El concepto de biblioteca personal que me salvó del apocalipsis.
Entrada de diario, dÃa número 362. Casi un año.
Casi un año desde que el apocalipsis empezó, al principio habÃa los conspiranoicos, los negacionistas, los que daban por sobrado de que eso no llegarÃa a sus tierras. Pero llegó, dio la vuelta al planeta entero, cientos de sitios sin luz, sin agua. Sin nada... Paneles solares sin funcionamiento, bombas de agua paradas, nada cerca.
Miro tranquilamente el mapa. Era lo más lejos que habÃa salido de la base en toda mi vida.
El concepto de biblioteca personal era raro cuando aún habÃa luz. Era... En casa era común. Mi familia, mis tÃos, mis hermanos, mis primos, mis abuelos, todos tenÃan su espacio, sus bibliotecas, pequeñas o grandes, llenas de libros de estudio o de libros de colorear... Las bibliotecas personales maduraban con uno, los gustos antiguos se mezclaban con los nuevos, podÃas saber que le habÃa gustado a alguien y que le gustaba por donde colocaba los libros que estaba leyendo y los libros antiguos.
SabÃas si era organizado, porque ibas a encontrar todos los libros acomodados, tal vez alfabéticamente por nombre del autor o por tÃtulo, por género, o por otros cien tipos de órdenes, Santiago, mi primo mayor los ordenaba por tamaño. PodÃas saber si eran habladores, o no se quedaban quietas sus ideas, si abrÃas uno de sus libros y estaban todos escritos los márgenes, conversando con el texto o con el autor. PodÃas saber si eran limpios, porque jamás ibas a hallar una gota de polvo en sus libros, o un poco más relajados, si habÃa algo de polvo.
PodrÃas adivinar hace cuánto que no leÃan, por las arañas en los textos, o las páginas pegadas, o si leÃan mucho y a menudo, por los tomos de los libros aún brillantes colocados en las estanterÃas. Era una tradición, una cosa de la familia, madurábamos los textos, los releeÃamos. Cada quien tenÃa sus intereses, claro está, mi abuela, obsesionada con la educación y todas sus aristas tenÃa libros antiquÃsimos y modernos sobre educar y ser educado. Sobre ciencias de la educación.., sobre epistemologÃa de la educación, sobre filosofÃa educativa, sobre sociologÃa educativa...
Mi tÃa, obsesionada con la mente, tenÃa libros antiguos sobre teorÃas de la mente y modernos sobre psiquiatrÃa y psicologÃa... Neurociencia, psicologÃa desde Freaud hasta el psicólogo más moderno, desde los constructos constructos antiguos de las psiquiatrÃas con sus terapias de electricidad y lobotomÃas, hasta las más modernas.Â
Yo... Bueno, yo tenÃa una mezcla extraña de obsesiones, para cuando estalló la falta de luz no habÃa madurado mi obsesión principal, por lo que tenÃa de todo, libros de esoterismo, manuscritos de filosofÃa, libros sobre la reconstrucción de la sociedad...
TenÃa sobre tarot, sobre plantas medicinales, sobre la fauna y flora autóctona de mi paÃs, sobre... Sobre buceo, sobre corte y confección. Sobre matemáticas, aunque las odiaba. FÃsica, aunque no la entendÃa, quÃmica orgánica, aunque no entendÃa de dónde sacarÃa esos compuestos. TenÃa sobre ética, sobre medicina, sobre cocina, yoga, zoologÃa, micologÃa, mitologÃa, arreglos de bicicletas, tenÃa de todo, una especie de escupitajo de información que no entendÃa, entendÃa a medias o me habÃa obsesionado de forma pasajera, como mi familia en ese momento bromeaba y los llamaba: caprichos pasajeros e intereses incompletos.Â
Las obsesiones pasajeras me hicieron algo que los humanos comunes se olvidaron que eran, en una frase... Maestros de nada, aprendices de todo...
PodÃa cazar, poner trampas. Arreglar goteras y crear filtros de agua, todo en un mismo dÃa... PodÃas caminar kilómetros y entenderme con un mapa, una brújula y algunas cosas más, podÃa ver si llegaba una tormenta o tendrÃa semanas de sequÃa.Â
Mi abuela murió en los primeros dÃas del apagón mundial, su condición médica no le dio mucho tiempo más. El resto de mi familia se dispersó por los campos, y ciudades, nadie entendÃa no sabÃan mucho qué podÃan hacer.
Yo me fui, conseguà una casa abandonada, los dueños, magnates ricos habÃan decidido irse con lo poco que queda de gasolina hacia una ciudad más grande, más recursos yo supongo. Me quedé en su casa, allà tenÃa habitaciones llenas de libros que leÃa mientras habÃa luz afuera. El gas y el resto de servicios también colapsaron cuando faltó la luz. Por lo que buscar agua, comida y libros era básicamente lo que hacÃa todos los dÃas.Â
La casa, si bien era grande, estaba desprovista de todo, esa era la razón por la que habÃa caminado tan lejos el dÃa de hoy internándome en el bosque nativo. Cruzando un rÃo para llegar a una antigua granja.
Camino buscando unas bayas frescas junto a una valla que en un momento fue blanca. Estaban de temporada... Asà que con delicadeza tomo unas cuantas y las meto en un contenedor que yo misma hice, lo coloco sobre mi hombro y me giro, volviendo a casa en silencio.Â
Miro a mi alrededor mi costumbre de seguir mis propios pasos siempre. Miro el suelo embarrado, noto un segundo par de pisadas, más grandes una bota ruda, tal vez algo militar o de motorista... En silencio escucho el bosque a mi alrededor... Un sonido de ramas rompiéndose se escucha a mi izquierda levanto la vista ya tomando el palo que tengo conmigo.
Una figura se acerca, grande, muy grande, musculosa y un poco salvaje. — Acércate más y te dejo mÃnimo una contusión cerebral...—
Digo con falsa rudeza, por dentro temblaba de miedo, mi garganta raspando, ya que era la primera vez que hablaba en mucho tiempo.
—Tranquila... Yo... No quiero hacerte daño, te vi eligiendo esas bayas... Como sabes que son comestibles?—
Dice el hombre levantando las manos.
—Mi esposa... Ella y yo estamos constantemente discutiendo sobre si es bueno que las coma... Está embarazada y tiene antojo siempre que pasamos por ahÃ...—
Explica con rapidez. Por mi parte entrecierro los ojos, no me iba a dejar engañar por alguien aparentemente pacÃfico.
—Son moras silvestres, las que están aún verdes no son ricas, las rojas están muy ácidas y las moradas o negras son dulces...— Explico lentamente. El hombre parece mirarme con sorpresa, le lanzo el manual de flora comestible que tenÃa en mi bolsillo hacia él.
— AhÃ, mira... Página 58.— Digo viendo cómo lentamente lo levanta. Abriendo el libro y buscando la página. Luego de observar durante un minuto me mira en silencio.
—Tal vez... ¿Lo podemos intercambiar? Tengo algunos duraznos enlatados...— Dice con algo parecido a la esperanza, niego con la cabeza.
—Tengo varios más... Quédate con ese...—Digo seriamente. Él parece sorprendido y agradecido a partes iguales, los brazos de me están cansando de tenerlos alzados con el palo por lo que lo bajo, pero aún no lo suelto.
Lo miro en silencio un rato más... Él leyendo el manual y yo parada esperando... Hasta que hablo. —Tu esposa... ¿Cómo se llama? Cuántos meses tiene?—
Digo rompiendo el silencio y el hombre levanta la cabeza.
—Estamos en el último trimestre, he estado leyendo todo lo que encuentro sobre embarazo, pero las bibliotecas cercanas están extrañamente vacÃas todas... Ella es Alma— Comenta en silencio. Antes de mirarme con seriedad. —¿Sabes si hay algún lugar donde aún haya agua limpia? Necesitaremos si vamos a tener un parto en casa...—Dice en silencio.Â
Yo lo miro seriamente, tratando de discernir, si confiar en ellos o no. —Traela... No estamos tan lejos de mi base, tal vez un dÃa caminando, y tengo algunos filtros de agua competentes...—
Digo finalmente. Si él habla en serio, traerá a su esposa, si él está tendiendo una trama lo sabré por las excusas que pondrá....
El me mira asintiendo antes de salir corriendo, parpadeo sorprendida, ya que no me dijo nada al respecto. Espero un poco y me siento cómodamente en el suelo bajo un árbol, abro la pequeña canasta y empiezo a comer las moras.
Cerca de una hora después escucho pasos a lo lejos, acercándose lentamente, pesados, sin ninguna clase de sigilo, subo como precaución rápidamente a una rama alta del árbol sobre el que estaba recostada, agradeciendo a la naturaleza por la rama baja inicial en la que me pude apoyar.
Los pasos se vuelven más cercanos junto con dos voces, una masculina y una femenina, la femenina ligeramente aireada, con agitación y cansancio, la masculina más suave, en un murmullo de alentación. Una vez se dejan ver noto al hombre de antes junto a una mujer ligeramente delgada, con el rostro ruborizado por el esfuerzo y el calor ambos miran desconcertados alrededor cuando no ven a nadie.
— Bajo — digo de entre las ramas antes de empezar a bajar con la agilidad que solo el apocalipsis me ha dado, agradeciendo internamente también. Miro de cerca a la mujer y le entrego las moras que habÃa recolectado las mira con una cierta alegrÃa antes de tomar la canasta y empezar a comer con avidez. El hombre de antes me mira en silencio mientras su esposa come llenando sus mejillas de moras y dejando rastros morados en su rostro.
Mientras la mujer que come, empiezo a caminar lentamente, dejando que ella y su marido me sigan con tranquilidad. — Estamos a un dÃa de mi casa, pero tengo varias bases cómodas por el camino en donde nos podemos quedar, pasamos tres pueblos antes de llegar al mÃo.— Explico con tranquilidad a ambos.
— Me gustarÃa hablar de un trueque relacionado con la comida— digo y oigo los pasos de ambos deteniéndose, la vacilación apoderándose del ambiente. —No es nada serio, solo quiero ayuda en las cosechas que tengo— murmuro calmando a la pareja.
—¿Te refieres a trabajar para ti en el campo?— Dice el hombre —Por cierto, lamento mis modales, soy Jose... — Murmura.
—Si, pero no trabajar para mi precisamente, tengo unos cultivos pequeños, aptos para una persona, pero si somos tres, los cultivos deben agrandarse, me gustarÃa un poco más de mano de obra para apoyarme con ellos...— Expreso mientras los miro. Giro hacia la derecha en un pequeño estrecho entre algunos árboles saliendo del bosque y volviendo hacia la ciudad más cercana.
—Entonces está bien, tiene sentido lo que pides, nuestra alianza tiene fecha de caducidad?-- pregunta José con cuidado.Â
—Planeas hacer algo como matarme, envenenarme o degradarme?— Pregunto de forma directa a lo que recibo un jadeo por parte de ambos.
—¡Eso Jamás!— Contestan al unÃsono y luego se miran entre ellos.
— Bien, entonces no tiene por que tenerla, hay suficientes habitaciones en donde vivo para que puedan tener una ustedes y vivir como vecinos cercanos.— Digo entrando a una pequeña casa, abriendo la puerta y metiendo la mano en un agujero con una manija escondida.
—Nos quedaremos aquà hasta mañana, para que Alma descanse y recupere fuerzas. — Procedo a quitarme la pesada mochila de los hombros, empezando a pensar en algo para hacer de comer para los tres con las provisiones que tenemos.
—Gracias...— Dice Jose. Asiento con la cabeza tomando en mis manos el chispero que uso para prender la hojarasca, pongo una mezcla de aceite en algunas hojas junto con un poco de alcohol antes de sacar un gran sartén, wok y empezar a cortar algo de carne seca, poniendo agua y luego algunas de las verduras y frutos que habÃa traÃdo, haciendo una especie de sopa casi sin sabor pero con muchos nutrientes, suspro, recordando la salsa picante y la pimienta, que tanto me gustaba antiguamente.
Durante todo el proceso la pareja estuvo charlando en murmullos entre ellos, Alma habÃa pelado algunas de las verduras que usaba en la sopa y luego se sentaron mirando la sartén burbujear.
Mientras que la sopa se hace salgo, en la parte de afuera de la casa que habÃa tomado como base temporal habÃa un cobertizo, asà que voy y busco algo de la madera que iba recogiendo, orando por no encontrarme ningún ratón. Volviendo con varias ramas las parto y las entro nuevamente. Revuelvo la sartén y vuelvo a salir buscando algunas señales de que más gente haya pasado por allÃ, recorro el espacio trasero que da a un descampado y al no notar ramas rotas ni hierba caÃda vuelvo dentro.
Luego de un tiempo nos turnamos, comiendo cada uno a su tiempo ya que solo tenÃa un plato y una cuchara, junto con una taza. Primero come Alma, luego yo y por último José. Cada quien a su tiempo,en silencio y mirando hacia todos lados en una tensa sospecha y un tenso alivio mezclados.
Luego de comer preparo una cama cómoda, tomando las pieles que habÃa curtido gracias a otro libro de guasqueria que habÃa encontrado y las mantas que aún estaban sanas allÃ. Le tiendo varias a Jose y dejo algunas para mi, pero el nido más grande lo dejo para Alma, quien se acuesta con un largo suspiro, con un rostro cansado.
Jose y yo permanecemos en silencio, cada uno en sus pensamientos, con la oreja parada, por si habÃa sonidos nuevos o extraños. El fuego se apaga y la penumbra se apodera de la base. Asà pasan las horas, ni él ni yo dormimos, aunque su rostro cansado me demuestra que lucha por permanecer despierto.
A la mañana siguiente me empiezo a mover temprano, como con un tácito acuerdo dejamos dormir a alma en su sitio hasta último minuto, Jose y yo preparamos en silencio un nuevo fuego, calentando un poco del sopón de ayer para poder permitirle a Alma comer, recogemos en conjunto y él le despierta, mantengo mi distancia mientras come y consulto el mapa, aunque ya desde aquà me sabÃa el recorrido a casa, estaba pensando en algún recorrido menos accidentado, más plano, para poder movernos con ligereza, a pesar de la aptitud fÃsica de Alma. Un recuerdo me cruza de hace un par de meses, entonces habÃa visto cerca una bicicleta que tiraba de un pequeño carrito. Inútil para mà ya que no sabÃa andar. Pero podÃa ayudar si José sabÃa. Entro de nuevo a la casa y noto que Alma se está preparando, habiendo desayunado.
—¿Sabes andar en bici?— Le pregunto a Jose mientras un plan se genera en mi cabeza. Él asiente confundido antes de preguntar. — Si, ¿por qué?—Â
Le explico con cuidado. — a unas manzanas de aquà vi una bicicleta que tiene un carrito atrás, podrÃa servir para que Alma no camine, yo puedo correr suave a un lado, tu la manejas— Explico en silencio. —Yo no sé andar, asà que es lo más recomendable, la tapé con un toldo, no querÃa que se oxidara, por si a alguien más que pasaba le servÃa o le servÃan sus partes.— Explico con suavidad.