Tocas a mi puerta insistiendo pero das media vuelta sin esperar a que te abra.
Miras incierta el «no sé quién soy» de mi cinismo; queriendo ternura pero La Verdad no conoce esa palabra.
Ahora mismo sin premura, esa es la respuesta. Con honestidad: eres la primera a quien lo confieso.
Piensas que la vida del que admite su ignorancia carece de dirección y va sin rumbo. Tienes esa falsa arrogancia de quienes desconocen los límites de su propio mundo.
Capitán de vuelos en picada, bombero incendiario de profesión. Desabrocho y tirando al suelo el uniforme te lo digo: hago lo que no me dicta la razón.
No sé quién soy. Pero sé estar perdido.
También sé hacer algo más difícil: declarar «no lo sé»—por si no me has entendido—.
Tendremos versiones que nos den satisfacción, mas ponerse una careta es meterse en laberintos. Y tú lo que propones es fiesta de disfraces, no una relación.
—Por debajo no somos tan distintos—.
Para ti es que me la quito, y mostrarme frente a frente:
Llagado, hambriento, invencible, resilente.
Miras las estrellas, mas ninguna refleja la que no eres.
Hoy puedo decir estuve contigo, y con todas ellas: las que anhelas y prefieres…
¿Yo?, pues ya no soy sólo lo que soy.
Soy entre tus pestañas y para tus ojos, pero preguntas con demasiadas miradas y carezco de respuesta para todas.
Dicen los filósofos que sólo somos lo que hemos sido.
Borges decía que somos lo que hemos perdido.
Yo digo que juntos somos lo que podemos ser.
Te perdí…y te perdiste, creyéndome perdido; extraviados en un futuro incierto.
—El triste crucigrama ya resuelto que tampoco revela quién perdió a quién—.
Continuas mirándome y, entonces digo: ¿por qué me miras como si no hubieses entendido? ¿Te conoces a tí misma afirmando, al mismo tiempo, no conocerme?
Pues vaya; quién soy, no lo sé.
¿Qué soy?, puede, quizá, que sí lo sepas, esculcándole sin freno ni compasión junto conmigo.
La piedra arrojada que al esconder la mano te quiebra la voz.
El frío húmedo en tu cama, que no cesa ni cambiando de colchón.
La sonrisa en tu boca que transforma tu cara en un cuadro psicótico.
El mareo días después de haber escalado hasta la cima de tus miedos.
La cortina de humo, que abriéndose le reveló a tu rebeldía que sí añoras casarte de blanco.
El semen que bebiste alguna vez, sin prescripción, para remedio de esa recurrente curiosidad.
La estrella fugaz que no cumple ningún deseo. La oscuridad que cae, noche tras noche, en el tejado de tu frustración.
Tus zapatos favoritos, que nunca te quedaron, con los que caminaste leguas de empatía.
El agua contenida a la mitad del vaso.
Tu goce inquieto, culposo, hereje, grotesco.
El cambio de fe por el que tus viejas amistades se apartan de ti creyéndote sectaria.
La moneda que se lanza pidiendo cara o cruz pero increíblemente cae de canto.
La espada de doble filo, sin empuñadura, con la que tratas de arreglar tus problemas poniéndolos
El dolor lírico, impalpable, plasmado con todo el sentimiento en una servilleta con tu rimel.
La mentada de madre, más encarnada y entrañable, que
ha brotado desde el epicentro de tu hermosa sensibilidad.
El hematoma de colores que deja un golpe de suerte.
La lupa con la que escrutinas las imperfeciones en la piel de las máscaras que usas a diario.
El globo negro de tu amiguita imaginaria.
El dildo color arcoíris de tu feminismo lgtb.
El brazo formal acompañando a la dama que detestas ser a las bodas de tus amigas.
El poeta que escribe cuentos para leértelos en otras camas… con otros rostros, y otros cuerpos.
La resaca interminable de una madrugada donde mezclaste tragos de realidad y fantasía.
El abrazo por la espalda que te cura la tristeza a traición.
La paloma de la paz incendiándose.
La conciencia mordiéndote y chupando, la que escuece haciéndote reír y llorar al mismo tiempo.
La puerta por la que, asomándote por la mirilla, espiabas la intimidad de las mujeres que se acercaban demasiado a lo que proclamas tuyo.
La sangre, que esperas impaciente cada mes, y a veces, la que te brota después de un beso salvaje.
El rechinar de dientes de tu padre.
Un alcahuete de tu hermano menor.
El grandísimo cabrón que tu madre no se puede ni imaginar.
La fotografía sonriente en tu buro que te seca las mejillas del llanto.
El peine que acaricia y desenreda tus ideas mientras hablas hasta quedarte dormida.
La estación de radio que transmite recetas para lograr hundirte en la más profunda nostalgia.
El tren que viaja lentamente haciendo tres escalas en tus perversiones antes de llegar a la grieta del corazón.
Las vacaciones cinco estrellas en cualquier motelucho para un día del puto carajo.
La antorcha con la que desciendes a las grutas escondidas en donde habita lo más salvaje de ti.
El mesías de luz que te guía dentro de un catálogo de vídeos porno.
La cena que sin importar la hora que llegues te espera tibia para saciar tu exigente apetito emocional.
Los pupilentes que no sueltan tu mirada y descifran tus intenciones antes de que digas la verdad.
La hoja que te corta cada que tratas de darle vuelta a la página…
Ese gesto de tu cara dice que me reconoces.
Sobre tu careta podría besarte y decirte tantas cosas… pero,
no sé quién soy, sólo sé cómo me llamo.
Y espero te sea suficiente.