Érase una vez una pedida de mano
La idea me llegó de repente un jueves del año pasado, contemplando la soledad de mi calendario de los días siguientes y la novedosa falta de iniciativa que me estaba atacando por esa época. Creo que uno decide casarse porque algo de romántico, ridículo y loco le queda, pero sobre todo porque llega ese segundo que uno siente que la tranquilidad personal de nada sirve si no es compartida. Es también un acto de peculiar tortura masoquista, porque la dimensión del despliegue logístico, los compromisos nuevos que salen de la nada y la gente que le pregunta a uno por el pánico mediático, escénico y neurasténico, sólo se puede comparar con la invasión a Iraq. La gran mayoría le sonríe a uno diciendo ‘¿Mucho miedo?’ Esos se dividen en dos categorías; los que ya lo padecieron casándose y los que ni siquiera se lo imaginan (descubrí, por ejemplo, que el que tiene ganas de dar el paso no dice ni pío). Miedo la verdad no se si tuve, pero pues como dicen; bruto pero decidido, aunque me estoy adelantando.
Si a alguna le reviento la burbuja con lo que voy a revelar, me disculpo de antemano, pero siempre he creído que entre más complicada y monumental sea la pedida de mano, mas profunda y amplia es la confesión que se le hace a la futura esposa de la capacidad de mentir. Yo solo veo como hay algunos que logran implicar viajes con titánicas piedras colgando de nuditos metálicos, otros incluyen pólvora a la que finamente llaman pirotecnia cuando el presupuesto alcanza porque creen que les va a salir mejor que una escena de Hollywood, otros alistan músicos y pancartas, a todos ellos los felicito y deseo que esos dotes de sorprender siempre sean usados en pro del amor y compromiso que profesaron o piensan profesar. Yo la verdad para ocultar cosas o alistar sorpresas me reviento, en eso soy como el niño chiquito que se cagó pero no es capaz de decirle a nadie así que se esconde detrás de una puerta, a mi la cara de noticia por suceder me trasciende. Por eso no juego Poker, pero por lo mismo soy excelente publicista, porque todas las sorpresas de mis clientes me emocionan como un pendejo, cosa que hace que me esfuerce el triple porque salgan bien.
Comprar el anillo para mi fue un suplicio, pues últimamente no ando con mucho tiempo disponible y hallar el momento para hacerlo a escondidas probó ser una tarea monumental. No fui a la joyería de mis amigos por miedo a que se enteraran antes que yo de alguna sorpresa, tampoco pude ir a las tiendas que frecuentan las amigas de Bambi porque luego lo reconocen a uno, así que me tocó sacrificar varias horas de almuerzo, valerme del apoyo de ‘El Diego’ y cruzar los dedos para que el criterio unido de los dos, él por whatsapp y yo haciéndome el marica en las tiendas, llegásemos a la argolla que fuera lo suficientemente atrevida para llamarse de ‘ensueño’, pero ojalá con dimensiones y presupuesto de ‘despierto’.
Al sobrepasar ese primer reto quedaba encontrar el momento para la pregunta, por mi hubiera sido esa misma noche, pero yo sólo me imaginaba a las Bambi amigas diciendo “¿De verdad se te declaró un martes?” así que decidí aguantarme. Cuando llegaba el final de la semana empecé a sufrir de angustias existenciales, a revisar los momentos mas románticos del cine para inspirarme, preparé el discurso interno de todo eso que Cary Grant dijo mejor que yo sintiendo lo mismo, compré unas flores que nunca entregué porque me parecieron demasiado simples, en unos papeles de colores empecé a escribir unas promesas de momentos y sueños bonitos, con la idea que la pedida de matrimonio fuera como una encuesta de satisfacción, después fue el trancón eterno para llegar a la casa. Abrí la puerta y ¡SAS! había un aquelarre de viejas reunido en la sala porque a no se quien le habían dicho ni se cuantas. Con el primer fallo regresé al tablero y la siguiente noche alisté una botella de vino, puse una película lo suficientemente moderna para que no sospechara nada. Quiso el destino que esa noche ella tuviera inicio de gripa y quien sabe que se había medicado porque el vino le pegó como un cacharro y a la segunda copa quedó noqueada en un sopor auspiciado por Benadryl. Como la tercera no iba a ser la vencida hice reservaciones en tres restaurantes diferentes, en todos dije que iba a declarar esta vida y la otra para que alistaran la noche de mi vida, fui a buscarla con el pecho hinchado, pelo parado y el corazón en ‘Stop’. La encontré disfrazada con una sudadera, taza de chocolate caliente en la mano y control en sex and the city en la otra. Respiré profundo, miré al techo como si alguien se estuviera burlando de mis pretensiones, por esa época únicamente conocidas por sus padres, quienes después de una emotivamente incómoda llamada habían dado su bendición.
“Si no te arreglás en 5 minutos vamos a ir a comer como estés vestida” Dije ridículamente como macho alfa de telenovela mexicana mientras anticipaba la reacción funesta justo mientras soltaba la última palabra. Alcancé a rezar el rosario mientras ella me miraba…
“Ok” ¡y fue a cambiarse! Como un milagro había funcionado la actitud de macho cabrío. Cuando regresó me dijo “Pero italiano no quiero, sushi tampoco… y ahora que lo pienso, tampoco quiero nada raro” De un solo totazo eliminó del radar los tres restaurantes que tenía reservados. El anillo me estaba abriendo un agujero en los nervios, la tensión en el ascensor la disimulé con una sonrisa pendeja y cuando me preguntó si me sentía mal le eché la culpa al cansancio. En el carro la radio conspiró para no tocar una sola canción que valiera la pena recordar, y me fui como volador sin palo con reggaetón a todo volumen (con la idea que eso distrajera de la conversación) en camino a un restaurante de lo más ‘pupi’ en la zona g de Bogotá. Esa estrategia no tuvo inconveniente porque Bambi bailó como en una discoteca y llegó con el ánimo en climax. En el restaurante se acordó que tenía gripa pero fue demasiado tarde porque yo pedí una botella de champagne y le pasé la primer serie de papelitos de colores. Yo le atribuyo a la dopada de días anteriores que ella creyera que se trataba de un nuevo juego sexual y empezara a darme ideas para futuras ediciones, pero no nos desviemos.
La comida fluyó con armonía y antes del postre fui a hacer la pregunta pero la silla era muy pesada y el espacio muy pequeño, cuando ella me preguntó que hacía yo no iba a contestar “intentando arrodillarme, esperame un ratico” así que me hice el que estaba recogiendo la servilleta del piso y entregué un ultimo papel que decía ‘¿Te quieres casar conmigo? [ ] SI [ ] NO’
Mientras pasaba el trago de saliva más espeso de mi vida, saqué la cajita del anillo que había escondido en el bolsillo de la chaqueta y dije “brEenm mmm safffffsss bbbn ¿mmm?” queriendo decir “eres la mujer de mi vida, cásate conmigo amor” y ella, que sabe traducir el Santiago al español sin problema, me dijo con un par de lagrimitas “si”, mientras se ponía la ‘rock on the finger’. En un postre que nos sirvieron de mantel la cocinera escribió gigante ‘DIJO QUE SI’.
A CONTINUACIÓN UN AVANCE DE LA EDICIÓN DEL PRÓXIMO VIERNES
Mofongo y las pestañas perdidas…
La historia de cómo me casé
“Gordito pero bonito” es lo que pienso hoy en día cuando me van a sacar fotos, antes pensaba “James Bond me queda en pañales” pero esos putos recuerdos de Facebook sólo me muestran como una gigantografía en construcción, así que me tocó permutar el ‘matador’ por el ‘bonito’. Para los que leen este blog, cuando uno se casa, le toca asistir a uno a unas reuniones que rayan en lo idiota pero colindan muy de cerca con lo emocional, por eso no se pueden evadir. Y a todas ellas tendrás que posar como un huevón como si te estuvieran sacando una foto importante. Tuve que sentarme en una conversación de una hora sobre la variedad de las flores, un mes entero de si polvora o no polvora, todo antes de definir siquiera fecha o lugar.
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