Las convicciones ya no se piensan: los algoritmos las deciden
De Sartori al TikTok: el salto del Homo videns al Homo algoritmicus
Por allá de 1997, un politólogo italiano de nombre Giovanni Sartori advirtió que la televisión estaba formando un nuevo tipo de ser humano, el Homo videns, que ya no pensaba, sino que solo veía.
¡Treinta años después, su diagnóstico parece casi ingenuo! Recuerdo haber leído este texto en el 2001 y creer que lo que este tipo decía era verdad; lo compartí con amigos y compañeros del bachillerato y pensé: "este hombre es un visionario.." en aquel entonces la era del internet se había popularizado tanto que casi todos los hogares clasemedieros tenían conexión de banda ancha...
Pero en mis escasos 18 años, jamás imaginé que los postulados de Sartori fueran superados a pesar de tener ante mi los inicios de la llamada "super carretera de la información mundial", o sease el internet.
Lo que la televisión hacía de manera masiva, ahora los algoritmos de redes sociales lo hacen de forma personalizada y emocional, porque tal parece que ya no necesitamos encender la tele: el algoritmo vive en el bolsillo y nos observa todo el día.
Algoritmos en tus redes sociales, reels, gustos y hasta en tus plataformas de streaming que amablemente te preguntan: "¿Te gustó está serie?" Para posteriormente atiborrarnos de películas o series del mismo género.
El algoritmo aprende lo que nos emociona, nos frustra o nos da miedo, y nos alimenta con más de lo mismo hasta convencernos de que el mundo se reduce a eso, a nuestros siemples gustos.
El algoritmo como nueva ideología invisible
Antes, las ideologías eran discursos explícitos, composiciones de un conjunto de sesgos, experiencias y herencias culturales que el individuo iba construyendo a lo largo de su vida, era, como decía Alejandro Lener en su canción " A todo pulmón": "Defender mi ideología buena o mala pero mía..."
Hoy, los algoritmos actúan como ideologías sin palabras. No nos dicen qué pensar, pero deciden qué vemos, qué ignoramos y qué creemos que todos piensan. Y lo preocupante es que esa manipulación no se siente como manipulación. Es suave, emocional y bastante envolvente. Por eso hoy es tan común escuchar ideas como:
“Las mujeres independientes asustan a los hombres narcisistas.”
“Si eres un buen hombre, tu pareja se aburrirá de ti.”
"Ahora tomo más agua porque vi el video de los hermanos riñón"
Son frases virales, repetidas millones de veces, que parecen verdades porque las hemos visto cientos de veces en nuestros feeds que hacen que lo que se repite se sienta real, y lo que se siente real se cree verdadero. Lo cual confirma lo que el ministro de publicidad de Hitler, Joseph Goebbels apuntó: "dí una mentira mil veces y será verdad" y esta es la lógica del algoritmo. Una lógica que parece haber sido sacada de las entrañas del partido Nazi.
Las redes sociales no quieren que pensemos, quieren que reaccionemos.
Cada like, cada comentario, cada deslizar rápido es un dato emocional que refuerza el modelo de predicción del algoritmo.
Por eso, hoy vivimos en una especie de economía del impulso:
cuanto más inmediata y emocional sea nuestra respuesta, más rentables somos como usuarios. Así es, somos rentables, las redes sociales en su uso más cotidiano son gratuitas, y si algo es gratis, es porque nosotros somos el producto. Alimentamos a este monstruo algorítmico en cada reacción, que exponencializa a escalas inimaginables.
Quizá pienses que lo que publicas genera pocos likes, o que solo lo ven tus amigos y seguidores, pero lo que es cierto es que es parte de un enladrillado de posteos que definen un tipo de sesgo que hace que las convicciones ya no se construyan con argumentos, sino con emociones reiteradas una tras otra.
El algoritmo tiene una virtud perversa: nos convence de que no estamos solos. Es decir, estamos más solos y más desconectados del mundo real pero si un video tiene millones de reproducciones y miles de comentarios que dicen “exactamente eso me pasó”, el cerebro interpreta que hay consenso, aunque en realidad sea una burbuja artificial muchas veces inflada por bots; bots que te hacen pensar que no estás solo, que tú también piensas de esa forma o que te han pasado cosas similares.
Es como una especie de universo a medida, donde todo parece confirmar lo que "yo pensaba". Una burbuja que crea la noción de que somos parte de una “tribu digital”: comunidades unidas no por ideas sólidas, sino por emociones compartidas.
¿Qué podemos hacer para no pensar como el algoritmo?
Hay cierto grupo de personas que consideran de la forma más legalista posible que es tiempo de abandonar el móvil. Pero la salida no es desconectarse, sino recuperar la conciencia de lo que vemos.
Algunas formas de resistencia cotidiana son:
Romper el algoritmo: buscar contenidos fuera de tu zona de confort digital. Es decir, que en tu barra de búsqueda deliberadamente le pongas lo que tú quieres encontrar, lo que tú quieres ver. Si estás en la red social y no sabes que ver, entonces entra con cautela, la voluntad pasiva es terreno fértil para el algoritmo.
Volver a leer: los textos largos son gimnasia para el pensamiento. Este texto que te escribo es corto, sin embargo, la inmediatez de las redes sociales nos hacen creen que este pequeño escrito ya es "mucho texto".
Conversar sin pantallas: la reflexión necesita silencio y pausa. Antes como ahora, es tiempo de volver a ver rostros reales que no hacen bailes ridículos ni lipsinck, ni personas que todos los días fotografían su comida o presumen su estancia en hoteles de 5 estrellas. Personas reales como nosotros, con problemas reales.
Dudar con método: no creas en todo lo que se viraliza, ni siquiera cuando confirma lo que sientes.
Practicar la disonancia: escuchar a quien piensa distinto no debilita las ideas, las fortalece.
Y para terminar, como dijo Byung-Chul Han en su texto, En el enjambre:
“La hipercomunicación no nos hace más libres, sino más manipulables.”
Sartori decía que la televisión nos alejaba del mundo real. Las redes sociales nos alejan de nuestra propia experiencia.
Vemos historias de amor, de rupturas, de injusticia… pero pocas veces vivimos las nuestras sin necesidad de compartirlas.
Quizá la rebelión más radical contra el algoritmo sea esa:
volver a sentir sin subirlo, volver a pensar sin grabarlo, volver a vivir sin compartirlo.
Después de todo, el algoritmo no piensa, pero sí logra que dejemos de hacerlo.
Nos devuelve una versión de nosotros mismos que reacciona, pero que no reflexiona.
Resistir es volver a elegir —aunque sea un poco— lo que queremos ver, pensar y creer.
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