No fue algo casual
el día que te conocí;
llevaba casi una vida
esperando a que tal
momento llegara.
Mi amor por ti surgió
de la admiración.
Leía tu poesía, a diario.
Leía con tanto entusiasmo
cómo versificabas tus luchas mentales,
que pensé eran los únicos poemas existentes.
Al escucharte hablar en Podcast,
oía la voz de la revolución.
Al escuchar tus discursos motivadores en los Reels,
juro que veía a una estrella brillar.
Cuando le revelaste por primera vez
tus demonios internos a tu público,
ya me imaginaba viviendo felizmente
junto al infierno que en ti habitaba.
Nunca me interesó la neurociencia
pero cada vez que hablabas,
llena de sabiduría e inteligencia,
sentía que tu cerebro era algo
que quería estudiar.
Cada palabra que salía de tu boca.
Cada rasgo de tus expresiones.
Cada pensamiento.
Me maravillaba el potencial que contenías,
y ni hablar de cuán enamorado estaba de tu belleza física.
Era imposible no admirarte.
Te convertí en mi musa sin saberlo.
Por eso, no fue algo casual
el día que te conocí,
porque esperé ese momento
casi toda mi vida.
Hice todo lo posible
para cruzarme en tu camino,
para llamar tu atención,
para que te percataras de mi existencia.
Porque me enamoré de una guerrera
que ganó la batalla que estaba teniendo
consigo misma, y ahora se dedica
a ayudar a aquellos que, en las suyas,
se encuentran resistiendo.