Materialists de Celine Song y la economía del amor
notas sobre cómo amar entre la economía, la diplomacia y la fantasía, cuando el amor se convierte en un dilema entre eficiencia y deseo.
Cuando empecé a ver Materialists, pensé que estaba frente a un guion directo, sin anestesia.
Una casamentera que entiende el amor como una transacción: no hay magia, solo hay un checklist. Un algoritmo en la vida real.
Mi psiquiatra suele repetirlo: cada vez somos más mujeres que “estamos solas”.
No solas por carencia, sino por elección.
Mujeres que vivimos gran parte de nuestro tiempo acompañadas de nosotras mismas, aun cuando tenemos familia, amigos, colegas. Quizá porque nos gusta la intimidad. Quizá porque nuestros estándares ya no son intercambiables. O quizá porque, aunque suene frío, hemos aprendido a vivir en la economía del amor.
Y es justo desde esa independencia que las relaciones se vuelven una elección más calculada, menos desesperada.
A mis 32, en esa economía ya no basta con la chispa. Hay ecuaciones nuevas:
— ¿Qué quiere a corto, mediano y largo plazo?
— ¿Cómo se cruzan sus rutinas con las mías?
— ¿En qué trabaja?
— ¿Quiere viajar o formar una familia?
Y aquí pienso en la inigualable Samantha Jones de Sex & The City y esta frase que me parece top:
If you were 25, that would be adorable.
But you’re 32, that’s just stupid.
Lo que a mis 20 me parecía irresistible, hoy me resulta insostenible.
La ligereza que antes era mágica, ahora es deuda emocional que ya no estoy dispuesta a asumir. Porque en la economía del amor, la incertidumbre se paga con tiempo, y el tiempo es un recurso que ya no se regala con tanta facilidad.
Por eso me llamó la atención la polémica alrededor de Celine Song y esta película. La acusaron de hacer broke guy propaganda, básicamente, de crear una película que “enseña” a las mujeres a reducir sus estándares porque “el amor verdadero” importa más que la estabilidad económica.
Los comentarios en redes fueron brutales pero certeros: mujeres compartiendo sus experiencias con novios sin recursos que terminaron descargando su inseguridad en ellas, convirtiéndolas en terapeutas emocionales no remuneradas. Song respondió con furia, y con cierta razón: la pobreza no es una decisión personal.
Pero más allá de este debate, me quedó la sensación de que la película empezó abriendo un molde incómodo sobre las transacciones del amor, y terminó encajando en el cliché romántico de siempre.
Porque efectivamente, Lucy (Dakota Johnson) termina dejando al hombre rico y estable (Harry a.k.a. Pedro Pascal) para regresar con su ex novio actor sin dinero, bajo el lema de que “las relaciones no son transaccionales y el amor lo puede todo”. El final fue puro Disney: la idealización ganándole la partida a la idea.
La idea del amor vs. la idealización del amor
La idea del amor es cruda y práctica. Entiende que las relaciones, tarde o temprano, se vuelven también un intercambio: de rutinas, de recursos, de proyectos de vida. Que enamorarse no es suficiente si no hay claridad sobre el futuro.
La idealización del amor, en cambio, es la que nos vendieron en el molde romántico tradicional: la que ignora las incompatibilidades prácticas, la que maquilla la falta de comunicación, la que dice “el amor lo puede todo” incluso cuando la realidad grita lo contrario.
Y aquí es donde algunas de mis referencias se entrelazan con base a este tema:
— Andy en The Devil Wears Prada nos mostró el costo de crecer profesionalmente: disculparse con su pareja por perseguir sus metas.
— Chris Evans en Materialists encarna esa pareja que empieza “funcional” pero termina hundida en la idealización, con sus limitaciones económicas sobreviviendo en nombre del “amor verdadero”.
Y aquí es donde vuelvo a mi querida Samantha Jones: lo adorable a los 25, a los 32 puede ser insostenible.
La tensión entre estos dos polos es lo que vivimos muchas(os): queremos el amor en su versión práctica y honesta, pero terminamos seducidas(os) por su versión idealizada.
Y aquí es dónde entra el personaje que más me obsesionó: Harry (Pedro Pascal).
Más allá del hecho obvio de que es el crush universal (un papadzul como dice mi amiga Eli), me parece fascinante porque encarna el unicornio de la economía del amor.
Él entiende las reglas: la diplomacia de las relaciones, los acuerdos tácitos, los rituales del cortejo moderno.
Es el hombre-checklist viviente.
El que cumple todas las casillas y se presenta como la opción “perfecta” sobre el papel.
Pero hay algo más incómodo y complejo: su única “imperfección” original era su estatura, y se sometió a una cirugía brutal para ganar 15 centímetros. No fue vanidad; fue estrategia. Harry había identificado el patrón: las mujeres que quería conocer tenían un filtro físico específico que él no cumplía.
Lo irónico es lo que él mismo admite al final: que si no hubiera tenido esos 15 centímetros de más, quizá nunca habría tenido la seguridad para invitar a Lucy a salir. La cirugía no solo le dio altura, le dio permiso para existir dentro del mercado del amor.
Con eso, Harry completó el checklist. Lo perfeccionó. Hizo todo lo que “debía hacerse” para ser elegible. Y aun así, no fue suficiente.
Porque a pesar de mejorar su perfil, no pudo ganarle al “poder del amor”. Y ahí la película se rindió al molde Disney: la carta romántica siempre triunfa sobre la compatibilidad, sobre la estrategia, sobre la economía.
Y no es que haya odiado la película solo que teniendo como antecedente Past Lives, me hubiera encantado conocer esa parte de la historia. La de un personaje que no tiene que frenar (¿o quizá apresurar?) su crecimiento, ni dar segundas oportunidades, ni negociar su progreso por el caos del otro. El que se topa con el escenario contrario: el del contrato perfecto ejecutándose impecablemente.
Y entonces la pregunta cambiaría: ¿El amor florece en la eficiencia absoluta, o se convierte en burocracia emocional? ¿Qué pasa cuando no hay nada que arreglar, nada que salvar, nada que idealizar?
Me hubiera fascinado ver Materialists como el Benjamin Button del amor: una historia donde las mariposas llegaran después, no antes. Donde Lucy y Harry cumplieran primero su checklist mutuo de compatibilidad, y de esa base sólida de acuerdos y empatía práctica, floreciera gradualmente el enamoramiento.
¿Qué pasaría si invirtiéramos la fórmula tradicional? En lugar de empezar con la química intensa que se desvanece después de uno o dos años, ¿qué tal comenzar con la estabilidad y construir la pasión desde ahí?
Lo que yo imaginaba no era un enemy to lovers, ni un arco de caos que al final se resuelve con un beso. Lo que me hubiera fascinado ver es justo lo contrario: dos personas que funcionan tan bien que asusta.
Lucy y Harry como un amor que cumple todas las casillas desde el inicio. Una relación sin dramas, sin quiebres, sin segundas oportunidades. La pregunta entonces no sería “¿lograrán estar juntos a pesar de todo?”, sino algo mucho más incómodo:
¿qué pasa cuando no hay nada que arreglar?
¿cuando la relación es demasiado eficiente?
¿es un acuerdo que se vuelve amor… o se convierte en otra cosa?
Sigo amando las historias de amor, pero ya no puedo dejarlas en el terreno de la pura magia. Esta película me hizo re-pensarlas como economía, como diplomacia, como acuerdos que a veces fallan espectacularmente y a veces funcionan tan bien que nos asustan.
Quizá madurar en el amor es esto: pasar de la pregunta “¿sientes mariposas?” a “¿construimos algo juntos?”. Dejar de romantizar el caos y empezar a valorar la claridad.
Y si eso nos convierte en materialistas, prefiero pensar que no es frialdad: es otra forma de ternura.