La dualidad como fundamento: Dios y el Diablo
La existencia de Dios, tal como me fue enseñada, dejó de tener sentido cuando intenté imaginarla sin la existencia del Diablo. No como una figura simbólica, no como una metáfora del mal humano, sino como una entidad real, necesaria y funcional dentro del sistema bíblico. Esta fue una de las dudas más profundas que me llevó a alejarme de los Testigos de Jehová: si Dios es todopoderoso, justo y amoroso, ¿por qué necesita al mal para sostener su propósito?
Dentro de esta doctrina se nos enseña que vivimos en “los últimos días de este sistema”, que desde 1914 Satanás gobierna la Tierra, que pronto vendrá el fin, que Jesús y otros atarán al Diablo por mil años, que habrá un paraíso terrenal y que durante ese periodo la humanidad será sanada y perfeccionada. Sin embargo, después de esos mil años, Satanás será liberado una vez más para una prueba final. Solo entonces, quienes superen esa última prueba vivirán para siempre.
La pregunta es inevitable: ¿por qué se necesita una y otra vez al Diablo para demostrar nuestra lealtad a Dios?
Esta misma lógica aparece desde el inicio, en el Jardín del Edén. Todo era “bueno”, pero no completo. Porque en medio del paraíso existía el árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo. La obediencia solo podía probarse si existía la posibilidad de desobedecer. El ser humano no fue creado para elegir libremente, sino para ser evaluado. El mal no aparece como un error, sino como una condición necesaria del sistema.
Bajo este concepto, la dualidad no es temporal, es estructural. Siempre debe existir un opuesto. No podemos reconocer la luz si nunca ha habido oscuridad. No sabríamos qué es el bien si no existiera el mal. Y del mismo modo, la figura de Dios solo cobra sentido cuando existe una amenaza, un castigo, una alternativa terrible a no obedecerlo.
Según esta narrativa, la humanidad ha pasado miles de años demostrando que vivir bajo el gobierno de Satanás es un fracaso. Desde Génesis hasta hoy —2026— guerras, genocidios, asesinatos, hambre, desastres naturales y sufrimiento extremo han sido parte de esa “demostración”. Pero entonces surge otra pregunta incómoda: ¿cuántos siglos de dolor necesita Dios para convencerse? ¿cuántos millones de muertos son suficientes para probar un punto que parece evidente desde hace tiempo?
Si después de la Primera Guerra Mundial, la Segunda, el Holocausto, los genocidios modernos y la violencia cotidiana, Dios aún no interviene, la idea de justicia se diluye. El sufrimiento deja de ser una consecuencia y se convierte en el método.
Lo más inquietante es que, incluso en el paraíso prometido, el mal no desaparece definitivamente. Satanás regresa. Hay otra prueba. Luego “nuevos rollos”, nuevas reglas. La obediencia nunca es final, nunca es suficiente. El mal siempre vuelve porque sin él, el sistema se queda sin fundamento.
Desde la lógica de la dualidad, llegué a una conclusión que puede parecer incómoda: el mal no es un intruso en el plan divino, es su contraparte necesaria. Dios y el Diablo no se anulan; coexisten. Se definen mutuamente.
Y quizá por eso, si todo fuera como en el paraíso inicial —sin dolor, sin pérdida, sin miedo— no necesitaríamos creer en Dios. La fe solo tiene sentido cuando algo amenaza con quitarnos todo. Creer se vuelve necesario cuando existe el castigo, la noche, el abismo.
Tal vez el verdadero fruto del conocimiento no fue el pecado, sino la conciencia. Y una vez que se prueba, ya no hay manera de volver a un Edén donde no se permite preguntar.















