El Santuario de la Espina: El Arte de Extrañar el Dolor y el Ansia de Sanar
Existe una extraña geografía en el alma humana donde la ausencia de una herida se siente como un vacío intolerable. Nos enseñan desde niños que el dolor es el enemigo, un intruso al que hay que desalojar con urgencia médica y olvido rápido. Sin embargo, cuando una pena nos habita durante el tiempo suficiente, deja de ser una visitante incómoda y se convierte en inquilina, luego en confidente, y finalmente, en el espejo donde aprendemos a reconocernos.
Nace así la más íntima de nuestras contradicciones: el arte de extrañar el dolor mientras se respira el deseo ferviente de sanar.
Deseamos la luz, pero nos hemos acostumbrado tanto a la penumbra que la claridad nos asusta. Sanar da miedo porque la cura exige demoler el viejo templo del sufrimiento, un lugar que, aunque en ruinas, ya conocemos de memoria. Extrañar el dolor no es masoquismo; es el temor reverencial a no saber quiénes somos sin aquello que nos rompió. Es la paradoja del prisionero que, al ver la puerta de la celda abierta, extraña el peso familiar de sus cadenas.
El Peso de la Luz
Abro las manos para soltar la arena,
pero el puño se cierra, por costumbre, por miedo, como si el filo de mi propia pena
fuera el único norte que sostiene mi dedo.
Quiero sanar, lo juro, ver el cielo limpio,
dejar que el agua corra sin morder la roca.
Pero este invierno largo se volvió mi templo, y el sabor de la sangre ya no me descoloca.
Extraño la herida cuando empieza el olvido,
porque el dolor es mío, me nombra y me abriga.
¡Qué paradoja absurda haber convertido
la herida que sangra en mi mejor amiga!
Anhelo la cura, la busco en el día, deshago los nudos de un viejo cordel.
Pero hay una extraña y oscura alegría
en ver que la costra descansa en la piel.
Sanar es un arte de guerra en el pecho: querer estar vivo mudando la piel,
mirar el abismo, dejarlo deshecho, y amar el aroma de la flor y la hiel.


















