Entre un viejo anhelo y una cruda realidad...
Hoy me descubrí en un rincón inesperado de mi propia vida.
Fui a una tienda de un shopping solo a cambiar una prenda.
Nada más rutinario que eso.
Pero mientras esperaba, terminé sentada en los bancos de los probadores, entre dos mundos.
A un lado, los pasillos de ropa para recién nacidos, con esos diminutos gorros que parecen guardar el secreto de la ternura; al otro, las prendas de niños que ya corren, gritan, se ensucian, viven con toda la intensidad de los primeros años.
De pronto, un deseo antiguo me atravesó.
Volver a ser madre, sentir otra vez la fragilidad cálida de un bebé en brazos, comenzar una historia nueva.
Por un instante casi pude oler esa mezcla de talco y piel que solo un recién nacido tiene.
Pero inmediatamente, la realidad me golpeó.
Pensé en este país que amo y que, sin embargo, tantas veces me desgarra.
En la pérdida de valores y códigos, en la educación que se resquebraja, en la violencia que parece naturalizarse, en la injusticia que otorga más derechos al que daña que a la víctima.
Pensé en cómo lo que antes era anormal ahora parece lo normal, y lo que debería ser normal se ha convertido en un lujo.
Ahí comprendí lo que tantas veces he sentido, que renunciar a la idea de volver a ser madre no es una derrota, sino un acto de amor y de conciencia.
Por este país, por la vida que ya existe, por todo lo que estamos viviendo, hay cosas que no podemos forzar.
Traer una vida nueva aquí sería exponerla a un mundo que no siempre protege, que no siempre enseña, que no siempre cuida.
Siento que estamos involucionando, y que esta vez no hay retorno.
Hay caminos que no se deshacen, decisiones que marcan un límite.
Y aunque duele aceptar que algo que deseé profundamente no será posible, reconozco que esta renuncia también es un acto de madurez y de amor, elegir proteger antes que arriesgar, sostener antes que crear, cuidar antes que ceder a un deseo.
Salí de la tienda con la misma bolsa con la que había entrado, pero no era la misma persona.
Me acompañaba un silencio hondo, una tristeza que no es desesperación sino verdad.
Y en esa verdad habita, paradójicamente, toda la ternura que aún puedo dar, toda la claridad que me deja seguir caminando, y toda la humanidad que aún llevo conmigo.