Aveces pasa corriendo por mi imaginación un cervatillo
Pequeño, de esos que miras y piensas en inocencia y ternura.
Paso mucho tiempo saltando y jugando entre hojas acumuladas en mi conciencia.
Mucho tiempo lo vi triste, mucho tiempo lo vi feliz.
Un día ese cervatillo brinco en un montículo de hojas otoñales, y encontró una trampa para osos abierta y clavada en el piso.
Como evidentemente el cervatillo jamás había visto una trampa para osos, se quedó contemplando.
Ahora, así como el cervatillo vive en los bosques de mi imaginación, la trampa para osos puede hablar. Una trampa para osos judíos, de esos gigantes que te cubren y dan calor.
Entonces, estaba este cervatillo viendo fijamente la trampa y se recostó al lado para mirarla más de cerca.
La trampa para osos le contó una historia sobre cómo un alacrán había subido a la espalda de una tortuga, para cruzar un río, prometió no picarlo, y lo picó, el cervatillo comprendió que el alacrán lo hizo por se un alacrán.
Un día el cervatillo le preguntó que era, una trampa para osos, esta le contestó que no era mala como tal para el cervatillo, que como no era un oso, no le haría daño al cervatillo.
Así que el cervatillo se acercó más, la piso sin querer, y la trampa se cerró sobre su patita derecha, la desgarro, le rompió el hueso y el cervatillo empezó a chillar de dolor.
El cervatillo pidió una y otra vez a la trampa que abriera los dientes, que soltara su pierna, que el no era un oso judío, pero la trampa no contestó, ni abrió sus fauces.
Como pudo se libró, tenía frío, quizá le diera una infección, la piel parecía enferma, sus músculos estaban expuestos, su hueso estaba visible.
Con dolor el cervatillo se fue.
Pasaron meses, meses dolorosos, meses en los que el cervatillo lloró, meses difíciles en los que pensó que podría morir.
Un día, mientras corría, jugaba y saltaba entre montículos de hojas de otoño, el cervatillo escucho la voz de la trampa para osos judíos.
El cervatillo desconfiado fue, la trampa para osos le pidió perdón, le dijo que quería al cervatillo y le prometió que no volvería a lastimarlo, le pidió que se acercara a él, el cervatillo había extrañado mucho sus cuentos, y se quedó.
Un mal día, el cervatillo estaba feliz jugando, enseñándole a la trampa lo alto que podía saltar y lo rápido que era para correr, pero la trampa había dejado de contestar, y en un intento tras otro de llamar la atención, paso cada vez más y más cerca de la trampa para osos muda.
El cervatillo sin querer puso la misma pata trasera desgarrada sobre la trampa y esta se cerró.
El cervatillo chilló en agonía, tenía miedo, el dolor y el frío le calaban los huesos, uno de ellos volvía a estar expuesto, lloraba, no sólo de dolor, le dolía la confianza, le dolía la razón, le dolía la conciencia, y la ingenuidad.
Le pidió a la trampa que lo dejara ir, que le había prometido que no lo iba a lastimar de nuevo.
La trampa no se abrió, tampoco le contesto.
Al amanecer el cervatillo, pudo liberar su pierna desgarrada sin ayuda. Y asustado, se fue.
La pata consiguió sanar nuevamente, entre lágrimas saladas del cervatillo. Y pudo volver a saltar, correr y rodar por hojas secas de otoño de nuevo.
Y así paso una y otra vez.
La última vez, la trampa le hablo, el cervatillo fue, y le prometieron como las últimas seis veces que no le haría daño, porque no era un oso judío. El cervatillo le dijo que ya no le creía, que una y otra vez había desgarrado su patita cuando se sentía solo, le dijo que ella no le ayudaba a sanar su pata, ni siquiera era capaz de soltarla cuando cerraba sus fauces sobre ella.
La trampa lloro, no quería dejar ir al cervatillo, el cervatillo le prometió que nunca más quería estar cerca para oírlo cunado se sintiera solo.
También le dio las gracias, porque le enseñó lo que jamás debía volver a permitir, le agradeció la pata desgarrada, los huesos rojos, la piel con cicatrices.
El cervatillo sigue corriendo feliz entre hojas de otoño, con una patita fea, pero ya no le importa, el solo es feliz.