Ese era su nombre. Y por razones que desconozco estaba en calzoncillos sentado en una banca del parque. La madrugada era agradable, el cielo estaba despejado y se veía la luna brillar en lo alto. Pablo estaba ahí, fumando tranquilo, a su lado un perro hurgaba entre la basura y a lo lejos se escuchaba la sirena de lo que probablemente era una ambulancia. Era muy tarde y a la vez muy temprano y todos dormían. Los hombres soñaban con las mujeres que nunca van a tener y las mujeres soñaban con tener las cosas que tenían las mujeres con las que soñaban los hombres que nunca las van a tener. Los que no soñaban eran los fracasados, los deprimidos, los drogadictos y los suicidas, ellos simplemente esperaban con temor que otra vez saliera el sol y le diera comienzo a un nuevo día.
El ruido de la sirena terminó por extinguirse en la distancia y la lámpara de la calle parpadeaba y la luz amarilla que emitía desaparecía de repente en periodos de dos minutos y veintidós segundos. El perro se había ido y había dejado basura regada por toda la acera, Pablo seguía en el mismo lugar con sus calzoncillos y el cigarrillo por la mitad colgando de sus labios. Nada tenía sentido, Dios está muerto y bajo esas circunstancias el suicidio no parecía mala idea. No era necesario pensar tanto, solo estar tranquilo, escuchar los grillos y fumar. Rebosar los pulmones de nicotina, la cabeza llena de humo, los dedos y los dientes ligeramente manchados, con la mente en blanco y el pasado, ese lapso de tiempo que las personas magnifican, carente de recuerdos.
Pablo estaba en calzoncillos, sus piernas eran grandes y peludas, pelo negro y grueso como el de un oso. En la pierna derecha tenía una cicatriz larga y grotesca. En todo su cuerpo tenía cicatrices, pero esa era la más grande. Parecía que a sus calzoncillos se les estaba dañando el elástico, a parte de que eran de un color amarillo que rememora que alguna vez fueron blancos, pero estaban limpios. Y estaba orgulloso de que estuvieran limpios.
El cigarrillo se terminó, el humo se convirtió en nada, la nada se apoderó de todo y los minutos se fueron alargando, si te concentrabas bien podías alejarse con su oscilante tic-tac, tic-tac... Te volvía loco. Algo pasó volando rápido por encima de su cabeza, tal vez fuera un murciélago o una pesadilla que escapó de alguna habitación. Pablo sintió miedo, se quedó sin cigarrillos, la madrugada terminó y a la mañana no encontró nada para desayunar.
Todavía llevaba sus calzoncillos.