Antes de celebrar, detente un instante y piensa qué es lo que realmente estás festejando. Quizás, mientras escribes un mensaje de victoria, alguien que podría ser tu hij@, tu herman@, tu padre o tu madre se tendrá que preparar para caminar hacia una guerra que nunca eligió. No porque la deseara, sino porque el peso de la vida y el amor por su familia le dejaron pocos caminos por recorrer.
Mientras tu noche transcurre en calma, bajo un techo seguro, habrá quienes corran intentando aferrarse a un mañana. Porque las palabras pueden romperse y los diálogos pueden fracasar, pero siempre existe la posibilidad de volver a intentarlo. La vida, en cambio, cuando se apaga, no concede segundas oportunidades.
Me entristece ver cómo celebran la derrota de otros sólo porque no comparten tú opinión, y cómo a veces elegimos la burla antes que la empatía, el desprecio antes que la comprensión, el orgullo antes que la humanidad.
Y no hablo de bandos ni de colores políticos. Hablo de personas. Hablo de reconocer que, aunque alguien no represente nuestros intereses, puede representar la esperanza de quien nunca tuvo las mismas oportunidades, de quien sueña con alcanzar una vida digna, hermosa y tranquila, como la que muchos damos por sentada.
No estoy triste porque haya perdido Cepeda. Estoy triste porque algunos celebran desde el odio, el rencor y la deshumanización. Porque cuando la victoria necesita humillar para sentirse completa, deja de ser una victoria y se convierte en una herida más.
Celebra tus ideas. Celebra tus convicciones. Celebra aquello en lo que crees. Pero no olvides tender una mano a quien piensa distinto, porque ninguna sociedad se construye sobre los escombros del desprecio.
De lo contrario, seguiremos caminando por el mismo camino que durante más de seis décadas nos ha enseñado a dividirnos, cuando quizá lo que más necesitamos es aprender a unirnos.









