Hace dos horas la mentirosa compulsiva miraba por la ventana, con el cigarrillo en mano y con una suculenta seca que su ex le había regalado. Ahora yace boca abajo, tirada sin vida, sin pizca de gracia en su inerte cádaver.
El gato que maullaba en el tejado ahora busca por comida, mira a su dueña, débilmente ahogada en su plato de agua. Le muerde la cabeza para quitarla de en medio, no hay caso, hace mucho perdió la voluntad de moverse.
Ahora quien le dará agua, quien le alimentará, dónde encontrará otras manos que le amasen la cola y le entibien las orejas. Piensa en la última vez que la vio, tuvieron una corta conversación.
“¿Crees que alguien de verdad me extrañaría?” Preguntó antes de inhalar su último cigarrillo.
El gato reflexionó un poco sobre su respuesta, se paseo en la barandilla del balcón y finalmente respondió: “Yo lo haría”
La dueña soltó una risa “Ya estoy perdiendo la cabeza”. El gato refregó su cuerpo contra aquellas delgadas piernas cubiertas de mezclilla y se marchó.
Ahora se encuentra con su dueña muerta que no lo deja beber agua. Está sediento, no recuerda la última vez que sentía tanta sed. Maulla con fuerza, una y otra vez, maulla hasta que la muerte lo escuche y se lo lleve junto a su dueña.
No puede beber agua, no puede ser acariciado ni alimentado y si no puede tener lo único que tenía en su vida, entonces ya no tiene vida.
Sus nueve vidas fueron arrebatadas por alguien que creyó que sería buena idea dejarlo deshidratarse. Sigue maullando y arañando el cuerpo frío como el hielo.
Los gatos vecinos le dicen que deje de gritar, pero él les explica que no puede porque tiene sed y siente que le arrebatan el alma del cuerpo. ¿Qué será de él ahora? Sin beber agua limpia, tendrá que recurrir a vagar por las calles rogando que algo caiga de los balcones, dormir en cajas de cartón abandonadas y buscar comida en basureros.
Se niega a caer en esas bajezas, él no puede simplemente dejar este estilo de vida. Obligará a su dueña a revivir y alimentarlo, porque era su deber y debió pensarlo antes de quitarse la vida.
Corre por el pequeño departamento, buscando algo, solo algo de agua. Una gota que pueda saciar su espíritu, ya no puede seguir viviendo sin beber agua.
Encuentra botellas repletas, pero no puede abrirlas, al igual que los grifos. Termina llorando y finalmente se rinde, no será un callejero, prefiere morir junto a su dueña ahogada en su platito de agua.
Se recuesta y comienza a dormitar. No siente miedo de morir, prefiere cualquier cosa a no volver a tomar agua en su vida. Sus ojos se van cerrando hasta que escucha el ruido de la puerta. Sus orejas se ponen alerta y por inercia intenta despertar a su dueña. Es inútil.
La puerta se abre y entra su dueño ¡Su dueño! ¡Olvidó que tenía uno! Su dueño grita y el gato también grita.
“¡Aun me quedan ocho vidas!”