piensa, durante un instante, que podría encontrarse a sí misma en el reflejo de la mirada de dani. especulación que le provoca una sonrisa sincera y que la piel le hormiguee. no es que no estuviese acostumbrada a atenciones masculinas, pero él es diferente a los chicos que comúnmente orbitan su vida, no forma parte de los magníficos y aburridísimos egresados de la ivy league o de los empresarios herederos que llevan signo de dinero en lugar de ojos o de los artistas sensibleros que le escriben poemas con manos temblorosas, daniel Covarrubias espectacularmente impredecible y desconocido. —¿en serio quieres derrochar el resto del día siendo un nómada con una chica a la que acabas de conocer?— no intenta esconder picardía viciosas en su tono de voz, como cualquier otra persona, con menos modales, echaría un bufido y pondría la mirada en blanco y echando un; ¿en serio no tienes nada más que hacer? ¿en serio no te importa nada más?. aun sí ha sido ella quien lo mencionó. —¿sabes jugar siquiera?— trata de imaginárselo ahí, en la cancha artificialmente verde dentro del club campestre, solo practicando a la sombra y brisa de los frondosos árboles, como todos lo hacen, ella y el resto de los riquillos, con el suéter de cachemira atado a la hombros e irguiendo la raqueta hecha a medida como una medalla que prueba su valor en el mundo, dione es, sobre todo, consiente de que se trata de una estupidez y, a pesar de ello, disfruta del espectáculo como ningún otro y se divierte un montón. concluye; a él no puede vislumbrarlo en el epicentro de ello, ni siquiera en la periferia, ni siquiera por equivocación. —¿sabes que es verdaderamente tenso? jugar a las cartas— que, además, le parece factible, y no es que este tratando de influenciar su decisión, por lo mismo, se yergue en el asiento, enderezando la columna e inclinándose hacía adelántate, acostando el vientre contra el borde de la mesa. —podemos jugar a lo que tú quieras, dani— frase que lleva la entonación susurrante, despreocupada, propia de alguien que es consiente; va a ganar de cualquier forma. tal vez dione solo quiere que él sepa, si es que no se dado cuenta por sí mismo, ella no es una persona de complacencias sencillas.
capta la taciturna contemplación. a dione le encantaría saber si el español es simplemente así o si ella sirve como catalizador para los pensamientos, le encantaría que existiera alguna forma de abrir su cabeza como un libro y darle una ojeada a las contemplaciones de su mente, sobre todo si son referentes a ella, sí él la considerara una chica adinerada perfectamente complacida con su existencia superficial en el mundo, o, por el contraría, de esas personas que le huyen a las exigencias de ese estilo de vida y son fastidiosamente miserables, entonces podría decirle que no es lo uno ni lo otro, pero, a pesar de sus jactaciones y proezas en el campo, aun no cuenta con la habilidad de leer mentes. así que, en su lugar, con algo de gracia, cuestiona: —¿podrías dejar de mirarme de esa manera?— una risilla afable acompaña las palabras. entonces acomoda la rodilla entre el espacio de sus dos piernas y la otra por el exterior, le da igual si nota el estremecer que provocan sus roces, en ese baile complicada en que han decidido enfrascarse, sin embargo, prefiere mantener un poco de compostura, mientras siente el rostro arder y su risa le hace cosquillas en los oídos. y ahí, con las piernas y las manos enredadas, al tiempo que ella junta sus palmas con las de él y entrelaza las falanges, como haciendo trenzas, se pregunta si, en caso de haber aceptado, en el dormitorio la sostendría de la misma forma, si le besaría el cabello y el rostro y seguiría su trayecto hacía bajo, y más abajo, hasta terminaran explorando todo lo que hubiera para explorar. dione no es una remilgada, no obstante, los pensamientos le provocan una timidez cándida, le preocuparía si no supiera que es bonita así, con la piel sonrosada, la mirada encendida y los labios apretujados. y no teniendo para nada las cavilaciones adecuadas de una charla de sobremesa, se empecina a, al menos, no hacerlo tan evidente. —deberías contarme por qué tienes tantos de estos— en referencia a los tatuajes, y durante un instante juguetea con sus dedos, de la misma forma que él los ha acariciado antes.
—la próxima vez, podríamos ir a cenar— ofrece, ahora con el descubrimiento de que ninguno disfruta particularmente del café, que le parece absurdo y encantador, que ni siquiera se conocieran de esa forma y han encontrada, aun así, una excusa tan tonta para pasar un rato juntos. a lo siguiente, un semblante ensimismado se apodera de ella, suponiendo que debe echarle la culpa a la barrera de del idioma, de las costumbres o quizá sea un algo cultural, pero sin entender del todo le pregunta; —¿no piensas en madrid como tu casa también?— ¿o era barcelona?, ¿o sevilla, quizá?, no lo sabe, en realidad, la localización no tiene mayor importancia, ella sí que piensa en seattle como su casa, su hogar, le parece que ha pasada exactamente el mismo tiempo adormilada en la sala de estar la mansión familiar que corriendo por el muelle y empapándose los pies en arenas blancas de la costa. el juicio que le presenta dani esa mañana resulta un completo misterio. y como si no fuera suficiente, la pregunta que quiere formular en realidad es por mucha más complicada de responder. no existe una forma de explicarle que, los extraña profundamente, extraña lo que era antes de que ella se enterrara de los secretos, y todo lo que pensó alguna vez, de lo que estuvo orgullosa, se desplomara y ella se quedara si nada, que esta segura de que en el momento en que tenga vuelta y pasara la noche en la antigua residencia su madre aun le peinaría el cabello con los dedos derrochando devoción, preguntándole entusiasmada qué es lo que quiere hacer ese día, si se ha divertido estando lejos, y su padre le prepararía una plato de fruta para desayunar, acomoda con esmero las rodajas y trozos, demasiado preocupado por sus malos hábitos de saltarse las comidas, y la amarían un montón, y ella intentaría olvidar que en realidad los dos personas terribles, que los odia por haberla engañado, por hacer creer algo tan distinto a la verdad, y entonces tendría que pasar tiempo con sus hermanos, ajenos a todo lo que ella sabe, alegres, dichosos, sonrientes, y los envidiaría y odiaría, la única verdad siendo, es que los ama demasiado. como consecuencia, mirándolo perplejo, entona la unirá respuesta que puede darle, real y verdadera; —por supuesto que le extraño— ¿y cómo se te ocurre pensar en algo diferente?.
en fin, procura que los pensamientos aminen, falta de deseos de experimentar una crisis existencia a vista de alguien que no esta al tanto de su situación, cree que él no lo entendería, si es honesta, duda que alguien que no hubiera experimentado eso mismo lograse entender, y para bien o para mal, recuerda con un sentimiento agridulce, ella ya encontrado a esa persona que lo entiende. luego, cuando escucha lo siguiente, reconoce, con cierta culpabilidad, que debe agradecerle a dani, por hacerla reír, por dejar en evidencia lo poco lo que la conoce en realidad y dejarle entrever la percepción que tiene de ella. cuando su risa cesa, contrae las cejas en su dirección, no luciendo menos entretenida, pero se mezcla con otro sentir. —¿no crees que las personas cambien?—. y ¿qué quieres decir con expresión dura?, esta genuinamente intrigada, con ese adjetivo nunca siendo utilizado para describirla a ella, que siempre ha sido una encantado de tener alrededor. cuando era pequeña escuchaba a los adultos hablar de su persona en términos de; nacida para no molestar a nadie, y a sus compañeros jurando con mano alzada sobre sus talentos y buen juicio, de esas personas que simplemente quieres y admiras. por artificial que fuese, esta orgullosa de ello, de ser una chica popular y respetada. por lo que dice daniel covarrubias le genera desconcierto, le habla como si fuera alguien que logra ver más que los demás, por debajo del meticuloso velo que se ha tejido para sí misma. pero, en lugar de zacear su curiosidad, se queda callada, le sonríe. —¿en serio te gustan?— lo mismo a; ¿en serio te gusto?, cierta inocencia que tiñe las palabras, algo dulce y aterciopelado, con ese trasfondo malintencionado de costumbre, en lo que acerca el rostro al de él, entreabriendo los labios contra su aliento.