viktxr:
La espera se hizo eterna, Nicola parecía no reaccionar y eso lo desesperaba cada vez mas. No estaba en el mejor de los estados para ser paciente, esa cualidad la había perdido hace rato. Se mantenía cerca del sofá, pero siempre dándole espacio al momento padre e hija, mientras caminaba de un lado a otro. Casi podía escuchar a Piotyr insultándolo en su mente: Joder niño, vas a hacer una puta zanja quédate quieto. Una vez más se dio vuelta sobre sus talones, manteniéndose con el ceño fruncido y una mano que rascaba la linea de su mandíbula, y fue ahí cuando finalmente su mirada se cruzó con la ajena. Se congeló allí donde estaba, y las piernas le flaquearon. Le flaquearon. El poder que ella tenía sobre él no era sano, no podía permitírselo. Pero ahí estaba, inmóvil e incapaz de responder a las acusaciones que lanzaba en su contra cual cuchillos. A este punto Nicola sabía bien que la relación que alguna vez habían mantenido le daba toda la libertad para tratarlo como quisiera, porque, de tratarse de otro capo, seguramente no hubiera gritado así. ¿Había hecho un error al traer a su padre? Si, seguramente si. Pero tampoco iba a poder vivir con la idea de que él estaba vivo y ella no lo sabía. La pelirroja podía odiarlo cuanto quisiera, porque sabía que lo hacía. El odio era realmente un sentimiento muy común en su vida, demasiado, casi era…era familiar. ‘¿Le contaste, Viktor?’ Simplemente atinó a asentir levemente, de una forma que pasaba muy desapercibida, sabía que ella no esperaba una respuesta. Y las menciones de las cicatrices hicieron un nudo en su estomago, sintió nauseas, ganas de vomitar al pensar que él también había sido causante de una de ellas. Habían pasado meses, si, pero Viktor juraba que podía ver el rostro femenino magullado por culpa de sus nudillos. Fue cuando la vio bajar una mano a su vientre que todo su mundo termino por darse vuelta y se volvió finalmente un completo desastre. Allí en la sala de su apartamento se cayó de rodillas al suelo, sintiéndose completamente vulnerable. Esa mujer estaba cargando su hijo y le estaba gritando de ese modo porque él se lo había ganado. Las lagrimas acumuladas en sus ojos no tardaron en deslizarse por sus mejillas y recordó como había llorado en la oficina de Petrov tras golpearla. Tal vez fue eso que lo armo de valor y…no, no fue eso. Fue su hijo, su hija, ese bebé que iba a tener un padre le gustara o no. Cerró su mano derecha en un puño y golpeó el suelo soltando un grito. Se levantó hecho una furia, como si se tratara de un ave fenix renaciendo de las cenizas. “¡Nicola!” alzó al voz, su tono era mas grave dejando a relucir su enojo. No le importó la presencia del padre, que creyera lo que quisiera de él. Todos lo hacían, todos hacían de Viktor un concepto que no sea cercaba a quien era realmente. Era complejo, mucho mas de lo que todos creían. Avanzó por el apartamento en busca de la pelirroja y al dar con la puerta cerrada de su habitación golpeó un par de veces. “¡Escúchame bien!” casi que sonaba amenazador. “No me importa una mierda que me odies, me puedes odiar toda tu vida y lo acepto. Pero ese bebé va a tener un padre, ¿me escuchaste? Lo va a tener te guste o no. ¡Y también va a tener un abuelo! Porque tu padre se paso toda la vida pensando en ti, pensando en como estarías. Mierda, Nicola, el ni si quiera creyó que estuvieras viva. Y si, si estas muerta por dentro, pero todos lo estamos, mi amor, todos.” el apodo se escapó sin que lo meditara, nunca la había llamado así.”Todos estamos jodidamente muertos.” repitió, ahora algo mas calmado, su voz había bajado y se permitió apoyar la frente contra la puerta. No me odies, sería absurdo pedir aquello. Déjame entrar, sería absurdo pedir aquello. Te amo, sería absurdo confesar aquello. “Lo siento” fue absurdo decirlo. Pero a ese punto todo era absurdo, su propia imagen para empezar: tan deteriorada y desastrosa por culpa del llanto que no se molestaba en ocultar.
Recostó su espalda contra la puerta de su habitación y lentamente se deslizó hasta quedar sentada en el suelo. De alguna forma creyó que sus sollozos serían lo suficientemente fuertes como para acallar los gritos del rubio que golpeaba su puerta, pero pudo escuchar con claridad cada palabra expresada por el ruso. Y su corazón se volvió a romper en un millón de pedazos, porque Viktor sabía del bebé. Lo más probable era que no había visto a ningún miembro de la mafia Petrov antes de aparecerse en la puerta de su departamento, pues se hubiese enterado de la enorme mentira que la pelirroja había complotado con el jefe de la mafia semanas antes, no estaría ahí gritándole sobre querer ser parte de la vida del bebé. Su bebé. Y fue entonces que la tristeza que la consumía se transformó en enojo, un enojo que la muchacha no se sabía capaz de sentir por Viktor ¿Con qué derecho venía a hacer ese pedido? Si él se había ido, si él fue quien desapareció sin dejar ningún rastro y sin siquiera decir adiós. Tenía razón: lo odiaba. Lo odiaba porque la había dejado sola a merced de Mijail cuando ambos se habían metido en ese problema juntos, lo odiaba porque todo lo que le había prometido parecía haber sido olvidado, lo odiaba porque no podía evitar seguir amándolo. Ahogada en sollozos escuchó esas dos últimas palabras, tan débiles que hasta creyó haberlas imaginado. Pero no era suficiente y probablemente nunca lo sería, no importaba cuando lo amara ni cuanto querría decírselo otra vez, a pesar de nunca haberlo escuchado de los labios ajenos. Y decidió que lo mejor sería romper su corazón, como él había roto el suyo; no por un acto de venganza, sino para alejarlo completamente. Debilitada, aún con el enojo recorriendo sus venas y el rostro empapado en lágrimas se levantó y abrió la puerta para verlo fijamente a los ojos “No es tuyo” susurró, el agotamiento fue dejado en evidencia en su tono de voz. No me creas, por favor, date cuenta que estoy mintiendo pensó, como esperando que el contrario fuese capaz de leer su mente. Su mirada pasó a su padre, quien observaba la escena con cautela, sin saber como actuar. “El bebé es de Mijail, Viktor. Ahora debes irte, si se entera que estuviste aquí podría asesinarte y lo sabes.” Tuvo que formar un puño con su mano, para evitar que esta subiera a acariciar la mejilla del rubio y así borrar el rastro de lágrimas que se esparcía por su rostro. “Por favor” le pidió, volviendo a llorar “Por favor, vete.”










