Vestir la cara
Una mujer que viaja en el tren no gesticula. Sus ojos, muy adentro tienen tristeza. Por las ventanas sólo entra el negro del túnel que atravesamos ahora. Así llevamos mucho tiempo, mucho, atravesando el negro. Ya ni siquiera queremos seguir viendo nuestras caras tristes, pero no hay para mirar, sólo el negro. Así que nuestros gestos vergonzosos cuelgan sobre el ciclorama que la velocidad nos coloca detrás. Las arrugas y los coqueteos son tan obscenos, que cualquier movimiento milimétrico de la carne, a la izquierda o hacia arriba es juzgado severamente por el pasajero de enfrente (que no nos podemos quitar de encima). Muchos fingen dormir y fingen mal. Como la incomodidad es invisible, no se puede esconder, tampoco se puede dejar de mirar. Es una extravagancia grande y usal.
Una mujer me mira con compasión. Pero no creo, creo que yo me miro con compasión y se lo atribuyo a los otros. Y digo que me miran como yo me miro. O yo la miro así y se lo atribuyo a ella.
Entra el sol por las ventanas. Duele. Ciega. Y todos queremos verlo de frente. Con todo el gusto del mundo. Así, plenos. La mujer de enfrente sonríe, me mira y sonríe. Es bella y buena, pienso, sonrío.
Agradezco haber viajado lo suficiente para sentir el sol adentro del vagón y ver los rostros con ojos entrecerrados y unas muecas muy cercanas al placer.
Hay quién se bajó antes y su viaje fue puro túnel y puro negro y seguro no miraron esto.
El rostro es lo más explícito de la desnudez, lo más íntimo: un pensamiento, una sensación, los influjos de bien adentro del cuerpo, los pequeñísimos acomodos involuntarios. Todo trasluce.
Seguro a nadie le importa. Ni modo que lo vistamos. El rostro no usa ropas, excepto bajo algunos mandatos. Mandatos para cubrir el alma. Aquí no sucede. Y el alma se nos ve de lleno. En contra de lo que quisiéramos.
El sol se hace burbujas y flota sobre los cabellos de los niños. Me bajo en la siguiente estación, ya no hay más tiempo para seguir viéndonos. Ahora nos fijaremos en los pies, listos para movernos en cuanto abran las puertas. Y lo menos importante serán los otros rostros, las otra almas, sólo las prisas, los pasos propios serán el centro del movimiento de los cuerpos, serán el tiempo.














