I’ve been telling myself that being back-in-town would somehow heal this desperate need for stability in my life. I’ve spent more than 300 days in a different country this year, and it would’ve been just fine if it hadn’t been for, probably, the hardest challenge God had put on my way.
I’ve been telling myself that being back-in-town would make me feel at home. That I would somehow feel my feet strong in the soil, nurtured by family, surrounded by known people, known mechanisms, known problems. I’m back in town, for not more than 10 days, and I can’t stop feeling I’m still abroad.
Nada está como debería estar. He llegado a un hogar derrumbándose por la depresión y ansiedad. He llegado a mi familia tratando de sobrevivir un ahogarse de emociones sin saber nada. He llegado a una casa vacía, a una ciudad que me desconoce, a un cielo lluvioso. Nada está donde debería estar. Ni fuera de mi, ni dentro mío.
He intentado estos días, con todas mis fuerzas, ser el timón de un barco que se está hundiendo. Buscando las aguas menos profundas, tratando de minimizar el daño, de botar provisiones para soportar un tiempo más flotando. Me he bautizado héroe, el adulto, el anclado a la realidad. Sin saber mucho cómo solucionar las cosas; me he puesto al frente del equipo derrotado. He fingido lucidez, solvencia, confianza. De la misma forma que un padre finge tranquilidad cuando acaban de tomar por rehén a todo un avión y tiene un hijo al lado cuya atención no se extiende más allá de no saber porque no hay internet cuando uno vuela a 800 kilómetros por hora.
No muestro desesperación. Me enojo lento.
Esta entrada después de dos meses de no escribir se está sintiendo como terapia. Necesitaba sacar la perspectiva, creo. Antes que los problemas, antes que las confesiones. Necesitaba sacar al aire el ángulo desde donde estoy escribiendo esto ahora. Necesitaba decir que por encima de las razones, por encima de lo que realmente está sucediendo, los suelos de mi corazón están inestables. Que estoy amando y construyendo sobre tierras que despiertan húmedas, movidas.
Necesitaba escribir que estoy débil de voluntad. Que estoy sin esperanzas, sin fuerzas para poder pelear más.
Tengo frente a mi una bolsa de plástico con remanentes de formas, prototipos del Cuerpo de Cristo. Bordes de lo que va a servir como herramienta de consagración para que los católicos comulguemos. ¿Cómo he llegado a tener esto frente a mí? Es, quizás, nada más que el reflejo de exactamente lo que estoy sintiendo. Tan débil está siendo mi convicción en definir cómo voy a exprimir un año más de vida, que he sido arrastrado por la corriente (o bien el Espíritu Santo) a un convento, donde muy amorosamente, me regalaron vino, galletas y una bolsa de aquello que sobra en el horno al construir las formas que van a ser consagradas.
Quisiera poder construir una metáfora irónica de esto. Algo como, estoy en tan poca gracia con Dios, que en lugar de merecer la infraestructura de su cuerpo, solo merezco los planos. Alguna ironía como, es para mí, todo aquello en el mundo excepto exactamente Él.
Podría continuar toda la noche. Tratando de entretener mi cerebro para dejar de pensar en blanco y negro, en lluvia y ruido.
Toca pararse a pretender ser feliz de nuevo, a sonreírle a una vida que no me sonríe de vuelta.
Where am I if I’m not back in town anymore. What’s town anyway?