Thin ice
| 260225 | Larchmont, New York City.
Tan difícil como el hallazgo de una aguja en el pajar. Así de complejo fue para Ian no sólo verbalizar la necesidad de ayuda sino identificarla, en primer lugar. El espacio terapéutico ya no alcanzaba para sostenerlo en las demandas del trabajo, la crianza, la salud delicada de su padre y como eco, la crisis mental de su madre. Si a eso se le sumaba querer, simplemente, disfrutar de los preparativos de su boda, conectar con el presente de la familia que supo construir, no descuidar su rutina física… Demasiado para esa cabeza caprichosa que, cada noche hacía por lo menos un mes, confabulaba para mantenerlo despierto.
La serotonina se disipaba y el vértigo a una recaída era todo en lo que podía pensar. Se sabía una pieza de un dominó que, si se dejase caer, se llevaría con él a unxs cuantxs más. Esa responsabilidad sobre los hombros rozaba lo imposible pero, conociendo en demasía sus tiempos, supo pronunciarse y pedirle a Kenzie una noche plena de sueño.
El universo jocoso, sin embargo, pasó de darle la paz que tanto necesitaba y un llamado lo arrancó de una pesadilla. No supo si agradecerlo o no, sí tragó un insulto al tantear la mesa de noche en busca de su celular.
—¿Está muerto? —espetó Ian en un farfullo. A esa altura, esa era la única posibilidad válida para que lo despertasen. Enseguida batalló para abrir un ojo y espiar la hora: 2am. Se trataba del tercer llamado en una semana, por esas horas.
—No pero ven, mi amor, ven, por favor.
El ruego desbandado de su madre fue suficiente para ponerse en marcha, con más pesadumbre e irritabilidad que las veces anteriores. Al darse la vuelta no vio a Kenz y se extrañó de no haber escuchado a Cameron llorar. Enseguida una punzada de culpa lo atravesó. Por más que hubiera pedido la noche, si no escuchaba a su niño llorar, ¿qué tan buen padre estaba siendo?
De camino al auto, hizo la debida parada en el cuarto de Cam para saludarlo y a su prometida, que se alarmó por partida doble: de verlo despierto y también vestido para salir. “Muriendo no está” hizo la salvedad el bipolar, con algo de mofa, y le prometió un mensaje en cuanto supiera más, aunque insistió en que durmiera tranquila.
Hacerse de paciencia era una tarea maratónica. Ni siquiera escuchar un album de jazz en el camino lo ayudó a entrar en un estado más… colaborativo. En cuanto entró a casa de sus padres, envuelta en la luminosidad baja y cálida de pequeños veladores, ni siquiera saludó.
—Necesito que me dejes dormir. De verdad, no puedo seguir así —Ian yendo por el camino del egoísmo no era algo común de ver, excepto cuando estaba al borde del colapso. Entendía las ansiedades de su madre, si se ponía en sus zapatos a él también le daría terror perder a Kenzie. Pero aunque la situación estuviera latente, permanecía estable y no había manera de hacérselo entender. Desde luego, su ansiedad diagnosticada, rasgos obsesivos y esa bipolaridad que él mismo hubo heredado, lo hacían difícil. Escuchar a su hijo decirle aquello, hizo que borboteara un llanto y aún enojado, cansado, Ian contuvo a Ade inmediatamente en un abrazo —. Estoy a nada de perder la cabeza si seguimos así y tengo un bebé en casa. No quiero repetir historias —le había dicho, ganándose el silencio que se abrió paso entre ellxs, alimentado por la culpa compartida.
Los 30 minutos que lo separaban de Jackson Heights no sirvieron de mucho para calmarse. Su madre estaba desbarrancada mentalmente, su padre no tenía fuerza para contenerla y él tenía mucho en el plato. Ni hablar si reparaba en que sus demás hermanxs no colaboraban, excusadxs en vivir lejos de la Gran Manzana.
Con la mirada perdida en la cuchara que revolvía el té de valeriana, Ian pensó que de existir un cielo sería enjuiciado. Su lugar en el sería cuestionado, no importaban sus buenas obras. Sin que su madre lo notase, había disuelto allí un extra de ansiolítico, justo para cuando ella entró en la cocina.
—Escuchame bien. Tómate lo que te dio el psiquiatra.
—No me gusta que me dope, necesito estar atenta a tu padre.
—Pues lo lamento. Hemos estado ahí, lxs dos, sabes mejor que nadie que si te lo da es por algo —dijo el bombero, dejándose llevar por el enojo hacia la vía del no-consenso. Después de varias noches interrumpidas, la paciencia llegaba a su tope. Él mismo la había acompañado al psiquiatra para contarle cómo venía su vida últimamente y que necesitaba un empujón para encarrilar la ansiedad. Así y todo, ella no hacía caso, se negaba, como en algún momento Ian había hecho. Alcanzándole el té a su madre, se dispuso a volver al living junto a ella —. A lo sumo lo recalibrarán pero dale una maldita chance —insistió Ian que, en cuanto volvieron al living, se topó con una sorpresa.
Cassandra, su hermana menor, descansaba el peso en el umbral de la arcada que llevaba a las habitaciones. Unos ocho años habrían transcurrido desde la última vez que se vieron. Su hermandad había sido tan hermosa como turbulenta. Al igual que su padre, Cassie no estuvo para él en su peor momento pero a diferencia de él, Ian no lo hubiera esperado. Era su decepción más grande encarnada, frente a él, sin ningún tipo de advertencia para su corazón que combustionó en resentimiento.
—Tienes que estar jodiéndome —fue lo último en voz considerablemente baja que dijo Ian antes de echar a andar sus pulmones, sin importarle que su padre estuviese durmiendo a unos metros —. ¿A ella la llamas? ¿En serio? No hará más que llorar, sólo quiere hacer acto de presencia para quedar bien con su “mamita”. No ayudará a Ben porque lo pone histérico, no te ayudará a tí porque en lugar de levantarte se tirará contigo a llorar. ¡Es como cavar un pozo para lxs dos!
—Estás flaco —disparó Cassie, impasible al braverío, agente del caos para con él pero actuando con la frialdad de quien busca el equilibrio: desde su lugar podía ver como Ade volvía a estallar en un llanto que silenció bebiendo el té; mientras tanto, la furia de Ian ocupaba tanto volumen y espacio como indirectamente proporcional Ade se achicaba en el sillón. Estaba avergonzada por algo que luego saldría a la luz.
—Vaya, Sherlock. Qué observadora eres.
—¿Hace cuántos años no nos vemos? ¿Cómo crees que sigues conociéndome si lo último que tienes de mi fue siendo adolescente?
—El abandono no es una fase. Lo llevas en la sangre. Te contagiaste —aludió a su padre, que nunca abandonó expresamente pero se escudaba en su trabajo para desaparecer de sus vidas —. Dime sino: ¿por qué mierda me llamaron a mí, que estoy en Larchmont con un hijo, y tú estando aquí no puedes darle la maldita medicación a tu madre? Dime.
—Ella te quería a tí… —contagiada por la vergüenza de Ade, Cassie bajó la guardia, admitiendo hacia sus adentros la poca cintura que tenía en la situación.
—Dios, no puedo lidiar con esto. No me llamen —escupió Ian, rescatando sus pertenencias una a una —. No me llamen a menos que esté muerto.
—Pero, ¿qué te pasa, hijo? ¿Por qué de repente… estás así? Nos estabas ayudando y…
—No puedo ser perfecto para todxs. Para Mackenzie y Cameron lo haré, tanto como pueda porque ellxs son mi cielo en la Tierra. Pero ¿él? ¿Que nunca estuvo cuando lo necesité?
—Es tu padre, Ian. Eres su hijo, es tu deb…
—¡Ya lo sé! —bramó, frustrado profundamente porque nadie entendería que su leitmotiv allí era esquivar una potencial culpa; no es que no le guardase un extraño cariño a su padre pero nunca se trató de algo sano como para tener ese nivel entrega sin peros—. Aunque nunca me atrevería a pedirle a Cameron nada que yo no le haya dado. No funciona así. No debería. ¿Qué, de repente me quiere? No. Me trata suave porque ahora le soy funcional.
—Tus gritos me despertaron —el mencionado hizo aparición en el pasillo, mas su bala de culpa no atravesó a su hijo.
—A mí el llamado de mi madre cuando Cassandra perfectamente pudo haber ayudado —entonces, la picó a su madre desde atrás del sillón —. ¿Ves? Haz como él, que se va a dormir tranquilo.
Por primera vez en la vida, Ben le dedicó una mirada de compadrería a su hijo, a través de sus ojos hinchados. Casi como si ese mismo hubiese sido su consejo horas atrás. Entonces Ian se aproximó al moreno con una confianza que nunca tuvieron. Quizá porque conocía bien la “salida segura” de esa situación. Lo tomó para guiarlo de vuelta a la habitación, así Ben pudo notar cómo las manos le temblaban. Conociéndolo, estaba ansiando fugar su ira contra algo o él mismo.
—¿Quieres gritar en la almohada? — siseó su padre, burlándose de las sugerencias de los psicólogxs, haciendo caso para pegar la media vuelta que lo dejaría en la cama de vuelta.
—Quiero ir a dormir con mi mujer y mi hijo. Te tomaré los vitales y arréglense con Cassandra lo que queda de la semana.
Una vez la puerta lo separase de las mujeres, el mayor volvió a hablar.
—Estoy bien, tu madre está con un cuadro…
—Más ella que tú. Adhiero. Pero lo haré así al menos puedo irme en paz —con apremio, Ian tomó el tensiómetro y el estetoscopio de la mesa de noche para evaluarlo. Hubo algo en ese foco que tuvo que atender que lo calmó. Aún con el estetoscopio en las orejas, Ian estudió a su padre con una mezcla de confidencia y vértigo —. Metí clonazepam en su té.
Entonces Ben esbozó una sonrisa orgullosa, que le hizo recordar a viejos tiempos, cuando él era capitán del equipo de rugby, aún sano de la cabeza y aún el orgullo de su padre.
—Siempre hay una salida más fácil e igual de efectiva. Está bien.
Toda esa ira acumulada que lo recorría, cuyo patrón le rogaba fugar con una piña en la pared o peor aún, con una navaja en sus brazos, encontró otra salida. Sin previo aviso, la vergüenza escaló vertiginosamente su pecho, abriéndose paso en un llanto que inició pequeño, contenido, aunque no por eso menos intenso. Su padre, con la misma velocidad, desarmó la sonrisa y atendió su malestar.
—Ian, ¿sabes cuántas veces hice eso mismo? No me enorgullece pero es… testaruda. Es lo mejor para ella.
—No es consensuado. Es terrible —apenas pudo modular Ian, con el desespero picándole el pecho que luchaba por el aire; se tornó vital destruir el nudo que habitó su garganta, a pesar de que quisiera disminuir el tamaño de la angustia por timidez.
—Cuando en unos minutos pueda dormir y mañana amanezca un poco menos aterrorizada, sabrá agradecerlo. Y tú también, que tienes en casa…
—Un bebé.
—Y tu mujer. Esperándote. Quizá puedas hacer lo mismo. Un té mágico —le guiñó el ojo con algo de sorna. La agilidad con la que lo deslizó, en vez de ofenderlo, hizo sonreír entre lágrimas a Ian, que asintió, un par de veces.
—Puede ser.
—Te ves horrible. Duerme —le indicó su padre, que marcó 140/90mm Hg en el tensiómetro —. Ya tengo una inestabilizada como para tener dos. Me matarán entre lxs dos —dijo y el momento de unión se quebró tan rápido como un cristal contra el suelo. Ian bufó porque se sintió ofendido con la obtusa lectura de su cansancio. Qué desapercibido habían pasado hasta el momento sus esfuerzos que ni un gracias recibía; por el contrario, lo usaba en su contra —. Por lo menos tú haces más caso. Si no quieres andar tras mía o incluso de tu madre, lo entiendo. Pero no te descuides, ahora tienes una familia.















