Un día te das cuenta de que no has lavado tu cabello en más de una semana, y está tan grasoso que deja manchas en las fundas de tus almohadas.
Te das cuenta que has utilizado la misma pijama de dibujos animados más de tres días seguidos sin cambiarte de ropa, y que no recuerdas cuándo fue la última vez que te rasuraste.
Al otro día, la depresión se calma, y te tardas una hora y media en la ducha lavándote el cabello, desenredándolo dolorosamente con un peine y viendo como mechones, y mechones de cabello se juntan en las palmas de tus arrugadas manos por el agua, haciéndote preguntar cómo es posible que aún tengas cabello, para después, aplicarte esa costosa mascarilla capilar de vainilla de no sé donde.
Porque, no sabes cuándo será la próxima vez que la depresión te permita volver a lavarte el cabello, darte una buena ducha, y no una de esas duchas rápidas que te das a diario, tan sólo para no sentirte tan mugrienta y asquerosa.
A veces, la depresión se calma tanto, que te da pauta para rasurarte las piernas y las axilas para después exfoliar todo tu cuerpo con aquel exfoliante de chocolate que compraste en aquella tienda de artículos de belleza asiáticos.
Porque, no sabes cuándo será la próxima vez que tengas la energía suficiente para realizar ese ritual de belleza, que, en los días buenos, tanto disfrutas.
¡Y ni hablar de cuándo será la próxima vez que te rasures las piernas y axilas para sentirlas suaves!
A veces, la depresión te da un día para que puedas consentirte, y aplicarte esa crema de cacao que tanto te gusta en la piel y darte un buen masaje en las piernas y en los brazos.
Porque, quién sabe cuánto tiempo pasará antes de que dejes de cuidar tu piel, y ésta vuelva a cuartearse, y a tener un aspecto cenizo y poco sano.
A veces, la depresión te deja peinarte y utilizar todos esos productos capilares que tanto te encantan para que tu cabello quede suave, reluciente y que se vea fantástico, porque, no sabes cuándo será la próxima vez que te peines y arregles el cabello.
A veces, la depresión te deja salir a hacer las compras y disfrutar de esa pequeña y nada interesante salida, porque, quién sabe cuándo te atreverás a volver a salir de la cama.
A veces, la depresión te da un día, en el cuál, te sientes lo suficientemente bonita como para maquillarte un poco y tomarte algunas fotos para subirlas a redes sociales.
Porque, quién sabe cuándo será la próxima vez que abras la bolsa de maquillaje, o te mantengas activa en tus redes sociales, pretendiendo que "todo está bien", que eres "feliz" y te sientes "bien en tu propia piel".
A veces, la depresión te da un día, o tal vez dos, en los que no tengas que comer un poco de ese helado de menta con chocolate o un trozo de chocolate con almendras sin sentirte una ballena gorda y asquerosa, no importa qué tan sano tu peso parezca ser ante la báscula.
A veces, la depresión te regala un par de días para sentirte bien contigo misma, simplemente, para que, de un momento a otro, te dé un gancho derecho y así noquearte, para volverte a tirar al piso y recordarte a dónde perteneces.
La depresión te ataca de manera inesperada, inoportuna e inmediata.
Un día estás disfrutando de un pedazo de chocolate, y al otro, fumando hasta seis cigarros al día y bebiendo agua por montones para tratar de perder de la manera más rápida posible, esos kilos de más que sientes que se acumularon cuando decidiste comer toda esa chatarra sin culpa.
La depresión es un monstruo.
Y ese monstruo vive dentro de ti, y no tiene fecha de partida.