No eres la protagonista de mis escritos.
Tardé mucho en entenderlo.
Durante meses creí que cada palabra que escribía era para ti, que cada madrugada frente a una taza de café y un cigarro encendido tenía el único propósito de encontrarte entre los renglones.
Pero estaba equivocado. Tú nunca fuiste la historia.
Antes de ti solo sabía juntar palabras.
Después de ti aprendí que los silencios también podían escribirse.
Aprendí que una taza de café podía saber a nostalgia.
Que las madrugadas podían hacerse eternas.
Y que unos ojos podían quedarse viviendo en la memoria mucho después de haber dejado de mirarme.
Desde entonces todo me habla de ti.
Una calle cualquiera. El humo que desaparece en el aire. El asiento vacío frente a mí.
Hasta el café parece enfriarse más rápido cuando te recuerdo.
Hay personas que llegan para quedarse. Y otras que llegan únicamente para enseñarte una versión de ti que desconocías.
Porque aunque ya no estés, sigues viviendo en la forma en la que escribo.
Quizá algún día deje de pronunciar tu nombre.
Quizá un día pueda pasar frente a los lugares donde fuimos felices sin sentir que una parte de mí se quedó esperando.
Pero incluso entonces... Seguirás aquí.
No en mis recuerdos. Sino en cada palabra que escriba.
Porque hay idiomas que, una vez aprendidos, jamás se olvidan.
tú fuiste el idioma en el que aprendí a escribir mi tristeza, mi esperanza, mis noches y hasta los silencios que nunca me atreví a decir en voz alta.
Si algún día alguien me pregunta quién me enseñó a escribir, no responderé que fue Benedetti, ni Dostoyevski.
Responderé que fue una mujer que jamás imaginó que, mientras me rompía el corazón, también me estaba enseñando a convertir los pedazos en palabras. Y quizá esa sea la contradicción más hermosa.
Tú llegaste para quedarte en cada página que escriba.