—¿Cambiarías algo de tu vida a estas alturas? —le preguntó Michelle.
—No —respondió Layla.
—¿Entonces estás conforme con lo que eres?
—No se trata de eso —dijo Layla—. Simplemente sé que puedo estar bien así como estoy, pero si mañana las cosas pueden irme mejor, sabiendo algo nuevo, vaya, lo acepto. ¡Bienvenida nueva maldita experiencia!
—Sin embargo, vas como medio rota por el mundo, cariño —admitió Michelle, saliendo de la habitación.
Layla miró a través de la ventana. Una mata de flores amarillas colgaban de unas varillas de acero. Había recordado algo, pero no estaba segura de que fuera necesario contarlo. Soltó una bocanada de humo, y cuando pudo ver a través de las sombras grises del cigarrillo, encontró a Michelle paseándose de nuevo por todo el cuarto.
—Un día estaba frente al espejo —contó Layla entonces, decidida a soltarlo—. Estaba cosiendo mis alas como una chiquilla que se recupera de una desilusión amorosa.
—¡Ya te puedo imaginar! —rió Michelle— ¿Eras una adolescente?
—No, no, no. Ya estaba en la maravillosa y confusa época de los veinte.
—No ha pasado mucho tiempo.
—Lo sé—respondió Layla—. Me sentí muy débil, ¿sabes? Profundamente separada de todos y de todo, como aferrada a un montón de inservibles plumas. Y mientras me sentía cada vez peor, llegó un momento en el que comprendí de golpe que las cosas más importantes de mi vida podían romperse de un momento a otro.
Desvió la mirada otra vez hacia las flores que colgaban en el otro edificio. Continuó diciendo:
—Fue tan difícil aceptarlo. ¡Diablos! El mundo podía mil veces dejarme sola. Sentí vergüenza de que las cosas fueran así, de que los demás tuvieran ese poder sobre mis sentimientos. Así que decidí tirar esas malditas alas rotas a la basura y andar mutilada. No necesitaba un par de alas. Estaba segura de eso. No quería romantizar mi vuelta a la vida luego de los vómitos y las caídas y las borracheras, en fin, no necesitaba eso ni a nadie más. Si alguien iba a quererme, me dije entonces, no me encontraría vulnerable, aferrada a un par de inútiles alas que solo me habían servido para maravillar al mundo antes que a mí misma.
—¿Y te fue bien?
—Super bien —dijo Layla—. No necesito nada más que mi cuerpo y mi imaginación para volar cuando me de la puta gana.
—Si eso te hace feliz, supongo que está bien —dijo Michelle.
—¿Feliz? Michelle, la felicidad no llega por tener o no tener un par de alas, la felicidad es tan rara que se posa sobre un borracho lo mismo que sobre un hombre de bien. El problema, como siempre, está en no saber qué hacer con ella.
—Tienes razón, querida. La felicidad es, como diría la Zúñiga, un hombre con un pene grande que cree que con tan solo tenerlo es suficiente. Ojalá la felicidad supiera que necesita moverse y hacer el amor con nosotras y no quedarse simplemente ahí parado como una erección inútil.
Layla derramó un poco del trago sobre la blusa. Brindó con lo que le quedaba y luego dijo:
—¿Sabes una cosa, Michelle? Aun cuando ni siquiera yo pudiera considerarme mi mejor compañía, ninguna otra persona volverá a tener las riendas de mi propia vida.
—Salud por eso, querida —dijo Michelle.
—Salud —repitió Layla.
Autor: Gian Franco HuacacheLibro: Cinco secretos