Crónicas de las flores marchitas.
El verano fue el vuelo sin motor de nuestro amor. O, mejor dicho, de mi amor por el; de su amor por mí no sé nada.
Esta fue, desde luego, la razón de que me aceptase; conociendo la pasión insatisfecha, sabiendo que yo tenía un deseo latente de encontrar a alguien que me pudiese tomar de una vez por todas. En el escenario, él era todo lo que podía haber de hermoso, dominante y sensual; mi dios. Si hubiésemos podido estar bailando todos los días y todas las noches, habíamos incendiado el mundo con nuestra doble moral y actos asquerosos de un par de hipocritas que se quieren ir al infierno después de haber conocido el cielo.
Aún siento el eco cuando rompía el silencio que existía entre ambos para decir algo, lo que fuese, para jalar con el filo de sus dientes mi piel extasiada haciéndome suya de mil maneras. Cuando él no era más que él mismo, con su lengua voluble y a menudo obscena. Tratamos de impedirlo, realmente lo hicimos. No sabía qué quería decir asiduamente después de hacer el amor bajo un cielo estrellado pero sin una luna alevosa, pero le producía un cierto alivio, como sucede a veces con las cosas sin sentido.
Cuando lo ví, era tan claro que él era para mi, con sentidos atrofiados. Porque no existían. Ni yo misma lo sabía. Pero viéndonos allí, bajo los relámpagos, los truenos, que resonaban cercanos, y la lluvia, que caía ruidosamente al suroeste de Italia, al vernos allí, pasando frío juntos, calentándonos un poco el uno al otro, tuve la sensación de que cuando sus ásperas manos bajaban mi ropa interior poco a poco me entregaba a él de una manera pulcra y casi perfecta. Una obediencia perfecta.
El tiempo pasó y las cosas se marchitaron como los pétalos de mi ventana, carentes de oxígeno para respirar. El era un esposo a admirar, al cuidar y consolar a su mujer con ceguera temporal con su biblia en mano. No teníamos un mundo común; él se limitaba a concederme en su vida el espacio que le convenía. Y yo tenía que conformarme. Querer más, incluso querer saber de más, constituía una insolencia por mi parte. A veces, cuando nos sentíamos felices juntos, me parecía que todo era posible, que todo estaba permitido, y entonces le preguntaba, y podía ser que el, en vez de rechazar la pregunta, se limitara a esquivarla.
Me encontraba estar desprovista de su oxígeno el cuál me mantenía chispeando, con su cuerpo maduro cubierto en una tela delgada húmeda se le pegaba al cuerpo sudoroso. La simple situación me excitaba. Cuando hacíamos el amor, sentí como si el quisiera arrastrarme a una esfera de sensaciones que iban más allá de todo lo que habíamos experimentado hasta entonces; como si quisiera llevarme hasta el límite de mi capacidad de aguante. El se se entregaba como nunca. Sin reservas; jamás dejó de tener reservas. Pero fue como si quisiera ahogarse conmigo.
¿Se le aceleraba el corazón al verme? Tenía serias dudas.
Cuando el verano terminó yo regrese a mi vida de instituto. Allí donde pasaba las tardes en un rincón apartado, donde nadie me buscase. Mi cuerpo echaba en falta a mi dueño. Pero el sentimiento de culpa era aún peor que el síndrome de abstinencia físico. Pasó un tiempo hasta que mi cuerpo dejó de añorarlo; a veces yo misma me daba cuenta de que mis brazos y mis piernas le buscaban mientras dormía.
Muchas veces me pregunté si esos toquen censurados y mis gemidos callados por unos labios expertos eran de verdad, si en verdad existían. Sin embargo, no encontré respuesta.
¿Es su cuerpo lo que anhelo cuando pienso en caer más que voluntariosa en sus brazos rogando por ser poseída de una buena vez?
Al cabo de medio año mi familia se mudó a otro barrio. No olvidé a el, desde luego, pero en algún momento su recuerdo dejó de acompañarme a todas partes. Quedó atrás, como queda atrás una ciudad cuando el tren sigue su marcha. Está allí, en algún lugar a nuestra espalda, y si hace falta puede uno coger otro tren e ir a asegurarse de que la ciudad todavía sigue allí.
La pregunta era, ¿En verdad el sentía amor?
—Escrito que hice a las 3 de la mañana hace un par de días.













