30 de junio de 2025. [Parte III]
Ninguno habla por un rato, hasta que el siciliano rompe la quietud. De nuevo.
—Fui a algunas de tus muestras. Inauguraciones.
—Exhibiciones —corrige ella, intentando que la sorpresa no se derrame en el tono de su voz. Sabe que Leonardo ha estado alrededor hace años, aún así, pretende—: ¿Me estabas espiando?
—No te espiaba, Marzia. Solo… me aseguraba de que estuvieras bien. Desde lejos —esa noche la observaba mucho más cerca que todas las veces anteriores pretendiendo ser una sombra—. Tenías gente. No quería arruinarlo. No pensé que quisieras saber de mí.
Lo dice como un hecho. Sin lástima, solo matemáticas. Ella entorna los ojos y le dedica una mirada fugaz. Todavía afilada.
—Tenías razón.
Leonardo asiente, despacio. Otro golpe que toma. No está habituado a bajar la cabeza, a doblar las manos. Sin embargo, por su hermana, ni siquiera tiene que pensarlo. Tras unos segundos carraspea, entiende que puede mantenerse en la frialdad que lo caracteriza o puede seguir construyendo un puente hacia ella. Intentándolo al menos.
—Ahora tengo algunas cosas —fue vago al comienzo, casi modoso—. Un bar en Williamsburg, dos viñedos en Europa. Propiedades. Me dedicaba a Seguridad a tiempo completo pero me alejé bastante. Solo conservo un par de clientes.
No siempre había sido limpio, mas había aprendido a ser cuidadoso. Discreto. Nada de problemas, ya no. Entendía que si quería un vínculo con su hermana debía ser confiable. Dar un entorno seguro. Entendía, también, que no controlaba los agentes externos y desconocidos; las huellas visibles de la violencia estaban en la mano enyesada de Marzia, en los ecos de los golpes en su piel.
—Así que… estuviste cerca. Todo este tiempo. Mientras yo sangraba y me rompía y me limpiaba y… volvía a recaer —los ojos bajaron a los anillos en su dedo anular— Me casaba.
—Sé que te casaste. Vi la registración online. Iba a mandarte algo pero… pensé que te iba a asustar. O no querrías saber nada de eso.
Marzia no respondió. Quizás esa era la respuesta, la afirmación.
—¿Y ahora sí me ves? Cuando ya no importa.
Eso le pega más de lo que quiere admitir así que respira hondo.
—No. No lo hice. Pero te veo ahora. Vi lo que sobreviviste. Lo que construiste. ¿Tu obra? Es… fuego, Marzia. Da miedo a veces, pero es honesta. Tú eres honesta. Eso es raro.
Las palabras la toman por sorpresa. Traga saliva, parpadea demasiado rápido. Entonces lo observa por un momento. Su ropa es elegante, le queda bien. El reloj que lleva es demasiado caro. Sus manos están limpias, pero ella cree imaginar en cuánto caos han estado metidas. Está sereno de una forma que viene del control; quizás del dinero, quizás del poder. Pero aún se ve como su hermano detrás de todo eso.
—¿Piensas que es así de fácil?
—No —la voz de él es suave—. Pero estoy acá. No solo por esta noche.
Ella se gira, conteniendo el aire. Le duele el pecho. Las costillas. Todo duele. Quiere creerle y no quiere creerle, todo al mismo tiempo. Todavía no se va aunque siente el impulso latente de salir corriendo de allí. La duda acaricia cada recoveco de su cuerpo. En la quietud, Leonardo tira el cigarrillo al callejón y se sienta despacio en el borde. Los ojos vuelven a Marzia. A pesar de las heridas visibles, la ve firme. Reconoce su fortaleza, la admira, mas también quiere abrazarla, darle consuelo. Da una palmadita en el espacio a su lado, invitándola a sentarse. Esta vez, ella parece no dudar.
















