Llevas mucho tiempo sin ser abrazado, cuando te bajaron ya no sentías, después desapareciste.
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Llevas mucho tiempo sin ser abrazado, cuando te bajaron ya no sentías, después desapareciste.
Vengan por mi.
Salgan por mí, porque siento como mi rostro se hunde en esta arcilla que llena mis pulmones, mi esófago, esto fue polvo. Soy fango, hedor, hediondo. Las lombrices vagan por las cuencas de mis ojos fueron mis lágrimas, siento ecos. No estoy asfixiándome poco a poco solo es tu mano que me empuja al túnel que espera en la salida a mi desaparición. Siento el susurro de tu voz llamando un nombre, una, tres veces, mi puerta. Me abismo, me abismas. Allá me dejas, tirado. Vengan por mi que han llegado los buitres. Acá me dejaste.
Retraído como prepucio en piscina llena de agua fría
Esa pequeña particula que hace túneles dentro de aquello que alberga las imágenes que cree a través de los tiempos. Caliente metal que no se funde sino que depara en el espacio para colapsarlo. En las palabras se difumina la sensación de experimentar ese segundo dónde el cañón apunta a la sien, perfora y cauteriza mi piel y todo se torna negro.
¿Cuánto cuesta la bala que acabaría con la penuria que vivo cada vez que siento tu ausencia?
Todo me recuerda a ti Gigi
¡Aguanten, aún estoy vivo!
Date
No está nada padre que te estés dando un pasón mientras alguien te mete una bala.
En el principio de los tiempos, Dios, el gran tejedor del universo, miró su creación desde su trono de estrellas. Era un universo vasto, lleno de vida y muerte, alegría y sufrimiento. Pero en medio de todo eso, los humanos parecían perdidos, como niños que juegan con fuego sin saber que pueden quemarse.
Dios, que conocía todos los secretos del corazón, sintió un peso en el suyo. Sabía que había creado a los humanos libres, capaces de elegir entre el amor y el odio, pero esa misma libertad los hacía frágiles. Cada error, cada lágrima, cada grito desgarraba un hilo del tejido del mundo.
Entonces, en una tarde donde los vientos llevaban susurros de viejas profecías, Dios tomó una decisión que sorprendió incluso a los ángeles: "Bajaré yo mismo a ese mundo que creé. Me haré uno de ellos."
Los ángeles, que eran sabios pero no tanto como para entender el misterio de Dios, se alarmaron. "¿Por qué, Señor? Si eres el tejedor, ¿por qué descender al telar? Si eres el alfarero, ¿por qué convertirte en barro?"
Dios sonrió con una tristeza que contenía la eternidad y respondió: "Porque solo entendiendo su dolor podré transformar su destino."
Y así fue como Dios tejió un cuerpo para sí mismo en el vientre de una mujer llamada María. No era un cuerpo glorioso, sino uno frágil, como el de todos los mortales. Su nombre fue Jesús.
Cuando llegó al mundo, la humanidad no lo reconoció. Esperaban un rey con coronas de oro y ejércitos poderosos, pero él era un carpintero que trabajaba la madera con sus propias manos, un hombre que comía con los pobres y abrazaba a los enfermos.
Muchos decían: "Si es Dios, ¿por qué no detiene las guerras, por qué no cura a todos los enfermos de un solo golpe, por qué no destruye el mal?" Pero Jesús, con sus ojos como espejos de las estrellas, respondía: "Porque no vine a imponer, sino a transformar. El mal no se vence con fuerza, sino con amor."
Algunos creyeron que su descenso era egoísta. Decían que Jesús había venido para demostrar su fortaleza, para soportar el dolor humano como si fuera una prueba para sí mismo. Pero aquellos que se sentaron a escucharlo comprendieron algo diferente: Dios no necesitaba probarse. Él había bajado para cargar el peso del sufrimiento con nosotros, no para quitárnoslo, sino para mostrarnos que, incluso en medio del dolor, hay esperanza.
El sacrificio de Jesús no fue un acto egoísta, sino una ofrenda como la de un artesano que rompe su mejor obra para crear algo nuevo y eterno. Él no vino a resolver todos los problemas de la humanidad, sino a plantar una semilla: una pequeña llama en cada corazón, para que cada uno de nosotros aprendiera a ser tejedor de su propio destino.
Y así, Jesús regresó al cielo, pero dejó atrás algo que no podía ser destruido: el conocimiento de que, aunque el mundo esté roto, el amor es el hilo que puede volver a unirlo.
Dijo el psicólogo: Si señora yo creo que la quiere... la quiere chingar.
Pervirtió sus pensamientos, poco a poco violaba sus recuerdos, en sus sueños destazaba cualquier tipo de sensación que pudiera provocar su vida real.
Ese sabor de la primera vez que te toqué...
Entre más dolor, más sabor.
Creo que hablaba con ella de música tropical.
El premio de la única acción humana que es perpetua, la vida, celosa, nos complica obtenerlo.
ESCUCHÉ
Para Ana, Ricardo y para ti que vienes pronto.
Comúnmente no me pongo a pensar como se escuchan las voces de las personas que me rodean, como se escuchan cuando hablan por teléfono, cuando gritan y se enojan, ni siquiera me pongo a pensar en como se escuchan en sus momentos de tristeza o alegría. Creo que es mas común de lo que pensé hasta hoy que me compartieron tus latidos, y escuché lo que no se escucha, el universo, un bigbang, escuché las estrellas que titilarán cuando rías, escuché y no quería dejar de escuchar, escuché todas las emociones y las risas de tus papás, Ana y Ricardo, y escuché el futuro, tu risa.
No te soñé tanto como aquella vez que apareciste en mi cama por la noche y a la mañana siguiente aún tu cabeza estaba recargada en la almohada y tu espalda pecosa daba hacia mi.
El amor se huele en tu cuello después del Chanel #5