¿Qué había de especial allí? Él no se iba a quedar con la duda, entonces la siguió. Muchos pasos, quizás cien o... ¿ciento treinta y dos? ¡Había perdido la cuenta! con lo que le gustaba contar los pasos que daba...
El jardín de los Brown le pareció tan enorme como lo era un estadio de fútbol. Su jardín también era extenso, pero él no conocía todos los rincones de esa otra casa. No le quedó más remedio que continuar.
La pequeña morena siempre hacia lo mismo. Corriendo entre los arbustos hasta perderse. Lo único que le daba indicio de que ella aún estaba por ahí, era su risa; alegre, cantarina y a la vez ruidosa. Oh, sí, ella le parecía ruidosa, como una piedra rebotando en el agua calmada para alborotarla. Ella era las vibraciones que sacudía el agua y, por supuesto, él era el agua.
De golpe, dejó de oírla y detuvo su andar.
El lazo de su cabello reposaba sobre el césped, cerca de sus pies. Esta vez era amarillo. Matthew siempre los recogía y los guardaba en una pequeña caja para algún día devolvérselos todos juntos. Ella los usaba de diferentes colores en un moño para adornar la coronilla de su cabeza, ¿no le gustaban?
Quizás, ella sabía que él iría detrás para recogerlos.
Matt lo guardó en su bolsillo, y retomó sus pasos al oír las risitas de Rebecca.
Se quedó maravillado al ver lo que tenía en frente; montones de dientes de león, cientos de ellos que rodeaban el gran árbol de roble del que colgaba un columpio, pero ella no estaba ahí. ¿Era el viento quien hacía oscilar la pequeña tabla de madera?
—¡Me has encontrado! —Exclamó una vocecita a sus espaldas.
Se volvió para ver a la pequeña Rebecca con un ramito de dientes de león entre sus manos. Ella sonreía, tan grande que se le marcaban esos característicos hoyuelos en las mejillas. Matthew lo había visto también en sus hermanos, pero le parecía especialmente adorable verlos en ella. Eso sí, nunca lo diría en voz alta.
—Siempre lo hago. —Respondió él, encogiéndose de hombros con cierta condescendencia—. No te ocultas muy bien.
La niña agudizó la mirada e infló sus mofletes de aire, simulando estar ofendida, aunque en realidad le picaban ligeramente las orejas, ese pelirrojo...
A quién engañaba, ella quería ser encontrada.
—Eso no es cierto, nadie sabe que vengo aquí. —Replicó y se agachó para recoger más de las plantas.
Él la observó, entre extrañado y curioso. Entonces se agachó frente a ella y acarició con un dedo la flor que, ante su roce, desprendió las semillas que salieron volando en la dirección que las llevaba la brisa.
—¡Hey! —Se quejó ella, llamando su atención—. ¡Debes pedir un deseo primero!
—¿Deseo? —Cuestionó, quitando la mano de aquellas flores extrañas.
—Sí. Mamá dice que son maleza, pero mi nana dijo que son para pedir deseos porque son mágicas. ¡Mira!
Ella recogió un par más y le dió algunas a Matthew. Parada a su lado, pretendía enseñarle.
—Primero, cierra tus ojos y pide un deseo. —Le indicó, ambos lo hicieron—. Ahora ponlo frente a tu rostro y... ¡sopla!
Y lo hicieron. Puede que ella haya pedido algún deseo de más porque tenía muchos dientes de león... Claro que no es trampa.
—No creo que... —Dijo él en un balbuceo que se perdió cuando abrió los ojos y la vió aún con los párpados cerrados y sonriente. Al fin lo miró también. Aquellos grandes ojos caramelizados desbordaban alegría.
—¿Qué pediste? —Inquirió, inclinándose más cerca de él, como si quisiera ver a través de sus ojos cristalinos el secreto de su deseo. Él negó con la cabeza.
—No te diré. —Determinó, ella hizo un pequeño mohín. Iba a quedarse callado, pero prefirió hacer la pregunta—. Y... ¿tú?
Rebecca le dió la espalda y corrió hasta su columpio improvisado. Él dió unos pocos pasos, inseguro, para acercarse.
—Que siempre me encuentres.
Mientras se balanceaba, ella pudo vislumbrar un tono rojizo en las mejillas del niño, que prefirió permanecer entre las flores mágicas, como ella les llamó.

















