¡Maldito por siempre será mi ánimo! ¡Desgarrador escenario han de presenciar mis ojos, tan valiosos y sutiles! ¡Mi espalda sufrirá por siempre el fulgor de los rayos del mismo Zeus, que me azotan cual viles víboras, empuñadas por el grandioso Mefistófeles! Lo había obtenido todo en esta vida, el éter de la felicidad bailaba en mi mano, mientras las flores de mi cabeza resplandecían en su auge ¡En el pico del conocimiento! ¿Y de qué ha servido? Saber me llevó a perderlo todo, y mi único consuelo son los recuerdos de días mejores, y la envidia, oh tanta envidia, que le tengo a los ignorantes...
Con cuanto fervor estudiaba durante mis días de juventud, donde todo cuanto observaba parecía brillar con ese tono característico de lo desconocido, y cualquier rincón del mundo me resultaba un enigma, un acertijo, una conglomeración de azares cuya única finalidad parecía la de entretenerme, o entrenarme, puesto que sería yo aquel que desentrañe el universo. Ya fuesen las libélulas sanguíneas, que nadaban eufóricas en los ríos eléctricos, las fugaces lunas que recorrían, hábilmente, todo suelo metafórico, por cuanto todo pensamiento habría de pasar, y las gloriosas percas ramificadas, que como base de los grandes robles, le dan a este mundo la gloriosa posibilidad de vivir, en eterna reproducción de sus mofas que, creen aún los incrédulos, nos permiten ese ficticio acto de respirar.
El mundo era mi regalo, y de este me apropié, con cada fibra de mi ser.
Fue tan ardua mi investigación, tan amplia y tan voraz mi ambición, que situé todos los arcanos del universo y la creación, en la palma de mi mano. Por donde quiera que mi nombre hacía eco, las enfermedades se curaron, los conflictos se resolvieron, y la vida pasó a ser tan plena, que ni los más fuertes extremistas se resistieron al placer de estar con vida, extenuando en sobremanera las fes. Pero el cerebro humano nunca se contenta con lo mismo, siempre demanda por lo nuevo, y fue así que, esta prosperidad sin límites agotó el universo de mis investigaciones; ya nada quedaba por descubrir, lo cual sumió mi vida en una monotonía sin precedentes, que asesinó mi alma.
El resto de la humanidad siguió mis pasos: Curadas todas las penurias conocidas por el hombre, sus cerebros se encargaron de crear nuevas enfermedades, estados del ánima que, tal como un virus, eran capaces de tener repercusiones físicas y reales en los cuerpos. Estos nuevos objetos de estudio me revivieron como a un fénix, y aún más que nunca, me entregué a mis investigaciones, como si el mañana fuese la más tortuosa de las penurias. Habiendo descubriendo yo, todas las formas y naturalezas de estas nuevas enfermedades, me sentí apropiado para nombrarlas como enfermedades solidarias: Lo que antaño conocí como aflicciones, ahora se presentaba como una consecuencia pura de la naturaleza del ser humano. Algunas de ellas poseían curas factibles, y otras tratamientos para vivir con ellas, pero las más graves de todas, aquellas representaciones más fuertes del espíritu humano, no tendrían más remedio que el abandono por parte de los causantes; naturalmente, eran estas aquellas que definían el motivo de vivir de un individual, por lo que las curas para estas eran, a menudo, más desgarradoras que la enfermedad, y a su vez, estas enfermedades provocaban deformidades de gravedades tales, que un solo de estos ejemplares parecía suficiente para invalidar todas las teorías filosóficas de la historia.
Cuando la obra de mi propia mano comenzaba a aburrirme, cuando este mundo que yo creé se repetía en su nueva cotidianeidad, fue cuando la vi: Viajando entre rojos prados y verdes cielos, recorrí todos los confines del nuevo mundo, donde sabía yo, que en algún lugar, habría tal cosa. Un total de cuarenta brazos tumultosos rodeaban un gigante cuerpo de carne putrefacta, en constante erupción y regeneración, con una apertura al medio, que llegaba hasta su parte inferior, cuya figura, similar a una cueva, evocaba una legión de piernas que, tiempo después descubrí, usaría al metamorfosear su figura, abriéndose tal como una flor, en un espectáculo de circo sin precedentes. Cuando se me presentó la oportunidad de presenciar este resultado de la evolución, un único sentimiento invadió mi cabeza, apartando a todos los demás...
— ...Es hermosa, perfecta. —Me dije a mí mismo
Haciendo uso de mis facultades, como buen conocedor del cosmos, no fue difícil tarea para mí, que sus cercanos me permitieran hacerme con este espécimen; aquellos, sin embargo, trataron de advertirme de la condición de esta criatura, pero el caso omiso inundó mi accionar, desmeritando a todos en el mundo, todos cuanto no eran parte de mi amada, como ignorantes, causas perdidas.
Tras llevarla a mi laboratorio, mi búsqueda por el mundo, en pos de todo aquello que creyera necesario, fue la última luz del sol, que aquellos en necesidad verían de mi existencia. Oh, si tan solo hubiera sabido de las desgracias que me esperaban...
/Últimamente me he interesado bastante en el terror, en algún momento lo exploraré como es debido.