Hubo un tiempo en que mi vida no tenía sentido. Recuerdo que a los 12 años comencé a cuestionarlo todo: las guerras, las incoherencias de la gente. Pensaba que debía volver el diluvio.
Mi mamá es una persona que tomó decisiones que, a esa edad, yo no lograba comprender. Desde los 6 años no viví con ella y sentía que no me cuidaba como necesitaba. Con el tiempo la entendí mucho más. Siempre ha sido una mujer que buscó el amor de su madre. Mi abuela murió cuando ella era apenas una niña. Mi mamá era la consentida, los ojos de mi abuelo y de mis tías.
Cuando mi abuela murió de cáncer, mi mamá Arge se convirtió en una roca sólida. Es una mujer admirable. Se hizo cargo de todos y les dio cuanto pudo. Sin embargo, mi mamá vivía en medio de su propio dolor. Aun así, aunque tomó malas decisiones en su vida, no es una mala madre. Con mis hermanos se esforzó muchísimo.
No voy a negar que me dio amor. Ella es muy cariñosa y consentidora, pero la presencia también es importante en la vida de un niño.
Mi héroe siempre fue mi papi Juan. Lo amo un millón. Tal vez por eso nunca he buscado desesperadamente un hombre. Nunca me faltó una figura paterna. Mi crianza estuvo llena del amor de mami Arge y papi Juan. No me faltó nada. Fui muy afortunada.
Quizás lo que me faltó fue el amor constante de mi mamá. También me dolía que me exigiera demasiado. Si me daba algo, me lo recordaba. Muchas veces descargaba sobre mí sus preocupaciones y eso me colapsó.
A los 12 años yo ya pensaba en qué iba a estudiar, cómo iba a ganar dinero para ayudarla. Mientras otros niños vivían su infancia, yo cargaba preocupaciones que no me correspondían.
Mi vida tenía dos lados. Uno era tranquilo, amoroso y lleno de paz. Nunca me negaron nada, mi colegio fue excelente y tuve una muy buena crianza. Por eso siempre estaré agradecida.
El otro lado era el caos de mi madre.
En lugar de ver el mundo para mí, lo veía pensando en cómo solucionar aquello que la hacía sufrir. Todo me parecía demasiado complicado y comencé a hacerme daño. Dejé de comer y me cortaba las muñecas. Eran heridas profundas. La verdad, no sé por qué sigo viva.
El suicidio se convirtió en mi salida. Había llegado a esa conclusión. Me sentía una carga.
Con el tiempo me quedé sin sentir. Entonces llegaron los señalamientos: "Tú no tienes sentimientos", "¿Por qué eres así?", "No te importa nada ni nadie". Las personas comenzaron a sufrir por mi causa, y mi mente repetía una sola cosa: "Debes morir".
Todos estaban preocupados.
Pero un día, sin esperarlo, una mujer llegó diciendo que Dios la había enviado a ese barrio. Estaba en la casa de una tía y ella le pidió que orara por la familia. Yo estaba viendo una película con mi prima.
Yo era sarcástica. Ese día me dijo cosas que no tenía forma de saber. No sé exactamente qué hizo; es evidente que ella solo fue una herramienta de Dios.
En un sueño vi unos pies hermosos.
No fue un cambio de la noche a la mañana, pero Dios sembró una semilla en mí y el Espíritu Santo comenzó a pelear por mi vida.
Pasaron siete años en los que mi semblante cambió, mi manera de ver la vida cambió y comencé a encontrar sentido en todo. Empecé a amar la naturaleza. Mi materia favorita era biología. Quería estudiar veterinaria, ser bióloga marina, trabajar en la NASA.
Comprendí que muchas de las cosas que vivía mi mamá eran consecuencias de sus decisiones. Aun así, la amo con todas sus heridas y deseo ayudarla, aunque eso haga más lentos mis propios proyectos.
Después de esos siete años comencé a leer la Biblia y a orar todos los días. Fue el Espíritu Santo quien me llevó a inclinar mis rodillas ante Dios.
Han pasado siete años desde entonces, y mis rodillas no han dejado de adorar a sus pies.
Yo no puedo darte ese encuentro. No puedo entregarte la experiencia que yo viví. Pero sí puedo decirte que la felicidad es mucho más sencilla de lo que muchos la pintan.
Debes alimentar tu alma escuchando al Espíritu Santo y no a los susurros de la oscuridad.