El tibio tacto de dactilares sobre su hombro envía un ligero cosquilleo a su espina dorsal, electricidad que regresa la sangre a un frágil cuerpo que parece haber estado adormecido hasta ese momento. Sus párpados caen, rendidos, exhaustos, vencidos por el peso de la culpa y las horas de sueño que ha perdido durante el último mes, y, por un momento, se permite a sí misma disfrutar de la sensación. Busca confort en el ínfimo gesto porque su alma abatida es lo que anhela: consuelo, sanación para esas heridas que no consigue mitigar con nada. Porque no existe cura alguna para el pesar que atormenta sus adentros, para el miedo que con afilados colmillos se aferra a sus entrañas ; miedo que solamente ahí, en soledad, con la Luna y la dueña de aquellas manos salvadoras que le sostienen como únicos testigos, acepta sin oposición. Su corazón está tan agotado de luchar, de pretender, de hacer el intento de aferrarse a su armadura, que decide entonces sucumbir. Porque, pese a tomar la apariencia inquebrantable de una guerrera, continúa siendo una simple mortal más. Un pequeño humano, carne y huesos, polvo que polvo está destinado a ser. Y en polvo se convierten sus recovecos cuando aquellas palabras se deslizan de entre los labios ajenos, dulces sonetos cuya sinceridad consigue conmocionarla, porque por primera vez no es ella quien ofrece soporte, no es ella quien tiene que mostrarse firme mientras el peso del mundo cae sobre sus hombros. Se le brinda la oportunidad de sucumbir ante el cansancio, ante el miedo y la desolación de saber que la vida que conocía se le ha ido de las manos y no puede hacer nada para recuperarla. Su mirada busca la contraria y, cuando se encuentra con el rostro de la europea, puede sentir cómo una fina capa salina se acumula en sus párpados, haciéndole perder la nitidez de lo que observa ; un rostro que destella pureza, inmaculado, ajeno al horror que ella esconde entre sus costillas. Quiere decirle, confesar sus pecados y buscar la manera de redimirse, mas las palabras se atoran en su garganta junto al nudo que pronto le aprieta las cuerdas vocales. Está quebrándose, y el impulso siente de lanzarse a los brazos de su interlocutora. Quiere pedirle que la abrace, que la sostenga antes de que se convierta en trizas, pero no se atreve. ❛ Quédate aquí, conmigo. ❜ Quédate, ayúdame. Ahuyenta a los demonios que asechan mi alma, que buscan acabar conmigo”. Un trémulo murmullo que en un hilo de voz es emitido, mientras su diestra busca la mano ajena. ❛ Por favor. Sólo— sólo un rato. No quiero estar sola ahora mismo. ❜
Belleza angelical, la creación del mismo Dios. Dicen que diseñó a los mortales a su semejanza, y que los ángeles solamente tienen algunas cualidades del salvador. Los más devotos creen que él nunca se equivoca, y que cada una de las personas es creada para cumplir con un propósito en específico. Pero, ¿por qué buscan consuelo en una deidad?, ¿son incapaces de creer en ellos mismos? Se aleja del tópico principal, es un mar de pensamientos que permiten que la fémina se pierda en un océano con un sinfín de ideas; remembranzas que buscan unirse, o ser pescadas para que les preste la atención que tanto les ha negado. Pierde por un momento los pies de la realidad, flota en una nube de ingenuidad, en un mundo alejado que no se encuentra en sincronía con los finales felices. Son pequeñas partículas en un vasto universo; seres que pueden competir con las estrellas, pero sin incapaces de alcanzar el brillo que tanto las caracteriza. Presumen de ser ‘casi perfectos’, pero cuando les piden señalar sus defectos, todos agachan la mirada y se hacen amigos del suelo. Pero el que se encuentre libre de pecado que aviente la primera piedra, ¿esas no fueron acaso las palabras del creador?, ¿no queda ninguna alma bondadosa en la tierra? El cuerpo de un inocente es la prueba viviente que ni siquiera en un lugar creado para alimentar a los jóvenes mentes de conocimiento se encuentran a salvo. ¿Ahí se ve reflejada la humanidad?, ¿es tan sencillo sucumbir al pecado? Haciendo a un lado la pasión, el deseo, o cualquier otro pecado que caiga en lo carnal, los seres humanos demuestran que no son muy diferentes a los entes de antaño; hombres que convivían con cavernícolas, criaturas a las que les faltaban demasiados años para evolucionar. Las escrituras dicen que dos mujeres no pueden estar juntas, pero los tiempos cambian, y el corazón se va amoldando a las necesidades básicas, y sí, el cariño puede considerarse una de ellas. Por mucho tiempo estuvo buscando la perfección, convirtiéndose en un cliché andante, una persona que carecía de personalidad alguna. Pero con el paso del tiempo se fue adaptando, moldeando su personalidad para que las personas la encontraran atractiva, una sustancia que hasta podía llegar a ser aditiva. Una llamada de auxilio, una fémina le demuestra que la necesita, que a pesar de disfrutar de la soledad desea compartir un momento a solas con la de hebras oscuras. Acerca su cuerpo al de ella, danzan una melodía que es casi imposible de escuchar, pero sus latidos se unen al mismo ritmo que anteriormente las juntó. “Me quedaré el tiempo que sea necesario….” Vocablos suaves, entonación que demuestra la humanidad de una persona que ha jurado en un sinfín de veces que carece de sentimientos; dulce timbre que emplea al momento de charlar con su interlocutora, el arpa de David armoniza el momento. “Los demonios no lograrán adueñarse de ti, eres más fuerte que todo esto, Letha.” Cercanía, la fragancia de la contraria inunda sus fosas nasales, hipnotiza a la europea, la lleva a un trance del que difícilmente va a salir. “¿Por qué estar sólo un rato?, el tiempo es relativo, y no necesitas pedirme que pase la noche contigo dos veces.” Los labios femeninos rozan los pétalos ajenos, en un beso que buscaba ser el consuelo de la contraria, una tierna acción que le demuestra que ella siempre va a estar ahí, sin importar el tiempo, el lugar o la hora; su alma se encuentra ligada a la ajena, y por más de que trata de huir de la verdad, sabe que necesita apaciguar esa llama que comienza a quemar todo en su interior. “Para ayudarte necesito entenderte, y quiero que sepas que cuando estés lista para hablar, yo siempre estaré dispuesta a escuchar.” El aliento ruso choca con el ajeno, ya no es dueña de sus acciones, y eso lo sabe, pero le resta importancia a lo que puede ocasionarle problemas; disfruta el momento, mientras se deleita con el fruto prohibido frente a ella.