Estaba decidido. Después de mucho tiempo meditando decidió dejar su Opel Corsa Jaca. Pero no sabía por qué extraña razón no se decidió a dejarlo tal cual, en un desguace o entregarlo al concesionario. Heredado de su abuelo, había sido su compañero infatigable durante 12 años. Con él había perdido el miedo a conducir por carreteras secundarias, a meterse en los bulliciosos centros urbanos de grandes capitales, a recorrer las sinuosas carreteras de la costa que le descubrirían las más fantásticas calas…Con él conoció a la que actualmente es su compañera, con la que ha formado una familia. Era su compañero “vital” a través de kilómetros y kilómetros y pensó que, por qué no, lo dejaría aparcado para siempre en la ciudad de la que recibió el nombre. Le pareció curioso y ahí lo dejó. A modo de homenaje dejó también un par de botas en el asiento trasero como para que quedara algo de él impregnado en lo que para el resto de la humanidad no sería más que un trozo de chatarra abandonado. Le arrancó las matriculas, se montó en el asiento del copiloto del flamante monovolumen que conducía su compañera y se largaron de allí. No sin antes mirar por el espejo retrovisor para, por última vez, admirarlo.
Dos días más tarde un grupo de jóvenes apareció cerca del lugar. Venían de celebración. Y pensaban continuarla pero habían decidido “perderse” un rato por aquel polígono principalmente porque iban a realizar, como diría el genial Reguera: “actividades diversas”. Al poco uno de ellos se percató del coche allí aparcado. Sólo. Llamó a sus colegas. Ebrios de alcohol y puestos hasta arriba la emprendieron a palazos con el coche rompiendo las lunas y abollando la chapa, aunque fueron las piedras las que más daño hicieron. Fue el Ier Campeonato del Mundo de Lanzamiento de Piedras sobre Opel Corsa. Quien, a una considerable distancia, dejase una piedra sobre el techo ganaba. Alguno soltó que debería ser deporte olímpico. El ganador decidió acercarse a su propio vehículo, que se encontraba relativamente cerca donde guardaba spray, y volvió para dejar su firma a modo de graffitti. Otro de ellos decidió arrancar la “A” de Corsa, metérsela en un bolsillo y llevársela sin razón alguna. Al levantarse el día siguiente miró en su bolsillo. No se acordaba de nada y, por supuesto, no sabía cómo cojones había llegado esa letra ahí.
Al día siguiente el dueño de un desguace cercano paseaba a su perro por el lugar y vio el coche. Bueno, lo que quedaba de él. Se apresuró a volver al desguace, coger la furgoneta, una caja de herramientas, la Radial (“por si acaso” se dijo) y llamó a su sobrino que trabajaba para él, sabía que a su edad ya no estaba para ciertas cosas. Al llegar lo primero que hicieron fue levantar el capó y desmontar lo que pudieron del motor, sacaron el salpicadero y arrancaron, no sin esfuerzo y a martillazos, el volante deportivo que incluía el coche de serie. Sacaron absolutamente todo lo que fuera susceptible de ser vendido, con una maestría profesional y en tiempo récord, no fuera a ser que a esas horas de la mañana apareciera la policía a preguntar y a dar el coñazo. Se fueron contentos. Iban a sacar unos eurillos con cero inversión.
Pasado un mes, al atardecer, apareció un tipo con una cámara de fotos y se quedó mirando un rato lo que quedaba del maltrecho vehículo. Se quedó pensando en los momentos vividos ahí dentro. Pensó en la alegría que produjo al dueño al sacarlo del concesionario, los kilometros recorridos, las risas, la música escuchada…Aunque no se preguntó en cómo llegó allí. Intuyó que lo habrían robado. Pero no dio más importancia. Aunque sí le llamó la atención en la “edición especial” del modelo y el lugar dónde se encontraba. Se decidió a hacerle unas cuantas fotos. Más tarde volvió a casa y se decidió a colgar algunas en su web. Siempre le habían atraído los lugares y cosas abandonadas, como recuerdo de lo que alguna vez fuimos, fueron o habían sido.
Un par de años más tarde, alguien se quedó mirando la foto sorprendido. Era el dueño del coche. Y volvió a rememorar, con pena, los momentos de alegría que aquel viejo coche: “Un Opel Corsa Jaca, heredado de mi abuelo”. Se guardó la foto en el disco duro. Y se preguntaba, si igual debería haberse quedado con aquel vehículo que no merecía acabar de esa manera. Al fin y al cabo, fue su compañero diario durante 12 años.
El compañero Estaba decidido. Después de mucho tiempo meditando decidió dejar su Opel Corsa Jaca. Pero no sabía por qué extraña razón no se decidió a dejarlo tal cual, en un desguace o entregarlo al concesionario.