para ser discoteca a mediodía. Solitario, confuso e incorrecto. Yo también soy más libre, pero apenas soy unas horas posterior al atardecer, todavía tengo ataduras y miedos. Cadenas incluso. Supongo que nunca estuvimos destinados a ser, Supongo que perdí al amor de mi vida porque nunca lo pude alcanzar en el vuelo nocturno y él nunca me pudo esperar en el alba. Ya no te espero porque hoy en día ya no reconozco el rostro que adoré, solo queda el recuerdo. Pero ojalá a tu corazón llegara el resonar de mi deseo de que hubiéramos sido eclipse.
Si lo haces con todo el cariño, lo habrás hecho bien. El resto no está en tus manos. No sufras.
(Re) nacer
Creo que uno nace cuando se plantea el propósito de su vida.
Ni siquiera tienes que llegar a descubrir cuál es ese propósito, igual puedes cambiarlo a lo largo de tu vida o incluso decidir que no tienes propósito alguno. Pero el punto es plantearlo. Es gracioso porque cuando pienso en ello, creo que cuando estaba en primaria y secundaria realmente no me cuestionaba si tenía un propósito en la vida o no, ni lo consideraba, simplemente seguía adelante y hacía lo que se supone era el “siguiente paso”: el siguiente examen, la siguiente salida que tendría con amigos, la tarea que tenía pendiente o la tragedia del momento que debía superar.
Considero que la mayoría nos lo empezamos a plantear cuando tenemos que decidir algo importante como la carrera que tenemos que estudiar o el trabajo que queremos tener. Sé que es un privilegio el tener esta capacidad de elección pero a la vez es lo primero que se me viene a la cabeza. Aún así, en mi caso personal, después de elegir carrera me equivoqué y fue hasta la segunda vez que realmente me puse a reflexionar sobre qué rayos estaba haciendo con mi vida y empecé a replantear todo lo que conocía. En ese momento me ayudó para tener una elección más clara sobre ese tema en concreto, pero hasta el día de hoy que adoro mi carrera y estoy contenta, debo decir que no sé cuál es mi propósito del todo.
Creo que es vivir en paz. Con las personas que son buenas, ayudar a los seres vivos como plantas y animales o simplemente llevar una vida de bien. Se siente realmente como un nuevo nacimiento de mi propia persona.
Suena a palabras de un anciano probablemente.
Pero, ¿quién no quiere paz en la vida?
Espero encontrar la paz al final del arroyo.
Lejana lejanía
¿Qué es la lejanía? Para empezar tendría que definir si hablamos de distancia física, emocional o psicológica. O todas juntas. Un anciano camina sobre la acera con paso constante, ligero pero sin pausa para llegar a su destino: la biblioteca. El anciano realmente no tiene prisa de llegar porque su cita es hasta dentro de una hora, pero igual quiere estar ahí para alejarse por un momento de todo. Sin comentarios de su abrumadora familia en casa ni de las negociaciones que tiene pendientes con la cita en cuestión. Solo él, solo necesita paz por un momento. Estimado lector, ¿consideraría que el anciano marca una distancia entre él y el mundo? Espero que no, porque él adora a su familia y sin duda tiene interés por el joven con quien tiene cita para inscribirse a la capacitación de asistente de biblioteca para adultos mayores, pues quiere seguir siendo útil. El anciano ruega por una pizca de espacio, de tiempo, de tomarse un café mientras observa alrededor suyo o simplemente descansar dejándose llevar en uno de los sofás del edificio y soltar un largo suspiro sin que nadie le interrumpa o cuestione. Espero que el anciano pueda tener ese hora libre. Ese respiro merecido. Espero que no se sienta tan solo después de haber perdido al amor de su vida y buscando refugio en los libros que aquella persona amaba y ahora simplemente son recuerdo de su ayer. Espero que el anciano no sea juzgado erróneamente de marcar distancia, cuando en realidad, busca cercanía.
Acto bondadoso, acto de cobardía.
Acto bondadoso cuando un ser deja caer amor en su estado más puro sobre las páginas en blanco rasgadas de una humilde libreta a rayas con la única intención de acompañar a su persona amada, sin presión ni petición de reciprocidad. Ese mismo sentimiento tenía yo por ti, 'tenía' en pasado porque la acción fue temporal, pero no lo es ni será mi querer. 'Querer' de ser amigos, de ser almas encontradas y de inocencia compartida incluso cuando nacen las canas de nuestra sien. Las letras quedaron plasmadas a tinta azul ultramarina, pero mi afecto por ti resuena eternamente como un dulce coro en eco a través de las paredes del palacio de mi corazón y rebotan infinitamente intentando llegar al tuyo. Pero amor mío, soy egoísta. Amor de mi vida, te pido de la manera más sincera, no me dejes atrás. No me dejes atascada en el solitario vecindario donde nací y crecí, pero que sin embargo no te tiene a ti. Permíteme pasar mis últimos suspiros en la calle donde vives y amas con la esperanza de que me vivas y ames como parte del decorado. Mi única petición, acto de cobardía, es pedirte me des la oportunidad de nunca decepcionarte.