‘La Grande Bellezza’ se había presentado en Cannes, y estrenado en su país de origen el pasado mes de mayo de 2013, había acumulado infinidad de premios de todo tipo, desde el Globo de oro del Círculo de críticos extranjeros en Los Ángeles, hasta el Félix europeo, o el propio Bafta hoy mismo en Londres a mejor película en lengua no inglesa,… ademas había cosechado estupendas críticas, sobre todo internacionales, y algo mas tibias y confusas en Italia.
Llevaba en cartel en nuestro país mas de dos meses, y sin saber por qué, yo era reticente a ir al cine a verla. Por si todo esto fuera poco, había recibido por parte de varios amigos de lo mas dispar entre sí el consejo ferviente de correr a verla. Yo, no obstante, inconscientemente tenía el prejuicio de pensar que se trataba de una especie de “Mapa de los sonidos de Tokio” pero rodada en Roma, algo ampuloso, meramente estético, experimental y desórganico, y la fui dejando pasar.
Sin embargo, en espera del estreno de “Her” de Spike Jonze y de “Philomena” de Stephen Frears más adelante en marzo, este fin de semana parecía justo el apropiado para ver el único gran film con aroma y peso de Oscar que me faltaba por ir al cine y juzgar por mi mismo.
Con lo que me he encontrado es no solo con una sátira social de lo más certera, sino con un verdadero compendio de la mejor tradición del cine italiano de todos los tiempos…
"La gran belleza" es la resaca de la mañana despues de "La Dolce Vita" de Fellini, rezuma Fellini por sus cuatro costados, pero cuenta además con la frialdad emocional de Michelangelo Antonioni, se viste con el preciosismo visual de Luchino Visconti, se materializa con el virtuosismo en el manejo de la cámara de Giuseppe Tornatore, la cinematografía fotográfica de Vittorio Storaro, y su agudísimo guión se despliega poco a poco a lo largo del metraje con la misma naturalidad pasmosa de Massimo Troisi. Además, su protagonista, Toni Servillo, interpreta el papel con la maestría de Marcello Mastroianni con tal magnitud que podría considerarse su personaje como el alter ego en "La dolce vita"
Ninguno de estos nombres, algunos ya fallecidos, firma un solo rol en esta película pero “La gran belleza” no es que los rinda tributo, o los herede, directamente bebe con orgulloso talento de todos ellos tanto como referentes visuales como de contenido y tratamiento, aunque la verdadera protagonista formal es la ciudad de Roma, y más concretamente no tanto su clase alta, que a la vista del film, sonrojaría seguir llamándola así, sino su bohemia medianamente adinerada.
No es un film universal, sino una selecta y esmerada radiografía de Roma, de la sociedad mundana, banal y vacía que deja tras de sí la era del ex primer ministro Berlusconi, y si bien la universalidad de su mensaje es la deriva de la sociedad contemporánea hacia la práctica totalidad de sus facetas, es justo aquí donde reside el primer gran gol de su director Paolo Sorrentino, quien ya había apuntando dotes críticas de gran analista político en su film anterior "Il Divo" centrado en la figura del ex primer ministro Giulio Andreotti y sus conexiones con la Cosa Nostra, y que resulto premiado con el premio especial del jurado de Cannes en su edición de 2009.
"La grande bellezza" ha estado producida por Medusa Films, una de las ramas de Mediaset, holding cuya propiedad mayoritaria, como es bien sabido, corresponde a Silvio Berlusconi.
Sorrentino ha logrado algo memorable, conseguir para su película la financiación del mismo protagonista central a quien culpabiliza de su propia sátira, seguramente presentándole el proyecto como una película de autor, carne de festivales y galardones por su trabajada estética y a su vez, rentable en taquilla en el largo plazo al aparentar ser una cómica declaración de amor abierta a la ciudad de Roma.
Quizás Berlusconi lo entendiera todo como un producto llamado a reforzar su prestigio como productor cinematográfico, o quizás haya sido en el montaje cuando todo junto ha cobrado la forma que Sorrentino necesitaba expresar, pero el resultado final es todo menos un alegato enamorado de la Roma contemporánea. Si algo ama de Roma “La gran belleza” es justamente su glorioso pasado, pero no su presente.
Sin ánimo de destripar su historia aquí si resulta imprescindible dar unas pinceladas acerca del qué trata verdaderamente la trama de esta película antes de continuar escribiendo mis impresiones sobre ella.
Jeppino Gambarella (Toni Servillo) es un maduro y consagrado periodista de prestigio que pese a haber escrito una única novela de sólida aceptación en su juventud, ha sabido conservar un cierto y progresivo prestigio en los círculos culturales de una ciudad, Roma, que vive hoy por hoy tan inmersa en la belleza de su propio esplendor pasado, que olvida lo decadente de su presente, y lo hace con plenas consciencia y abnegación
Gambarella, se ha dedicado a entrevistar artistas emergentes así como a todo tipo de personajes relevantes de la cultura y sociedad romanas, y no ha vuelto a escribir más novelas porque como él mismo reconoce, le ha podido la pereza.
Acude a todo tipo de fiestas mundanas en áticos de ensueño y en ellas frecuenta cada noche una suerte de amistades estériles, confusos enemigos íntimos, y demás satélites estáticos, sin mas oficio ni beneficio que el puro hedonismo. Gentes bien posicionadas en lo económico pero que se nos presentan como al borde de su propia desesperación, y a quiénes no queda otro remedio que hacerse compañía para no tomarse del todo en serio nada entre ellos, evadiéndose al abrigo de si mismos.
Entre estos amigos figuran por ejemplo Romano (Carlo Verdone) un dramaturgo frustrado y enganchado a una joven que lo usa a su antojo, Viola una burguesa con un hijo esquizofrénico, Stefania, una egocéntrica escritora enredada en su propia demagogia (contra quien va dirigido un mordaz monólogo de Gambarella que de tan brillante uno como espectador no quisiera que acabara nunca pese a durar cerca de 3 minutos del tirón) Dadina, la directora del periódico para el cual Gambarella trabaja y que pese a tener el handicap físico de ser enana, la estatura de su cordura parece superar con creces la de todos juntos, Ramona, la hija del manager de un club de alterne que pese a rondar los 40 años continua desnudándose en el bar como stripper, pero que en su vida esconde celosamente para sí misma su propio y doloroso secreto,… Y otros personajes de diversa índole con los que su historia va saliendo a su encuentro, como monseñor Bellucci, un cardenal vaticano que aparenta saber más - y disfrutar también más - acerca de la gastronomía que de la propia fé que se le presupone a su cargo.
Sobre la historia de todos estos personajes hilvanados por la figura constante de su protagonista, el director añade uno más, silente pero tremendamente elocuente: la ciudad de Roma. Presentada como el escenario onírico de múltiples viñetas en las que no falta una jirafa campando por las termas de Caracalla o una manada de ocas posándose en la varanda del ático del protagonista con vistas al Coliseo
A medida que suceden una serie de acontecimientos dramáticos, el grupo de amigos se va deshaciendo lenta y progresivamente, y si bien algunos de ellos continúan anclados confortablemente en el vértigo de la futilidad de las noches sin fin ni significado, Gambarella comienza a iniciar un proceso de introspección que le lleva a replantearse su vida.
La irrupción inesperada de la que fuera posiblemente su único amor verdadero, Elisa, alguien con quien tuvo una relación adolescente, obliga al protagonista a confrontar sus anhelos de juventud con su realidad aberrante y miserable actual cuando ya se encuentra al borde de enfilar los 60 años, y todo esto le lleva a tomar conciencia de la sensación de inutilidad de propia vida, lo que le hace desempolvar un pensamiento que llevaba tiempo latente en su interior, pero que no había concretado desde su primera novela muchos años atrás : volver a escribir.
De entre la pobreza estéril de su estilo de vida, armado de una capacidad atroz de auto critica, de una honestidad insultantemente madura, y también de una buena borrachera, Gambarella confiesa con amargura que el auténtico motivo por el cual no había vuelto a escribir en todo ese tiempo no era otro que la pereza y el desinterés por narrar algo a alguien interesado en su vida siendo él mismo el primer desinteresado en ella al considerarla una nada abismal desde hace varios años.
Entregado a ese sinsentido vital y rodeado de esa gente tanto o más vacía que él, afirma que si Gustave Flaubert soñaba con escribir una novela sobre la nada sin haberlo conseguido, como demonios iba nadie a esperar que lo lograra él.
Sin embargo cuando parece abandonar la idea de volver a escribir una novela, recibe un encargo de su periódico para entrevistar a una misionera católica a la que se atribuyen poderes milagrosos y al realizar esa crónica y entrar en contacto con el universo surrealista que rodea a esa santa, se apercibe de que la decadencia no solo afecta a su círculo de aventuras nocturnas, sino a la sociedad entera a la que pertenece, sus instituciones y la idolatría que entregan entusiasmadas a un mensaje que ni tan siquiera ese mismo ‘mensajero’ está ni dispuesto ni resuelto a transmitir.
Al trasladarse entre medias a la Isola del Giglio, donde naufragó el buque Costa Concordia, para realizar un reportaje sobre el aniversario del siniestro, Gambarella recuerda su amor de juventud con Elisa, y allí mismo, a través de un flash-back, recibe de pronto toda la luz que necesitaba para iluminar su futuro, y proyecta decidirse a escribir finalmente esa novela inconstantemente perseguida y nunca escrita.
Un ultimo plano con Roma al alba, y un Gambarella abrazando la ciudad con la plácida serenidad de todo su ser, cierra la película. "La grande bellezza" no es amable con lo que narra, con ella Sorrentino actúa como un taxidermista aséptico que caricaturiza a sus presas muertas ya en vida, pero su mayor logro es hacerlas llegar con una cercanía que, pese a su frialdad y distancia formales, hace que al espectador le resulte imposible no identificarse en ellas. Ante un tratamiento semejante, la catarsis ya está garantizada, y el mensaje de la película viene a ser este : "redimamos al menos al individuo, la sociedad entera no dispone de un mismo nivel de sensibilidad ni tampoco se someterá fácilmente a aceptar introspección alguna si este proceso no le aporta placer por efímero que este resulte, por lo que démosla por imposible, salvemos al individuo porque resultará imposible lograr su redención como masa social colectiva"
Walter Vetroni, quien fuera alcalde de izquierdas de Roma en la pasada década y hoy retirado de la política tras perder la batalla electoral al Senado contra Berlusconi en 2009, ha definido “La grande bellezza” como un ´'ejercicio emotivo insólito', 'un verdadero homenaje a la capital italiana', sin embargo, en mi opinión, la visión de Sorrentino pasa precisamente por rendir tributo a lo que fue Roma, como cabeza visible, como capital administrativa y politica de una Italia, que hoy solo exporta pasta y moda e, insisto, al menos para mi, al director parece no poder resultarle más nauseabunda la Roma actual, una ciudad que atesora una enjundia endogámica y una moralidad extinta y maldita.
Hay evidentemente mucho de “La dolce Vita” de Fellini, (aunque conceptualmente se acerca más aún a "E la nave va" (1983), esa sátira suya en la que a través de los personajes del mundo de la ópera reunidos en un barco para arrojar las cenizas de Maria Callas al Mar Egeo, naufragan como naufraga la sociedad). De hecho Jeppino Gambarella bien podría ser una revisitación del personaje de Marcello Mastronianni en ella, también periodista . A parte de por la famosa secuencia del baño de Anita Ekberg en la Fontana di Trevi “La dolce vita” de Fellini ha quedado grabada en los anales del cine por su revulsiva habilidad para mostrar una Roma verdadera, tan viva como exagerada, pero verdadera… los paparazzi existían de verdad, las divas de Hollywood se paseaban por Via Veneto, y los escritores retratados en ella tenían aquel talento único e inclusive muchos de ellos, en efecto, trabajan habitualmente en la industria del cine,… eran los años 60, el tiempo de los estudios de Cinecittá, las grandes producciones de Hollywood que se rodaban allí con estrellas internacionales.
La Roma de esta ‘grande belleza’ es también análisis exhaustivo de un cierto segmento bien amplio de la sociedad romana actual, sin embargo, así como el espectador evoca a Fellini constantemente al verla, su genio mantenía una piedad profunda hacia sus personajes y era justo esa compasión la que permitía al espectador de hoy y de entonces, asirse a una proyección emotiva del conjunto. Sorrentino en cambio, ha optado aquí por interponer una distancia helada con respecto a sus personajes, prácticamente los muestra disecados, retratados y revestidos con absoluta y consciente frialdad. Y para ello se refuerza ademas de una dirección de fotografía excepcional, gélida a conciencia, como el tungsteno, y en la que la única calidez proviene de elementos artificiales pero nunca humanos, como ese sempiterno neón de Martini que parece vislumbrarse desde todas las partes de la ciudad, o la secuencia del palacio de los príncipes que atesora centenares de obras de arte de la antigüedad. Únicamente su protagonista comienza a vestir colores cada vez más cálidos a raíz del proceso evolutivo que atraviesa su conciencia a lo largo del metraje. La idea de que lo antiguo o lo viejo siempre es mejor, no solo se articula a través de esta idea, sino que incluso también se verbaliza en más de una ocasión por boca de sus propios personajes.
Sin embargo, sin que las reminiscencias al maestro de Rimini constituyan en sí mismas ningún defecto, Fellini solo hay uno, y el mérito de la película de Sorrentino no está en refrescarlo o en homenajerlo desde una perspectiva actual, sino en construir con valentía una inolvidable obra maestra contempóranea y emotiva desde la frialdad que emerge de un sabio análisis de la decandencia de una sociedad que, con mayor o menor consciencia de ello, se abandona al nihilismo de su propia existencia, y se arropa a si misma indefensa e intrascendente.
La película encierra para mi la única dificultad de no poder ser recomendada a todos los públicos puesto que su magnitud formal y contextual es tan excesivamente aguda que es probable que resulte difícilmente digerible para el común las audiencias. Desde luego no llega a resultar la película experimental y ‘rara’ que uno tenía el prejuicio de que iba a ser, si bien hay un tratamiento onírico que en ocasiones descoloca, mantiene la progresión narrativa clásica y su guión concentra una cantidad de frases memorables tal que dan ganas de hacerse con una copia del mismo para releerlas constantemente.
El montaje cumple su función de engranar todo el metraje y queda a la altura de la calidad del guión, dándole aun más personalidad diferencial al conjunto del filme en base a una planificación de las secuencias con muchísimos planos cortos para mostrar el vértigo existencial de las fiestas nocturnas combinada con otros más largos y preciosistas de aquellas escenas en las Gambarella se torna más introspectivo.
La interpretación de Toni Servillo merece la mayor ovación de todo el equipo actoral; protagonista en cada secuencia, su trabajo es soberbio, y consigue no solo que empatices con la figura de un perdedor omnisciente cómo él, sino que va más allá y logra que el espectador seducido por esa clarividencia social inabarcable suya, acabe admirando ese personaje.
“La grande bellezza” mezcla lirismo, existencialismo y humor con innegable talento, y desde la profundidad de una óptica absolutamente inusual en el cine contemporáneo, retrata con la mayor frialdad formal las emociones mas vitalmente intensas.
Para el recuerdo quedan muchas secuencias poderosísimas, diálogos francamente audaces y escenas de auténtico humor, pero de entre ellas, por quedarme con una solo, me guardo la de la princesa de Reggio Colonna arruinada visitando a hurtadillas el museo que conserva el patrimonio artístico familiar para escuchar una vez más, a través de la audioguía para turistas, la historia del esplendor ya perdido de su linaje contemplando llorosa la cuna en que nació.
Es una película que solo una cinematografía como la europea, y más concretamente la italiana, podía realizar, pero también un film de autor certeramente analítico y metódicamente descriptivo, al que todas las cinematografías mundiales deberían aspirar a producir a fin de dejar a generaciones venideras constancia documental de nuestro tiempo y de la deriva a la que está asistiendo gran parte de nuestra sociedad durante los años posteriores a la primera gran crisis del siglo XXI.
Nominada al Oscar a mejor película en lengua no inglesa, en apenas dos domingos se conocerá si con ella, Italia, el país que más estatuillas acumula en esta categoría a lo largo de la historia, y para el que Roberto Begnini lo obtuvo por última vez en 1998 con "La vita e bella" añade también este galardón a sus estanterías. Relegada a la categoría de mejor documental "The Art of Killing" por su carácter documental, y a priori la que hubiera resultado su mayor contrincante, la carrera a los Oscars parece allanada, ni la belga, ni la danesa, ni la camboyana, parecen poder dar la sorpresa, y desde luego la Academia ya se ha excedido bastante nominando a una película palestina "Omar" entre las cinco, ya que premiarla sería reconocer la autoridad palestina como estado por parte de una industria como la cinematográfica en la que el lobby judío hollywoodiense tiene tanto peso.
Dos meses después de su estreno, una sala de los Multicines Balmes llena a rebosar, y de nuevo el mismo consejo de siempre : debe ser vista en su versión original. El protagonista habla rapidísimo con un fortísimo acento dialectal, muy similar a cómo lo hacía Massimo Troisi, y aunque hablo italiano en muchas ocasiones tuve que recurrir a leer los subtítulos, sin embargo tanto su voz como su interpretación resultan tan ricas en matices que dudo que hayan sido traducidos con igual intensidad durante el doblaje al castellano.
En definitiva, toda una magistral lección de cine como arte desde los puntos de vista visual, narrativo y sociológico. Y uno de los personajes protagonistas masculinos mas empáticos y fracasadamente queribles, mejor escritos e interpretados del cine de esta década.