■ "Cuestión de principios, parte 2".
Dos días suponía una espera demasiado larga e intensa, noches en vela sin poder conciliar el sueño hasta que el trato estuviera hecho. Seguía siendo una locura, pero desde hacía tiempo que Jimena y sus hombres se habían instalado por Irlanda y controlaban la mayor parte del territorio. Sin embargo, no eran los únicos interesados en permanecer en Irlanda y los frentes estaban abiertos por todos lados.
El día decisivo había llegado y era el momento de actuar. Jimena seguía inconforme con la resolución de la táctica que emplearían, pero confiaba en la autoridad de su padre y su forma de hacer las cosas, de no ser así, no habría llegado hasta donde ahora se encontraba, una posición única e infranqueable que nadie se atrevería a cuestionar.
[...]
Cualquier mujer que se atreviera a entrar por su propia voluntad en aquel antro, no sabía a lo que posteriormente se tendría que enfrentar. Pero eso no duraría por mucho más tiempo si de ella dependía. Jimena era de ideas fijas y lo que en un principio se suponía que iba a ser un reconocimiento del lugar, acabó siendo la punta del iceberg.
Se había saltado todo el plan, había roto los protocolos y se había metido de lleno en la boca del lobo con la intención de no fallar a sus propios principios. No podía permitirlo. Ya podía oír las futuras represalias de su padre, que estaría pensando que su hija debía estar loca por desobedecerlo y no ceñirse al plan.
- "Mujeres no".
- ¿Me dices a mí?
- "He dicho que mujeres no".
Su mirada descendió hacia la mano que se había posado sobre su hombro para impedir el avance de sus pasos y segundos más tarde, retorcía su brazo para apatarlo de ella y pasar de largo, no sin antes mostrarle su revolver y dejarle sobre el hombro un certero disparo. El ruido ya alertó en el interior de que algo estaba sucediendo.
Gritos, pasos acelerados y una música que irrumpía en aquel prostíbulo que de pronto cesó para solo escucharse el ruido y las voces de aquellos que había oído el cañón de un arma al disparar. La puerta fue bloqueada por Jimena, quien se encargó de que de allí no saliera nadie. De ser así, ya habría otros esperando fuera para que ni un solo alma escapase.
- Akio Chen. ¿Dónde está el señor Chen?
Las voces cesaron y todas las miradas fueron a parar a una puerta en la que colgaba el cartel de "Privado". La mayoría de los allí presentes eran mujeres ejerciendo la prostitución y juraría que no todas lo hacían por su propia voluntad. Pero sus negocios iban más allá de liberarlas y no podía perder más el tiempo.
- Cualquiera que intente salir, recibirá un disparo.
Sus pasos avanzaron hacia la puerta, que abrió de inmediato. La imagen que vio no le sorprendió, pero apartó la mirada a un lado para dar cierta "intimidad".
- Vístete y largo. El señor Chen y yo tenemos que hablar.
En cuanto la mujer vio el arma se puso en pie y se vistió tan pronto como pudo hasta salir por la puerta, que después fue cerrada por la mejicana. No tardó en sentarse en uno de los sofás hasta ponerse cómoda, dejando el cañón del revolver sobre el reposabrazos del mismo, apuntando hacia Akio.
- Sobran las presentaciones. Tú y los tuyos no habéis parado de darme problemas en los últimos meses. Ambos luchamos por tener un lugar aquí, en Irlanda, pero sabemos que no es para nada un país unificado. Pues bien, te vengo a proponer un trato. Oh, no, no, no. No te molestes tan siquiera en amenazarme, insultarme o atreverte a ponerme una mano encima. Como comprenderás, no he venido sola y todo lo que está sucediendo aquí, está siendo escuchado.
En ese preciso instante, se señaló el micrófono que llevaba en el cuello del vestido y que se encontraba escondido en este
- Nosotros os vendemos las armas que queráis y vosotros las exportáis al extranjero. Fácil y sencillo, en donde todos salimos ganando. Te haré un treinta por ciento de descuento, por supuesto.
- "Interrumpes en mi propiedad a punta de pistola, me amenazas no solo a mí, si no que le rompes la mano a uno de mis mejores hombres. Me propones un....¿trato? Sí, eso has dicho, me propones un trato para exportar tus armas y dime ¿qué beneficios saco yo? Puedo conseguirlas donde quisiera. Te diré algo. No necesito una alianza con "los marrones", ni tampoco chatarra a precio de oro. Como ves, no me va tan mal. ¿Por qué debería aceptar tu trato?"
- Porque de no hacerlo y acatar mis órdenes, tu sentencia de muerte estará firmada.












