Tal vez sea porque escucharles me teletransporta a mi habitación de adolescente, cuando todo era fácil y eran mi banda sonora diaria. Cuando echaba de menos a mi hermana cada día porque estaba viviendo en Miami. Cuando no había más complicaciones que estudiar historia o geografía de segundo de la ESO y un martes cualquiera me acompañaban, mientras mi madre preparaba la cena y mi padre llegaba de volar, cuando la vida era eso, mi minicadena sonando en bucle con sus canciones. Cuando no existía nada más preocupante que los nervios de que un chico me hubiera dicho que le gustaba, nada más nuevo y poco deseado que la llegada de la regla, ni nada más ilusionante que las ganas de volver a coger un avión para ir a visitar a mi hermana.
Tal vez esa niña que se había mudado 2 años antes a otro pueblo, a otro cole, a otra vida, que había empezado de cero, que empezaba a sentir cosas nuevas y a descubrir rincones dentro de sí misma por primera vez, se sentía arropada x la voz de Amaia, por esas letras que tenían un gran sentido y hoy tienen otro más grande aún.
Tal vez es que las canciones no cambian pero nosotros sí, y ayer me encontré con mi niña de 13 años, cara a cara. Porque el tiempo no ha pasado solo para Amaia, ha pasado para todos los que crecimos con ellos, para todos y cada uno, ella ha vivido un infierno durante años, y los demás hoy somos otros q nunca nos habríamos imaginado. Hay quien sintió el primer amor, quien salió del armario con sus canciones de fondo, quien tuvo las primeras decepciones y también los que en esos años conocieron a los que se quedarían para siempre.
Ayer mientras la escuchaba y la veía con su cara de felicidad, nervios, inocencia, fragilidad y vulnerabilidad, no podía ver otra cosa que un ser humano brillando, reconectando con lo que fue, reconstruyendo sus trozos, entregándose a los que estuvimos ahí 30 años atrás, y me di cuenta de que todos los demás también lo estábamos haciendo mientras saltábamos, porque algo dentro de nosotros les debía un abrazo de bienvenida, de reencuentro y de haber echado de menos a nuestras versiones pequeñas. Nos acompañaron en nuestros años de transformación de niño a adulto, en los años que la vida todavía no nos había enseñado su cara fea y dura, en los años en los que nos emocionábamos con historias pequeñitas que para nosotros lo eran todo. Y ahí estaban ellos, poniéndole ritmo, letra y melodía a esos años.
Ayer esos ritmos, esas letras y esas melodías volvieron a entrar dentro de mi. Ayer respiré alegría, cariño, nostalgia y admiración.
Y me lo pienso quedar para siempre.









