A lo que has visto y has escuchado y has mirado le toca ahora la experiencia que hace posible no tratar de entender todo.
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@camilodnofuturo
A lo que has visto y has escuchado y has mirado le toca ahora la experiencia que hace posible no tratar de entender todo.
Freud tenía la idea de que todo niño era un hijo. ¿Qué es un hijo? Lo más importante en la vida de otra persona. Ser hijo va de la mano de dos variables: sentirse amado y estar en relación al deseo de quien lo ama.
Freud pensó principalmente la segunda vía (el modo en que el niño investiga el deseo de los padres), mientras que el psicoanálisis posterior —sobre todo a partir de mitad del siglo XX— prestó atención a la primera: el reconocimiento de la necesidad de amor.
Esta última no es tan simple como sentirse querido, cuidado o protegido. Hay quienes se sienten queridos, cuidados o protegidos, sin sentirse amados; como hay quienes en contextos de falta de demostración de cariño, cuidados frágiles y desprotección, no pierden la seguridad de un amor que los trasciende.
“Sentirse amado” es un dato básico, que no es consciente, sino que se refleja en la conducta y en el sentimiento de continuidad de la vida. Solo alguien que se sintió amado experimenta la confianza psíquica para que cada día sea un nuevo comienzo sin que ninguna derrota sea definitiva.
Mucho más evidente es la sensación negativa de falta de amor. Alguien puede darme todo lo que le pido sin que yo me sienta amado; incluso es habitual pedirlo todo cuando no nos sentimos amados.
La sensación negativa de la falta de amor se acompaña de la certidumbre de que hay un vacío que no se llena. Por eso en términos pulsionales el psicoanálisis recondujo esta cuestión a la oralidad y la voracidad.
Sin embargo, este no es un drama pulsional —aunque nuestros conflcitos amorosos suelen expresarse en términos orales. Nuestra relación con la comida está en relación con el modo en que nos sentimos amados (como le ocurre a quienes toman agua sin sed antes de dormir).
Los neuróticos dudan del amor que recibieron, pero fueron amados. El obsesivo duda de que su madre lo haya amado, si no lo ama incondicionalmente. El histérico duda de que el padre lo ame, si no lo ama por sí mismo (de ahí su queja de sentirse usado). Otra cosa es lo que ocurre en quienes sufren el sentimiento negativo de la falta de amor.
Si todo el tiempo hay que estar pensando en cómo reparar esa herida, es porque es irreparable.
Tener convicciones firmes no es lo mismo que tener creencias rígidas. En efecto, la rigidez de pensamiento es un rasgo propio de la personalidad narcisista y demuestra su falta profunda de convicciones: usa las ideas para pertrechar un Yo débil, para identificarse, no para pensar.
Dada esa falta de convicción, solo le queda una retórica, un modo de hablar en el que vale todo, solo hay un único propósito: no moverse de la fijeza de lo pensado tal como se lo pensó, sin matices, sin inflexiones. En la personalidad narcisista cualquier modificación del punto de vista se vive subjetivamente como una derrota —porque en su manera de pensar no se piensa con otro, sino que se trata de quien gana y quien pierde al hablar.
Si bien el fanatismo tiene múltiples determinaciones, más sociales que psíquicas, no es raro que los niveles crecientes de narcisismo en nuestras sociedades hayan producido un aumento de los fanatismos. Si bien no se trata de fanáticos en sentido estricto, lo son por reacción, por la reactividad propia del narcisismo herido.
Hubo una generación que fue la última que concluyó sus días dedicándose a cuidar nietos, para la que no había mucho más que hacer después de una jubilación o la entrada en la que se llamaba “tercera edad”, después de los 60 años. Esa generación no hizo nada muy distinto a lo que había hecho la generación anterior y las anteriores. Después hubo otra generación, que trabajó para una jubilación, a la que llamó “retiro”, pero sin que implicara irse de ningún lado. Siguió trabajando por otros medios, también arreglándose como podía; cuidó nietos de vez en cuando, aunque mejor sería decir que los visitaba, para reparar lo que hubiera de pendiente en el vínculo con los hijos, pero la vida no terminaba en una tercera estación. En esta generación, también hubo quienes miraron a sus hijos y les dijeron “Ya están grandes, ¿ustedes para cuándo?” y esto quería decir: ¿cuándo se van a ir de casa? ¿Cuando van a trabajar? ¿Cuándo van a tener hijos? ¿Cuándo van hacer todo lo que hicimos nosotros y que hicieron los que estaban antes? Luego vino otra generación, que no le dio nietos a sus padres, que no piensa el trabajo en términos de una futura jubilación, cuya principal preocupación es que la vida se haya vuelto demasiada larga; es la que ve que sus padres dejan este mundo en hospitales, conectados a máquinas, postrados, en sillas eléctricas con rueditas. La vida después de la vida se convirtió en la vida antes de la vida y la inquietud por la muerte digna plantea la pregunta por la dignidad de la vida.
Hace un tiempo tuve una conversación con un hombre sabio. No era rico ni vivía en un castillo o palacio, sino —como dice la canción— “en un hotel de mil estrellas”, es decir, en la calle. Le pregunté para qué venimos a este mundo y me respondió:
“Para conocer el mal. Para hacerlo y tener la oportunidad de arrepentirnos. Para sufrirlo y tener la oportunidad de no resentirnos. Venimos a matar y a que nos maten. No se le puede ganar al mal. No es necesario ganarle. Porque si le ganaras, vos serías el mal a partir de ese momento. Venimos al mundo a perder, a dejar de intentarlo y no por eso sentir una derrota. El mal te va a enseñar todo lo que tiene para enseñarte y, al final, seguirá siendo el mal. Así de tonto es. El mal es siempre banal. Es lo que nunca cambia. Pasan los siglos y el mal sigue igual a sí mismo. En cambio, quien dejó de querer ganarle al mal, hecho polvo o en una cruz, transformó su vida. No es que al mal se le gane por cansancio. Al mal no se le gana, pero hay algo que el mal no conoce: la comunión de los perdedores, la soledad de los difamados, la amistad de los extraños, el corazón de los abandonados. Pero nada de todo esto se conoce, si antes no se conoce el mal.”
“Sabés que no aprendí a vivir”, dice una canción de Charly García. Es una frase que me gusta tomarla en serio. Vivir no es fácil y, además, requiere aprendizaje. Se pueden hacer muchas cosas, pero vivirlas es algo diferente.
Muchas veces pensamos qué pasaría si… anticipando un efecto negativo. Es un modo de huir hacia adelante, de evadirse del proceso. Esto no es pensar, es ansiedad volcada en ideas que refuerzan el hacer.
Entonces, se hace y se hace a partir de prever lo malo y no se transita el proceso. Solo se evitan temores, se está en escenarios imaginarios en que se combate… contra uno mismo: quiero una seguridad, no vivir!
De este modo la vida se convierte en una sucesión de objetivos que se cumplen, en la que siempre se hace lo que se pensó que se haría si pasaba tal cosa. Ese mecanismo paraliza la capacidad de vivir.
Vivir es una conquista cotidiana.
En otro meridiano
No alcanzo el tiempo de tu cuerpo,
nací lejos, en un país que es aire, nube, noche,
aunque me oigas tan cerca.
Nací a destiempo de tu risa, de tus ojos, en otro meridiano.
Nos amamos de mar a mar, de un astro a otro
no importa que hoy me sientas a tu lado.
Aunque despiertes desnuda aquí conmigo,
tu tiempo va delante,
el tiempo de tus manos, de tu rostro;
estoy junto a tu sombra y no te alcanzo.
Las horas de tu amor me quedan lejos,
bajo una luz de nieve,
en alguna ciudad que desconozco.
Nuestras vidas se alcanzan, se confunden,
intercambian sollozos, besos, sueños,
pero andamos a leguas uno del otro,
tal vez en siglos diferentes,
en dos planetas errantes que se buscan
cansados de no verse.
Eugenio Montejo
¿Qué es lo que produce tanto salpullido en cualquier comentario que apunte a lo ético en el cine colombiano? Pues muy sencillo: que buena parte de la estructura que lo sostiene se basa en las castas y el privilegio; es un sistema en el que se cruzan género, clase y "raza". El cine colombiano es una réplica en miniatura del país indolente, clasista, racista y misógino (y por supuesto homofóbico, lo cual no es sino una extensión de la misoginia) que somos. Cuestionar ese sistema pasa por desnaturalizar los privilegios, encontrar las grietas del sistema y denunciar sus imposturas. Una de esas grietas, enconadas, es la suposición de que el cineasta tiene vía libre para maltratar a los sujetos que filma y al crew de sus películas, cobijado por una ciudadanía excepcional que lo exonera del cumplimiento de las reglas mínimas de la convivencia social. A medida que crece el reconocimiento de un cineasta, y que ese reconocimiento se traduce en acumulación de distintos capitales (simbólicos y materiales) crece también su arrogancia. Y el monstruo que resulta de esta mutación apenas diferente del sátrapa o el dictador político en la extensión y alcance de su dominio terrorífico.
No, no estoy hablando de que esto se cumpla en cada cineasta, hablo por casos empíricamente comprobados o experimentados que permiten identificar patrones.
Entonces no, no es una pelotudez cuestionar ciertos modos de representación que reiteran la violencia, o que no establecen una distancia justa respecto a ella. Tampoco es un desafuero reclamar relaciones más horizontales en los rodajes e ir en contra del conformismo frente a la realidad dada (esa nociva idea de que así es el cine y si no le gusta haga otra cosa); porque ese conformidad con el abuso de ninguna manera se hace en favor de una belleza superior que justifique el sacrificio de ciertos principios. Esa conformismo lo único que garantiza es la pervivencia del statu quo; y si el arte tiene algún sentido no puede ser sino el de destruir ese statu quo.
Ya conocemos mucho al narcisismo del espejo; sin embargo a Narciso se lo conoce también por el pensamiento.
Hay un modo de pensar plenamente narcisista -porque su origen es la retracción de la energía psíquica y el abandono de los objetos- que tiene características específicas.
Es un tipo de pensamiento cerrado, conclusivo, que no tiene matices, que fundamentalmente interpreta. Es un pensamiento que, en realidad, no piensa.
La interpretación es un “esto es esto”, inmediato, sin mediación -que es lo propio del pensar- como cuando alguien dice “No me llama, no le importo”.
Entiendo que a personas con cierta fragilidad psíquica les sirva este tipo de razonamiento narcisista, con fines de restaurar un egoísmo que no pueden tener, porque si no adoptan actitudes simbióticas y no pueden despegarse del otro, pero el costo es que tienen que renunciar a pensar.
Si pensara, me preguntaría por qué puede ser que no me llame -pero eso implica tolerar la ansiedad que implica preguntarse por el enigma en otro- o bien reflexionaría que su interés no se corresponde con hacer lo que yo haría, a lo que se suma que creo sé qué haría y no lo que quiero.
Otro costo del pensamiento narcisista está en pensar por el otro, suponer intenciones, saber de antemano qué va a pasar con el efecto de que a veces se cumpla. Nada de esto es, en verdad, pensar.
Pensar implica una ruptura con la interpretación narcisista. El problema, como dije, es que a veces esta es lo único que alguien tiene para no desarmarse.
"las cosas cumplen
su ciclo
se rompen
se pierden
se destiñen
y está bien
que sea así.
es el universo."
— Belén Iannuzzi
William Turner, The Angel Standing in the Sun
Algo que le agradezco es el poder despedirme de mi mismo. Al niño, al adolescente, al de hace unos dias. En ese acto está la posibilidad de no cerrar mi futuro.
De vez en cuando es bueno escupir cuando te digan "vos vas a ser siempre el que fuiste".
La madurez no consiste en resignar nada. Esta es la visión adolescente del crecimiento, de la adultez como pérdida. Sin embargo, crecer implica mucho de ganancia; para quien es capaz de vivir un descentramiento: el mundo ya no existe en función de mis intereses, sino que yo existo para el mundo.
Cuando pensamos las cosas en función de nosotros, nos importan mucho más, quizá demasiado. Cuando invertimos la perspectiva, la cuestión es más simple. A veces le pedimos a Dios que nos mande la persona que resuelva nuestros problemas, pero ¿y si nosotros fuimos enviados para otros?
Hay lugares a los que no se accede con un goce. Quien todavía se piensa como joven, cree que ese acceso impone una pérdida de goce. Pero, ¿qué otra cosa puede ganarse en el acceso a la madurez? Un verdadero acceso a diferentes actitudes. Pienso mi trabajo no en función de qué me da, sino de lo que yo le doy. Pienso mis vinculos amorosos no en función de cuánto me quieren, sino de lo que puedo hacerles más fácil.
El mundo no existe para nosotros, sino nosotros para el mundo. Algún día habrá que aceptarlo y dejar de vivir como frustraciones eso que nos falta y que no necesitamos.
De esto trata el evangelio de hoy, cuando Jesús le dice a un ciego “Tu fe te ha salvado”. No es que le cumple un deseo, tampoco es que le pide más que una capacidad. Y Jesús es de una humildad increíble: ¿por qué se va a detener en ese tipo molesto que le grita desde el costado del camino? Porque ser el hijo de Dios no lo hacía creerse el centro del mundo.
Este evangelio es una reflexión sobre la adultez y el gesto pequeño del cambio de perspectiva. Cuántas veces los medios muestran situaciones en que alguien le cumple el deseo a otra persona y se filma haciéndolo. Qué error, esas cosas no se hacen para demostrar grandeza, sino para adquirir humildad, la de ser para otro.
En esto consiste ser adulto
Luciano Lutereau
Fe y pulsión de vida:
Hay dos ideas del nacimiento de Jesús que invitan a la reflexión: por un lado, nació como a nadie le hubiera gustado nacer (en un establo, sin comodidades, etc.); por otro lado, eligió nacer. Y esto último hace pensar en las veces que decimos “Yo no elegí esto”. ¿Solo porque no lo queremos pensamos que no lo elegimos? A lo mejor es cuestión de tiempo.
Hay quienes dicen “Yo no elegí nacer”, pero estoy seguro de que si estamos acá es porque de algún modo lo elegimos. Quienes trabajan en partos saben que los bebés eligen nacer, que no son paridos pasivamente. Nacer es elegir dejar una comodidad, elegir algo, con deseo, aunque no se lo quiera.
La vida se revela cuando aceptamos que no vamos a vivir la vida que hubiéramos querido vivir.
Ocurre todo el tiempo y en todo lugar.
Estar sin pertenecer, sin dar esa fidelidad más parecida a una especie de soborno.
Solo una creencia débil necesita la justificación de una existencia como motivo final para creer. Abro los ojos y sigues ahí.