¿Cómo es que podían haber libros tan grandes y tan aburridos? Quizá era esa la razón por la que odiaba ir a la biblioteca, porque leer no era lo suyo, pero el quedarse ahí, estaba bien, porque nadie lo buscaría en ese sitio, y entonces no tendría que hablar con nadie ni dar explicaciones sobre lo mucho o poco que le importaba que Alecto lo mandara al demonio. Se exaltó un poco al escuchar la voz del chico y apartó la mirada de su libro para observar a quién le hablaba. Se le quedó mirando un tanto extrañado antes de darse cuenta que tenía que contestar.—Eh… creo que no, todo bajo control—Palmeó la portada de libro— Aquí esta todo lo que necesito. —Se sorprendió ante el entusiasmo del chico y soltó una risa irónica— Claaro, el fin del mundo debe estar muy cerca ¿eh?
Le parecía extraño que no le estuviera siendo sarcástico de forma ofensiva, o lo echara hacia otro lugar porque no soportaba su presencia. Albert era muy cambiante y por eso su relación con él era extraña, de todas formas no le desagrada para nada. Es más, le parecía un chico atractivo en todo aspecto, pero jamás sería capaz de pensar en algo más que amigos para ellos, ya había tenido una mala experiencia y la verdad se sentía triste tener el corazón roto no por verdadero amor, sino por un enamoramiento que jamás se dio o daría. — Puedo ayudarte cuando quieras. Y sí, parece ser. Es más, creo que Voldemort está a punto de matarnos a todos, pero está bien, siempre soñé con participar en la gran guerra mágica. No es por sonar morboso, pero tirar un bombarda en la cara de mortífagos me daría más satisfacción que ver a Dumbledore bailando Abba. — Mejor... Dejaré de hablar antes de que me arrojes ese libro pesado. ¿Quieres que me vaya? — Preguntó enarcando una ceja de forma socialmente torpe.












