La isla desierta en la que vivo tiene un puente que llega a tu puerta.
Me vine sin saber regresar. El puente es largo e inestable, y se ha ido partiendo mientras venía hacia la isla, más no tuve miedo en cruzar hacia este lado sin nadie conmigo.
Una vez aquí no me atreví a volver. Tal vez fuese por el miedo a caer del puente, cada vez más deteriorado, o porque tal vez no tenía la necesidad de ir a dónde no me apetecía volver. Tal vez quise esperar que alguien me echara de menos allá, o que algún valiente cruzara el puente hacia acá, o que en algún momento aparecieran en una barquilla y se realizara mi rescate sin necesidad de tomar el puente como guía.
En los últimos meses, en mi isla he recibido varias visitas afortunadas. En mi vergüenza de ver que la arena estaba muy seca y las conchas de la playa llenas de polvo. Los valientes que han llegado trajeron suficiente cariño y comprensión para que algo en mí quisiera volver, para refrescar y desmantelar todo lo sufrido.
Pero no. Esta vez prefiero asentarme en mi isla y dejar de correr, buscar, perder y alimentar mi propia vida. A los que sí vinieron les agradecí eternamente esos momentos vividos, les agradecí el esfuerzo de escucharme y entenderme, les agradecí contar la arena de la playa en silencio, sentir el aire del mar con los ojos cerrados, andar descalzos entre cadáveres de insomnio y puta pena.
Envolvimos y mimamos los abrazos y los besos para que duraran en el tiempo lo suficiente hasta volver a vernos.
A los que esperan en la otra orilla decirles que solo veo el humo que desprenden sus inquietudes, oigo las promesas enlatadas que iluminan con oro las ilusiones que les hacen feliz, adorando la inconsciencia, vellocino de fe, almas que queman.
Desde aquí, isla paz, todo allí es dorado.
Allí el tiempo corre a pasos agigantados, allí pintamos la cara con brillos exagerados, allí nadie se queda sentado.
Aquí me ralentizo en aprender y saber quién sí, allí lo fácil es decir que el contacto es más importante que la brisa invisible del mar.
Allí cualquiera puede estar.
Aquí es difícil saber llegar, saber oír y aprender a escuchar. Olvidarte del sí, o del no, de juzgar.
Allí necesito volver, nadar entre letras en la mar que organizan sentimientos espumados. Bucear y tragar agua salada, salir de repente del frío para buscar la calor humana, mundana. Desgarrar mis zapatos del lodo del suelo, agarrarme a un madero que flote siempre en las tormentas, nadar y nadar.
Estar más fuerte, más grande, entender, agradecer y ser invencible. Vivir la vida, sin más.