SOBRE LA TRADUCCIÓN DEL TÍTULO «EL GUARDAN ENTRE EL CENTENO»
La controversia es estéril porque tiene solución: en su día las traducciones argentina y española del título de la obra de Salinger revelaron, más que otra cosa, una rencilla soterrada entre autoridades ‘traductoras’ y parecía poco probable que aquello tuviera algo que ver con un compromiso entre la exactitud de significado y la literatura. Pasados los años, cuando ambos títulos se encontraban ya traducidos en el mercado (El cazador oculto, por un lado; El guardián entre el centeno, por otro) fue el propio Salinger quien ‘desautorizó’ la traducción del título ‘El cazador oculto’ pidiendo que a partir de entonces se tradujera siempre como ‘El guardián entre el centeno’. Si durante el curso se han recurrido a fuentes de autoridad como el modo de resolver dudas, el propio Salinger ya eliminó por el camino la controversia.
Sin embargo, yo no hablaba de un error de traducción. El título podía haber sido ‘La historia de Holden Caulfield’, o ‘Unos días por Nueva York’, o ‘Dónde van los patos de Central Park en invierno’, o ‘¡Digresión, digresión!, etc. (al igual que muchas de esas películas norteamericanas se traducen con frases que nada tienen que ver con el título original, fundamentalmente por un vector comercial, como Pulp Fiction que fue traducida en algunos países como ‘Tiempos violentos’, o The Astronaut’s Wife que tuvo dos traducciones, ‘El Engendro’ y ‘La cara del terror’). Pero ‘El cazador oculto’ iba más allá porque daba una idea totalmente equivocada del pasaje esencial y metafórico de la novela, el que conecta con el juego del béisbol y con la existencialidad de la inocencia (y de la literatura), y debió causarle a Salinger una gran molestia.
No se entiende nada de esto si no se buscan referentes en la personalidad de Salinger. Salinger no era un escritor al uso. Era algo más: era un escritor indiferenciable del propio ser humano. Salinger necesitaba escribir a diario, pero para sí; no comercialmente o como un modo de obtener reconocimiento, sino como una forma de ser, de conectarse con la vida interior (en realidad Salinger publicó una obra particularmente pequeña para escribir tanto). En todo aquello que publicó, Salinger era concienzudo nivel máximo, solicitando incluso que sus portadas de libros carecieran de imágenes reconocibles, figuras humanas, etc. (supongo que para mantener la abstracción metafórica). Salinger me recuerda en ese modo de Ser-Escritor (=Ser-Humano) a Kafka, quien también pidió que en la publicación de La metamorfosis no apareciera dibujado el bicho por nada del mundo (se trata de un bicho indefinible, que cambia constantemente de tamaño, unas veces parece ser muy grande y otras muy pequeño, quizá una metáfora de lo que para Kafka era su escritura, a veces le parecía genial y la mayoría de las veces fallida; de fallida catalogó el propio Kafka La metamorfosis). Otros escritores de esta clase tan especial que solo se dan de vez en cuando serían a mi juicio David Foster Wallace y Sam Shepard.
La metáfora del béisbol en El guardián entre el centeno va más allá de la simple alusión a la inocencia en un pasaje determinado, cuando se proyecta la imagen del niño que camina al descuido de los mayores, por entre el centeno, o en el guante de catcher de su hermano y en los versos que escribió en él, o en el modo en que el protagonista siempre lo echa de menos (a su hermano Allie). Salinger parece querer hacer más hondo el subtexto de la metáfora del béisbol. Habla de algo que el catcher cuida para que no se desparrame por el abismo. Por ejemplo, a lo largo de la obra hay varias curiosidades en torno al guante de béisbol del hermano que son clave. La más clara es que siempre que se menciona el guante (se hace en varias ocasiones), la escena acaba conectando con la escritura o literatura. [Holden, por ejemplo, nunca enseña el guante con los versos a nadie, salvo a su familia o a Jane, una chica que le molaba, que leía continuamente y siempre libros muy buenos -ella como buena lectora puede ver el guante-, o cuando Holden decide hacer una redacción para Stradlater, un compañero que le pide que en la composición describa edificios y estancias, que eso mola, pero Holden decide hacerla sobre el guante de su hermano. Holden no busca la belleza en la escritura, sino la belleza en la realidad, en las cosas que ya existen; parece pretender que la escritura no sea un objeto más de la realidad sino su verdad, lo profundo, aquello que conecta con el ser humano y lo verifica. Al cabo, se trata de una redacción que presentará su propio amigo y no él. Sin embargo, Holden quiere pensar que si sale de sus manos tiene que ser absolutamente propia, rechaza escribir industrialmente; incluso le da pudor escribir sobre el guante de su hermano]. En línea con esto, a veces creo que el campo de centeno, para Salinger, funciona como representación de la Literatura, la escritura inocente al mercado, la que sale de dentro aunque no la vaya a leer nadie, y el guardián, el catcher, se encargaría de conservar dicha Literatura, que no vaya a adentrarse en el abismo ‘y pierda la niñez’. Por eso es tan fácil leer El guardian y por eso es tan difícil abarcar la cantidad de subtextos que atomiza. Además, el béisbol y el catcher con los que Salinger juega (y Don Delillo homenajea en Submundo, donde una pelota recogida acaba siendo vendida por unos cuantos dólares), cobran un sentido perfecto cuando se ahonda en ellos. Por ejemplo, el béisbol es uno de los pocos juegos donde la defensa (el equipo que defiende) es quien tiene la pelota/bola (en casi todos los juegos es al revés, quien ataca es quien tiene la pelota), por ello el guardián es un defensor, no un atacante (jamás un cazador en penumbra); el catcher además es el jugador ‘menos importante’ a nivel físico, pero dicen que la mayoría de los entrenadores de béisbol han sido catchers originalmente, los que ‘ven el partido de una forma casi filosófica, existencial’. El catcher es un personaje secundario en la acción/juego (los niños ligados a su inocencia serían los principales; el guardián, el secundario), ocupa de hecho la posición número 2 en todo equipo de béisbol. Holden quiere ser ese antihéroe, o si queremos, ese personaje secundario que odia la mentira, desea dedicarse a salvar a los niños que, jugando, puedan acercarse demasiado a ese abismo que parece indeterminarse. Tal vez Salinger quería que Holden hablara de la falsedad del mundo, que para él no podía quedar separado de la falsedad en la literatura, haciendo contra con la literatura-inocente, la ficción que resulta ser más verdad que la realidad, la que surge y se destina a uno mismo.
Salinger eligió la metáfora del receptor en el juego del béisbol (el catcher) para trazar un microuniverso a la medida del prota. Base a base, Holden se mueve en el sentido contrario a las agujas del reloj, como en el béisbol, para acabar en el Home. Pero este movimiento es un contraste: Holden quiere pausa, convertirse en lo estático, en un hombre que mira un campo, el catcher, solo para defender. Quiere simplificarlo todo, reescribirlo, desechando lo que no cabe en su microuniverso. El centeno funciona como los libros de autoayuda, bajo los mecanismos de un microuniverso particular; los escenarios se levantan sobre estructuras simples. Los libros de autoayuda no revelan más que microestructuras de la realidad, inconexas, irreales por tanto.
La vida de ahí fuera contiene componentes que le son muy extraños a la composición de esos mundos específicos de los libros de autoayuda. De pronto, las respuestas no conectan con las preguntas. Hay otras preguntas, hay otras respuestas. Ahí fuera uno debe crear su propia narrativa.
Vivir se parece a autoelaborarse una historia, transliterarla, reelaborar el texto en otro, y que el argumento funcione de acuerdo con las normas que rigen precisamente las historias. El tiempo interior, los diálogos, la motivación, la descripción y la metáfora, el punto de vista y la acción en los sueños, la ciencia, la historia, la política son solo narrativas. Como un capítulo que le sigue a otro. De lo general a lo particular y de lo particular a lo universal, reescritas sin fin. Por decirlo de otra manera, si nos fijamos, hay muchas gente hablando, contándonos las mismas cosas que parecen distintas cuando las percibimos.
La narrativas se entrecruzan, se erosionan, se contagian y se enferman.
La-vida-que-funciona es un cruce donde solo pasan los coches que se mueven en un solo sentido. Le debe su fuerza a una narrativa creada de forma eficaz que anula más que activa.
La infelicidad proviene del salto de un microuniverso a otro, de la comparación entre historias, de lo ajeno a nuestra narración. El diablo™ no es más que una comparación, un cambio de luz en el semáforo.
(Escrito sobre una pared ubicada en los bajos de Azca, Madrid, cuyo trazo fue borrado hacia el año 2011 sin motivo aparente)