Pero ahí seguía ella, observando con tanto recelo su propio reflejo que con ayudaba de las tan inmaculadas lozas podía seguir admirando, no se parecía ni un poco al desastre que años atrás causó estragos en más de un lugar, no se parecía ni un poco a la problemática fémina que sólo era cruel para alejar a los demás de su corazón, pues de esa manera nadie podría romperlo, no otra vez. No era una mujer nueva, jamás caería correctamente en el camino que los Smart desde un principio esperaron por parte de ella al tomar el trono, jamás sería lo que Atenea quería ni mucho menos lo que Hades necesitaba; era más grande que aquel lugar, era más cruel que su mismo padre, era tan débil como una fiel chiquilla que creía en promesas, era tan fría que por tan sólo tener su presencia se desatarían tantas sensaciones que te invitarían a la locura, a una en la que Amelia Strandford podía empujarte con una agridulce sonrisa condecorando sus carmín. Eso era ella, jamás fue un sueño pero tampoco una pesadilla, luchaba contra realidades que amenazaban a su persona, el tiempo se escondía en su mirar, aquél que era el único que relataba la realidad de sus años. Con tanto vigor estaba dispuesta a enfrentar y eliminar lo que estuviese amenazando su hogar, manteniendo aquella posición sin ser buscada, aquella que recordaba a la perfección que ella seguía siendo una guerrera, no exactamente la más honorable, pero siempre la mejor de todas. Sin embargo, toda fortaleza, todo orgullo, se vio destronado por la inocente criatura que lloraba cada noche el nombre de una sola persona, que temía que en cualquier momento la alejaran de todo por simplemente no ser digna, por huir a su verdadera realidad. Un suspiro suplicante brotó de sus labios en cuanto tal voz se encargó de empujarla años atrás, muchos años atrás si somos más exactos. El ardor de lo que fue su gran amor lo saboreo con tanta desdicha, sintiendo hasta sus piernas flaquear como si fuesen el primer día. Para él, siempre sería una cría que cayó profundamente enamorada, para él, siempre intentaría ser lo mejor, para él, siempre se aseguraría de ser la única que era dueña de su amor y atención. “Eres un descarado.” Soltó una vez se encontró con él, finalmente. El carmín que surcaba sus avellanados huyó en el primer instante donde demostró debilidad, sintiendo hasta la confusión del rubio tras ella, aquel mismo que estuvo a nada de interferir en el encuentro de no ser por el alto que le dio la ojiverde con un simple ademán con ayuda de su diestra, siendo hasta señal suficiente como para que todos desaparecieron de esa habitación, menos aquellos amantes. El recelo y la duda teñían momentáneamente su mirar al igual que sus pasos, tan ansiosa y tan temerosa de sentir el tacto de él nuevamente, sin importar que a la mañana siguiente la dejara a su suerte, cada día más dependiente de su amor. Nuevamente alzó su diestra, acercándose finalmente hacia él; su furia le jugó una mala y lo que casi fue una caricia se convirtió en una bofetada que con fuerza acertó en la mejilla del masculino. “Eres un VIL mentiroso, eres egoísta. ¿Quién te crees que eres, Collin Rose? Apareces sin más, tomas lo que quieres y a los días no apareces más. Me cuesta creer que realmente piensas en otra persona que no seas tú.” Su voz se quebró, pero no se permitió romperse, no lo haría, no ésta vez, no ahora. “¿Vienes a pintar nubes en el cielo, gran embustero? ¿Vienes a jurarme amor para luego dejarme perdida? ¿Vienes a robarte mi aliento?” Relamió su labio inferior, su cuerpo quemando, ordenándole para que fuera a fundirse entre sus brazos, como uno solo, alma con alma completamente desnudas, pues le pertenecía por completo a aquél que jugaba y provocaba lo peor en ella. “¿Qué quieres de mí ahora? Dudo mucho que te lo pueda dar, tú tienes todo.”
La furia inédita de la rubia le sujetó las entrañas, y saboreó todas y cada una de las agrias palabras que en su centro mantenían el tono dulzón con el que tanto estaba familiarizado. Pues en cuanto Amelia Strandford y Collin Rose pisaban el mismo terreno, la tierra misma se sacudía, el cielo se fundía con aquel mar inquieto y sujeto a los cambios de ambos predicadores del amor, quiénes siempre, se hablaban entre líneas; ante gestos, miradas y ademanes, ambos sabían bien lo que sentían, pues al borde la destrucción, la calma se extendía como consolación por lo perdido en cada momento en el que sus almas se fundían con el destino, una y otra vez. El rubio había luchado día y noche, había dado paso por paso a través de las tierras lejanas para poder llegar a ese lugar, donde, se suponía sería su hogar. Pero, ¿Realmente lo era? ¿La chica tan peculiar con la que había jurado amor eterno por más años de los que se podían recordar habría de ser un lugar al cuál siempre podría volver? Aún cuando noche tras noche, había faltado a su hogar, y los frutos del amor encarnados en sus seis hijos habrían de tener un futuro desconcertado para el ojiverde quien, a excepción de Matt no tenía contacto con ninguno. Incluso con la mayor de todos, Melody; ¿Aún recordaría a su padre? Aquella familia ya preestablecida, a la cuál Collin no había seguido al criar, era desconocida para él. No era una sorpresa que siguieran los pasos de su madre, en lugar de los del mismo rubio. Su corazón palpitó inseguramente, ante la rabia que se extendía a través de ambos, el pasado... Las mil y una noches en las que no habían estado el uno por el otro. “¿Por qué no hablas de lo que tú te has llevado de mi?” Murmuró suspicaz, con la lengua enaltecida por sus mismas premoniciones, pues esa misma locura a la que le transportaba le sabía igual que en años anteriores, justo cuando aquella mano que había sido estrechada contra su propia tez en miles de ocasiones ahora se volvía en su contra, ocasionándole ardor en la piel, a pesar de que aquel gesto, incluso era amable en la rubia. “No ha existido un solo momento en que no te tenga presente, en que no te presienta; hay noches en las que más te siento a mi lado, mañanas en las que juraría que nos reencontramos en sueños. ¿Qué si vengo a pintar su cielo de nuevo? Ojalá fuera como antes, como yo te recuerdo, te recuerdo como lo que fuiste, la mujer de mis días, de mis tardes, de mis noches, aquella pelirosa con la sonrisa más bonita, con los hoyuelos más sublimes… Te recuerdo como mi viejo amor… Como el amor de mi vida. ¿Aún lo eres? Bajo toda ese orgullo con el aún quieres que quede postrado ante tus pies”. A medida que el Dios lograba que sus palabras fuesen proclamadas como si fuese un canto divino, rondaba a la rubia, cual destino encerraba a quien lo nombraba, y a cada paso, sus labios se acercaban cada vez más a sus oídos, viviendo en carne propia aquellos sentimientos que le erizaban la piel. “Recuerdo el otoño en que nos prometimos la primavera. Aquel seis mis manos dejaron de pesar dos mujeres, quedando libres para dibujarte las sonrisas que desde entonces calzas. Recuerdo ese otoño como si hubiera sido ayer. El invierno que asolaba agosto, como por el encanto de una gentil sonrisa, de pronto comenzó a volar; extendió sus alas y emprendió el vuelo a otros brazos. Ahora sólo un azul celeste cubre mis lagos, y pajarillos de verde esperanza vuelan por mi cielo. ¿Y tú dime... Lo recuerdas?”














