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Después de ahogados, aprendimos a vivir sin aire.
Caótica (via littlemxxnchild)
Últimamente siento que me queman los pulmones. Tal vez estoy demasiado contaminada, ahogándome poco a poco en el veneno de las almas.
Sentado a orillas del mar, las lágrimas caían sobre la arena ya húmeda y se olvidaban. ¿Por qué tenía que recordarlo ahora? Había estado tan feliz desde que la conoció, desde que se dejó envolver por su magia, que el recuerdo de él se vio opacado. Había dejado de mirar el océano y su extensión para mirarla, que era pura energía y alegría, pero su yo dolido volvía donde empezó.
Si debía recordar, tenia que remontarse a una época diferente de su vida; lo conoció en las profundidades, envuelto en el mismo llanto que no lo dejaba respirar, asustado como nunca y con el corazón rebotando en el pecho.
Su belleza lo cautivó en un instante, y supo que había caído en su encanto. Enamorarse tardó un poco más, pero tampoco tanto.
Escuché tus palabras y me envolví en ellas.
Creí en ti desde el minuto uno, cuando no tenía razones de peso para hacerlo, siguiendo mi intuición y tu amabilidad, tu forma de ser cautivante y la historia que tejíamos las madrugadas con demasiada emoción. Hoy pienso que pequé de ingenua, demasiado pequeña para entender los males que irradian de las personas, me aferré al cariño y la admiración que por entonces te tenía.
Me tragué cada una de tus frases, de tus mensajes escritos con fuego y me los adherí en la piel. Me ahogué cuando, por cuestiones de mi inmadurez de niña y, por otra parte, tu inmadurez de adulta, todo se quebró en fragmentos demasiado pequeños pero que aun así intentamos recuperar. Intenté levantarnos de mil maneras, sin embargo, nunca me perdonaste el error, pinchabas cada vez con tu aguijón de escorpión, envenenándome.
Me envenenaste tanto que me sentí maldita. Una escoria entre las escorias. Dijiste que nadie me querría, que no valía la pena. Dejaste una marca indisoluble en mí, un vacío que no era capaz de llenar ni con los gestos más dulces, en el fondo, me teñiste de negro y me encogí.
Decidí dejarte atrás, porque ya no era capaz de soportar el exceso de sentimientos que me provocabas. Eras afilada como un cuchillo y mi carne demasiado tierna.
No salí ilesa, sobreviví.
Me escribiste y escribiste sobre mí en partes iguales. Yo hablé y hablo de ti para dejarte salir de mi sistema, una forma de succionar el veneno que dejaste en mí y escupirlo en la acera.