“No, Sungmin, escúchame. ¿Por qué moriría? Es decir, ¿estamos juntos hasta el final, no? Por eso no cabe la posibilidad de – oye, en serio, ¿crees que me pueden arrebatar la vida así como así? ¿Que yo no buscaría que mi alma quedara en tus manos? Beb–”. Escuchó esa confesión, sintiendo como se le partía el corazón a pedazos. Había pasado por alto la preocupación del contrario, demasiado enfrascado en escapar, en buscar refugio en el lugar que lo albergaba como ningún otro. Olvidó no podrían rastrearlo, o mejor dicho, no reparó en que el poder de Sungmin llegaría a encontrar un límite también. Con cualquier otra persona le traería tranquilidad de poder deshacerse de su alcance, pero que él fuera el que no pudiese alcanzarle no se sentía para nada placentero. Haberle dejado indagar en su alma, así como ahora dejaba que navegara en su interior, había sido también para que ambos encontraran un punto de conexión, algo que los conectara con el mayor grado de absolutismo posible. “No, bebé, no quise asustarte” susurró también, sin esperar que lo golpeara pero tampoco esquivando el gesto. Se lo merecía, los golpes, los reclamos, la culpa. Sólo le gustaría a cambiar poder beber de sus lágrimas saladas y dejarle sin ninguna angustia. Debía volver a construir la confianza, asentar nuevas bases para que esa separación no volviese a ocurrir. “Yo también me odio por hacerte pasar por esto. Pero lo voy a remediar, no, lo vamos a hacer juntos”. Aprendería del error una vez, pero que el destino pasara por su cadaver si es que quería que se repitiese.
“No soy un bebé.” Susurró, su voz entrecortada por el brote de llanto anterior. Lágrimas aún escapaban de sus ojos, pero había logrado calmar los sollozos que invadían su cuerpo. Incluso tenerlo allí era poco, sentía como si su poder no fuera lo suficiente para retenerlo en caso de querer volver a desaparecer como la última vez. Se dio cuenta en ese momento la clara debilidad en su propia persona, de cómo se había permitido crear aquel vínculo tan fuerte que la sola idea de perderlo pudo alterar su control en su poder. Eso no era bueno, no si se trataba de la vida de alguien más, no podía ponerlo en peligro de aquella manera. Intentó traer de nuevo su magia a su cuerpo, que abandonara al contrario para poder restaurarse así mismo, pero le fue extremadamente difícil, alma clavando sus garras en la contraria sin intención de dejarla ir. Caelestis tenía razón, esa clase de actitudes no serían buenas para él, ni para los demás. No podía volver a desconectarse así, pero volvería a pasar, de eso estaba seguro. Terminó por cortar aquel vínculo, atando su propia alma para no permitirle volver a rodear al contrario en su afán de mantenerlo cerca. Físicamente, se alejó con suavidad, frotando sus manos por sus ojos para limpiar las lágrimas derramadas. Lo miró a los ojos y le dedicó una sonrisa algo melancólica, posando su mano sobre la mejilla ajena. “Lo importante es que estás bien.” Susurró, acercando su rostro para poder depositar un beso en el cachete libre, suave y delicado, todo lo contrario a la verdadera naturaleza de Sungmin. “Y si vuelves a desaparecer así, sabré que estás a salvo.”