Rompe la profecía.
Que se equivoquen los astros que dictaron mi destino.
Rómpele el ciclo al "nunca".
Sé el huracán que cambie mi estación eterna.
Monterey Bay Aquarium
d e v o n
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Xuebing Du
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Love Begins
DEAR READER

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@clonazzzepunk
Rompe la profecía.
Que se equivoquen los astros que dictaron mi destino.
Rómpele el ciclo al "nunca".
Sé el huracán que cambie mi estación eterna.
No eres él,
así que deja de preguntarte por qué elegí su orilla.
No conoces el océano que habito por dentro,
ni la furia de sus tempestades,
que me obligaron a echar anclas para siempre.
Jamás serás él,
porque en tus ojos no arden dos atardeceres,
ni tu voz tiene el cauce
de un río que ya aprendió todos mis nombres.
La respuesta fue "no",
no porque el alma negara el sí,
sino porque la pregunta temblaba
y en su grieta me perdí.
Buscaba un amor que me pusiera en el centro, que sembrara en mi corazón (con raíces secas y marchitas) una red de espinas capaz de florecer en rosas. Pero lo único que hallé fue tierra de camposanto, donde apenas germinó un sueño: vacío, fugaz, el último suspiro de un hogar que nunca llegó.
Triste es soñar con pétalos cuando las raíces del pecho aún sangran escarcha. ❄️
ㅤ Me resistí en la penumbra
ㅤ de los huesos, con los dientes
ㅤ clavados en la propia carne
ㅤ para no decir tu nombre.
ㅤ El miedo no era un temblor,
ㅤ era un árbol negro echando
ㅤ raíces en el fondo de mis
ㅤ pulmones.
ㅤ La ansiedad, ese perro fiel,
ㅤ mordiéndome las noches
ㅤ hasta hacerlas ceniza.
ㅤ Y cuando regresaste...
ㅤ (No sé si del olvido o de algún
ㅤ infierno que inventé sin ti),
ㅤ supe que no te merecías el frío
ㅤ de mis manos.
ㅤ No eres flor de cementerio,
ㅤ ni mi sombra puede presumir
ㅤ de luz.
ㅤ Tu vuelo no se negocia,
ㅤ tu color es un vitral que sangra
ㅤ contra la gris eternidad que me
ㅤ habita.
ㅤ Te conocí en un instante
ㅤ sin cadenas, cuando el mundo
ㅤ era apenas un suspiro antes
ㅤ del derrumbe.
ㅤ Y libre,
ㅤ como los muertos que ya no
ㅤ temen al olvido,
ㅤ así te quedarás.
La falta de respeto fue tan grande que todos los recuerdos perdieron su valor.
Llego siempre al mismo jardín.
Las fuentes no brotan agua,
brota algo más espeso.
Las flores no están marchitas:
están muertas hace siglos,
y sin embargo siguen en pie,
como si alguien las hubiera condenado
a no terminar de morirse nunca.
La humedad no es del aire.
La humedad sale de los muros,
como si la casa sudara
el recuerdo de todo lo que ocurrió aquí.
Entro.
La alfombra roja no me conduce
me arrastra.
A los lados, las estatuas no miran.
Acechan.
Sus ojos de piedra me siguen
con la paciencia de los carnívoros
que saben esperar.
El caballo de mármol
no es guardián.
Es un aviso.
Sus patas no tocan el suelo,
están suspendidas
como si en cualquier momento
pudiera galopar sobre mi pecho.
Porque arriba está el campanario.
Y arriba no quieren que suba.
Las gárgolas no me lo impiden:
me lo prohíben.
Sus sombras se alargan por las paredes
como dedos negros,
y sé,
lo he soñado tantas veces,
que si pongo un pie de más
me arrancarán la garganta.
Esta vez intenté subir.
Esta vez, como siempre,
no me dejaron.
Pero algo faltaba.
Algo que siempre estuvo antes
y esta vez no.
Los cuervos.
Esos que me nublaban el pensamiento,
esos que llenaban mi cabeza de alas negras
y no me dejaban saber
si lo que veía era verdad
o una trampa de la noche.
Esta vez no vinieron.
En su ausencia,
el silencio fue tan profundo
que dolía.
Y en medio de ese dolor,
una paz que no pedí
se instaló en mi pecho.
No era una paz limpia.
Era una paz de cementerio,
de las que llegan cuando ya no queda nada que temer
porque todo ya está perdido.
Entonces escuché el piano.
No venía de arriba.
Venía de abajo.
De algún sótano que esta mansión
nunca me había mostrado.
Bajé.
Y mientras bajaba,
las estatuas giraban la cabeza
para verme descender.
La habitación era enorme,
pero se sentía pequeña,
como si las paredes respiraran hacia adentro.
Ventanales que daban a la nada,
cortinas rojas que parecían colgar
de algún gancho invisible
clavado en la oscuridad.
Velas,
muchas velas,
pero su luz no iluminaba:
creaba sombras más densas.
Él estaba de espaldas.
Los dedos quietos sobre las teclas.
La última nota aún vibraba en el aire
como un hilo que no termina de romperse.
Me acerqué.
Y cuanto más me acercaba,
más se alejaba su rostro.
No era una sombra cualquiera:
era un velo que lo protegía de mí,
o que me protegía a mí de él.
Porque hay caras que no se deben ver
y nombres que no se deben saber
si uno quiere seguir siendo
quien es.
Dejó de tocar.
No se volvió.
Y comenzó a hablar.
Me habló del espacio,
de cómo las estrellas no mueren:
se derrumban hacia adentro
y se convierten en agujeros
de los que nada,
ni la luz,
puede escapar.
Habló de Interestelar,
de cómo el amor es la única fuerza
que atraviesa el tiempo
pero también la única
que te condena a volver
una y otra vez
al lugar donde perdiste todo.
Yo me quedé detrás de él,
sin atreverme a respirar demasiado fuerte.
Porque si él nota que estoy ahí,
quizá se vaya.
Y si se va,
la casa se quedará vacía
y yo seguiré durmiendo
pero ya no soñaré nada.
Nunca más.
Esta vez dormí en paz.
Pero no una paz bendita.
Una paz oscura.
La de quien deja de pelear
y acepta que los cuervos se fueron
porque ya no es necesario nublarme el pensamiento:
ya estoy atrapada.
Atrapada en esta casa,
en esta alfombra roja,
en estas escaleras que nunca llegan al campanario,
en este hombre sin rostro
que toca para mí
y me habla de estrellas muertas
mientras afuera el jardín
se pudre lentamente
y yo sonrío.
Porque por fin,
después de tanto,
estoy en paz.
Y no quiero despertar.
La misma incógnita de siempre es la que más nos atormenta. ¿Qué mierda es ser alguien en la vida? ¿Es algo que haremos para que el mundo sepa que existimos o para estar en paz con nosotros mismos?
-Judas Apology
Tu verdadero amor no te hace tener una lista de cosas extrañas que has notado en la relación.
“Necesito que sepas que, pase lo que pase, para mí ha valido la pena. Estar contigo, amarte. Todo ha valido la pena.”
—Jenny Han
Te amo.
Y ya ves, hasta pedir perdón
se me vuelve un acto de torpeza,
una disculpa que llega siempre
después del estruendo.
Perdón por arruinarlo a veces...
y a veces es casi siempre,
por no saber habitar el amor
como se habita una casa en orden,
con sus horas contadas y sus cosas
en su lugar.
Yo sólo sé querer en medio del caos,
sólo sé respirar cuando el aire ya es
tormenta.
Hago un huracán de cada gota de lluvia,
convierto en cataclismo lo que pudo ser
simplemente un día nublado.
Y te miro, desde el ojo de este desastre
que yo misma provoco, y sólo atino a decirte:
perdón.
Perdón por no saber quererte en paz.
ㅤFinjo serㅤ unㅤ deshielo
ㅤen este invierno perpetuo.
ㅤMi alma es un desorden de
ㅤestaciones que asesina la
ㅤcalma del otoño, ㅤaún así,
ㅤatesoré para ti un diciembre
ㅤde solesㅤ yㅤ un verano de
ㅤhilos dorados. ────── 🌸
Uno aprende a construirse,
a levantarse muro tras muro
en el centro de su propio ser.
Edifiqué esta torre, mi torre,
para que fuera el testigo mudo
de tus tormentas.
Y te he visto llegar,
una y otra vez.
He sentido tus rayos
estrellarse contra sus piedras,
he escuchado el retumbar del trueno
sacudiendo sus cimientos,
despertando ecos que creía olvidados.
Y yo,
desde el rincón más alto,
la vigía de mi propio naufragio,
contemplo el cielo.
Ese resplandor,
ese parto de luz,
no es más que el anuncio:
la lluvia caerá de nuevo.
No es el agua del bautismo,
sino la del desgaste.
Sentada en la piedra,
la pregunta me horada:
¿Es éste mi paisaje perpetuo?
¿El de un cuerpo que llora
para regar un jardín de flores mustias
sobre un suelo de adoquines?
Margaritas rotas,
pétalos que fueron blancos
y ahora son polvo...
Cambio la torre,
cambio la altura,
cambio la vista.
Pero el adoquín me espera abajo,
y la margarita marchita, fiel,
me recuerda que no cambio de vida,
sólo de ruina.
ㅤ Vuelven. Siempre vuelven.
ㅤ La sombra primero, luego el batir
ㅤ de alas que desgarra el cielo como
ㅤ una tela antigua.
ㅤ Los cuervos descienden y el aire se
ㅤ espesa; no es viento lo que cortan,
ㅤ sino memoria. Rodean mi mente
ㅤ como si fuera una torre sitiada,
ㅤ y en su círculo negro laten los
ㅤ pensamientos que me niego a
ㅤ pronunciar.
ㅤ Graznan (no, dictan) que si persisto
ㅤ en la ceguera me arrancarán los ojos,
ㅤ que la oscuridad no es refugio sino
ㅤ castigo.
ㅤ Arriba, las gárgolas inclinan su mueca
ㅤ pétrea. No ríen: me recuerdan. Saben
ㅤ del vértigo, de la piedra húmeda bajo
ㅤ mis manos, del último ascenso al
ㅤ campanario y de mi caída íntima, esa
ㅤ que no dejó huesos rotos pero sí una
ㅤ grieta invisible. Las detesto porque
ㅤ guardan lo que yo intento olvidar;
ㅤ porque en su inmovilidad habita mi
ㅤ fracaso, suspendido para siempre
ㅤ entre la altura y el abismo.