Los Días Malos
Hoy resultó ser uno de esos días en los que todo pesa, igual que ayer, igual que antier y seguramente igual que mañana.
Respirar pesa, caminar pesa, hablar pesa. Se siente como una volqueta sobre mi espalda. 30 toneladas de dolor, una bomba atómica en el pecho, expandiéndose, desgarrándome.
A veces puedo ignorarlo, hacer como si no estuviera. Hoy no fue uno de esos días. Ayer tampoco.
Apareció de nuevo, como un gas, invadiendo todo, ocupando cada rincón de la casa, cada rincón de la ciudad, dejándome sin un lugar para escapar. Está en todos lados, como una niebla oscura y densa, obligandome a respirarla, hablándome al oído, diciéndome que no soy lo suficientemente bueno, repitiendome a cada paso que toda mi vida huele a fracaso, recordándome cada error, cada mala decisión, cada dolor, tapando toda luz, dejándome a ciegas, alucinando en distopías hiperrealistas. Una playlist en HD reproduciendo cada una de mis pesadillas, una tras otra, en loop, sin posibilidad de pausa, eterno.
Me convence de mi propia inutilidad, de mi falta de talento, o de carisma, o de cualquier tipo de virtud. Cuando el gas aparece, cada cosa buena se disipa, me aliena. Todo se vuelve una espiral de fracasos, errores a perpetuidad, marcando mi futuro con el símbolo de la decepción.
Me ata las manos, encadena mis pies, cose mi boca con hilos de acero. Hablar es imposible, actuar igual. Me desarma, me somete y me destroza. Me manda a la lona y me patea hasta dejarme seco. Incapaz de defenderme, incapaz de llorar, incapaz de hacer cualquier cosa diferente a observarme a mi mismo, derrotado, a llenarme de odio, de rabia, de tristeza, de decepción. Doblegado por mis demonios.
...y mientras todo pasa, sonreír. Forzado a mostrar que todo está bien. Intentando contener la bomba que llevo dentro mientras me río de un chiste o mientras cuento alguna anécdota que ya conté 700 veces pero que no recuerdo haber contado.
Mi peor enemigo habita en mi cabeza, me sonríe cuando miro en el espejo. Me habla, repitiendo un mantra autoritario, recordándome que le pertenezco y que no tengo la fuerza para combatirlo.
Los días malos son así. Como ayer, como hoy, y tal vez como mañana. Se irán, y volverán tan pronto como logré juntar un poquito de fuerza para resistir. Me aplastarán, y se reirán de mi tan pronto mi cara vuelva a besar la lona.










