Hoy hablo con la rabia que te brinda la decepción y me invade un profundo sentimiento de desesperanza, una de esas que envuelve todas las cosas bellas que veo en la vida, todo aquello que siempre creí mágico. Y es que hoy parece que los principios que procuro conservar, con ciertas dificultades, son tratadas por el resto de mis iguales como papel de fumar, como un comodín en una baraja de ases, como el envoltorio de un helado, o el borde del pan de molde.
Y mientras la hipocresía crece y las mentiras se acumulan en bolsas de basura, sigo escupiendo palabras, para intentar calmar todo este torbellino de absoluta pena, una pena que no me hace expulsar ni una sola lágrima, una pena que convierte el corazón en caparazón, y el caparazón en hormigón armado.
Todos callados, sin mirarnos a los ojos, buscando respuestas y señales en aparatos móviles mientras se escapan las sonrisas y las verdades, mientras se disuelven los abrazos verdaderos y los “mañana donde siempre”. A cambio, en la noche ingerimos ingentes cantidades de brebajes que nos hagan ser quién somos, que nos liberen de la carga de aparentar, de protegernos de la crítica, de estar siempre por encima. Y cuando el alcohol hace efecto, y no queda en nuestro cuerpo el miedo de herir o ser herido, nos abalanzamos unos contra otros, inconscientes, animales que comparten fluidos, seres tuertos de cariño, muertos por dentro, vacíos.
¿Por qué no somos capaces de ser sinceros con aquello que queremos? ¿Por qué envolverlo todo con un papel de regalo que esconde la mayor mierda que guardamos? ¿Por que la gente no se mira en el espejo de la reflexión? ¿Por qué siempre pelear por estar encima, por quedar mejor, por hacer el mejor regalo, por salir más tarde, por saber más, por correr más lejos o ser más capullos? ¿Por qué tanto rebaño?
Ovejas perdidas que siguen a la primera que decidió romper corazones en vez de arreglarlos, a la segunda que necesitó ocho vasos de agua para sobrevivir al día siguiente, a la que engaño a su compañero, a la que calló por miedo a ser abandonada, a todas ellas que pensaron que callar era igual a olvidar.
Los hechos, son solo hechos y aunque nos empeñamos en creer que hay razones superiores que mueven nuestros actos no hay mayor verdad que esta: “La gente en realidad hace lo que quiere, porque de otra manera actuaría de forma contraria. A veces pararse es el deseo, a veces besarte sólo de domingo a jueves, otras huir de cualquier cosa, sin rumbo, mientras la vida se cuela por el sumidero.”
Que septiembre solo es un mes más, sólo un nombre, que el tiempo sigue corriendo mientras perdemos los principios, y los finales, mientras el sol seca nuestras almas y el insomnio nos atrapa. Que nadie vendrá a purificar nuestra alma cuando no quede nada, que solo nuestros actos podrán cambiar lo que somos, lo que queremos, lo que buscamos. Eso que en realidad, todos sabemos si miramos dentro, si tenemos paciencia y sabemos escuchar lo que bombea nuestro olvidado corazón.
Afortunadamente esta pena se irá con el tiempo, mientras suenan canciones y hundo mis pies en la arena, pero quiero dejar grabado de algún modo un mensaje para todos, para aquellos que casual o intencionadamente hayan caído aquí y leído estas palabras. Que quiero tener esperanza, que no quiero películas, ni carteles de “5 años después” que anuncien mi felicidad o la vuestra. Que siempre hay tiempo para el cambio, que es hoy, que no existe pasado, ni futuro. Que por fin, alcemos la voz y gritemos todo aquello que callamos por miedo, que digamos adiós a todos los que no pierden ni un momento en escucharnos, que mandemos a la mierda a todos los que nos ignoran o nos hacen daño, a los intermitentes cegados e interesados. Que nos amemos más, y sin excusas ni permisos, y seamos lo suficientemente coherentes como para compartir lo malo con quien nos quiere, con quien está, también en las malas. Que digamos NO a mirar atrás, que la brújula siempre marque el Norte y al perderlo, lo hagamos juntos. Que digamos si a cambiar todo aquello que no nos gusta de nosotros. Que nunca es tarde, que lo único certero es la muerte y el límite lo marcan nuestros pies.