Había pocas cosas que Celeste no rechazaría nunca jamás de los jamases y una de ellas era a un panchito, más que nada si era con su pombero. “Pero fuera de joda, LA DE PANCHITOS QUE NOS VAMOS A… KEDIJISTE.” Cuestionó quedándose boquiabierta porque no podía ser que les estuviera pasando esto justamente a ellos, el rey y la reina de los panchitos. “Ah no, hermano. ¿Es joda? LA PUTA MADRE DON CARLOS CÓMO ME VA A HACER ESTO.” Gritó para nadie en particular porque no era como si le fueran a dar bola, y se entró a reír al ver al mogólico de su novio agarrado de las rejas, sacudiendo. “Ya re fue, perro. Vamos a buscar otra panchería.” Se encogió de hombros y sacó de su mochilita la libreta y la lapicera que siempre llevaba por las dudas, antes de ponerse a escribir una notita para dejarle a Don Carlos.
Después de dejarle una cartita al viejo diciéndole que los había decepcionado muchísimo dejándolos sin sus panchitos en un día tan especial como Navidad, Celeste y Augusto empezaron a caminar en dirección al centro porque no se podían quedar sin sus panchitos, obvio. “Seguí, andá viendo que yo me voy a atar los cordones.” Le dijo, dejándolo caminar adelante para poder mirarle el orto en esos pantalones de hippie mugriento que usaba como outfit panchero. ”Uh, ese culito, papi… Qué lindo que sos. ¡Con ese culo te invito a cagar a casa!” Le gritó intentando hacerse la camionera, pegándole en el ojete al llegar a su lado. “Igual, eso después de que encontremos una panchería porque no me voy a casa hasta que me coma mi panchito.” Señaló y se agarró de su brazo, apretando suavemente al darse cuenta de que el conchudo los tenía más duritos. “Estás muy musculoso de vuelta, vos… ¿Qué onda?” Preguntó subiendo y bajando las cejas. “Estás bueno, eh.”